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El mundo mixteco

Somos los ñuusavi, los hombres y mujeres de la región de las nubes. La región mixteca es nuestro mundo.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Todos sabemos que nacimos de los árboles sagrados de Apoala; ahí emergieron de sus raíces nuestra madre y nuestro padre, los ancestros sagrados. Un día cualquiera en nuestro territorio puede ser un día entre nubes; los humanos emergen y desaparecen de entre las mágicas nubes que todo lo cubren, los caminos los conocemos por costumbre, por usarlos, pero poco se ven. Las montañas desaparecen ante nuestros ojos, sabemos que los parajes están ahí, pero nosotros, los seres terrenales, no los vemos cuando las nubes bajan, todo está en manos de nuestros dioses, especialmente de Dzahui, quien nos permite ver la niebla y percibir la humedad y la constante lluvia. Así vivimos día con día, con la conciencia de que nuestra nación es una milenaria unidad de pueblos y de costumbres.

Nuestra cultura es una sola, no importa que se divida en el territorio entre Ñuusavi (Mixteca Alta), Ñuiñe (Mixteca Baja) y Costeños; es decir, nuestro territorio es muy grande, tenemos hermanos que hablan la misma lengua en comunidades muy lejanas, pero todos somos iguales porque compartimos el hecho de haber nacido de los árboles sagrados. En nuestra cultura, el centro de la vida es el ser humano, por eso festejamos cada nacimiento con gran júbilo, pero también celebramos la muerte con gran pesar, aunque la muerte de alguien es motivo de festejos especiales, ya que ese ser ha pasado de una vida terrenal a una vida suprema, a través del viaje hacia el Mictlan.

Cada ser humano o ñuusavi tiene como mandato personal tratar de ser mejor cada vez, sin importar la clase social. Ser mejor se demuestra respetando a los padres, sobre todo a los abuelos, que son de todos, respetando la naturaleza, respetando la vida y la cultura. Nosotros somos gente muy pacífica, preferimos hablar que pelear, preferimos convivir antes que hacer la guerra, por eso nuestros territorios son defendidos por medio de alianzas, que muchas veces buscamos a través de matrimonios para una mejor defensa de nuestras tierras.

Nos gusta vivir en comunidades grandes, así podemos tener muchos parientes, mucha ayuda para lo necesario, como construir las casas, salir de cacería, sembrar, criar a los hijos y aprender las artes. Somos, por cierto, una nación de artistas, nos encanta todo lo fino que podamos hacer con nuestras manos. La pintura está entre las artes favoritas, y tenemos una gran afición por los colores, nuestra cerámica la adornamos con colores muy brillantes, con los que pintamos diseños que retratan nuestra realidad y narran nuestra historia. Para ser un buen artista pintor hay que saber mucho, es un trabajo que está reservado sólo para los mejores.

Otros son orfebres, porque nos gustan las joyas finas. Trabajamos el hilo y la lámina de oro y la plata, el cobre también. Conocemos el secreto de vaciar el oro fundido en moldes con cera para crear adornos únicos por su belleza; éste, como otros, son secretos de nuestra cultura que sólo se comparten con los hijos, pero no con la gente de fuera ni de los caminos, son secretos que no deben salir de nuestras tierras.

También hay escultores, pues hemos pasado muchos años buscando las maneras de trabajar las grandes piedras para honrar a nuestros dioses. Tallando piedra con piedra logramos delicadas figuras humanas, de serpientes, de jaguares y muchos otros motivos que adornan las casas principales y los templos. Por cierto, a esta región vienen de otros pueblos a buscar a nuestros maestros escultores para que adornen sus propios mundos.

Los ñuusavi le tememos a pocas cosas, pero sí a la guerra, aunque poseemos unos ejércitos muy poderosos. Tenemos señores guerreros que han conquistado grandes territorios, como nuestro principal 8 Venado Garra de Jaguar, muy valiente y sagaz militar que no sólo recuperó los territorios de su padre, sino que se adjudicó otros para su linaje. Le tememos a los guerreros aztecas, que no respetan la vida de nuestros hermanos. Así que tenemos que cuidar los pueblos y andar siempre muy alertas; somos un pueblo pacífico, pero también somos conscientes de que por nuestro origen estamos destinados a tener una larga historia en esta nación.

Los mercaderes como yo andamos por muchos caminos, recorremos todos nuestros mercados, intercambiamos productos, de la tierra fría hacia el norte, por Acatlán, a la tierra baja y caliente, y a veces hasta la costa, por los productos del mar.

Nuestra región está bañada por tres grandes ríos, a lo largo de los cuales se instalaron muchos pueblos y aldeas. En el lado norte se encuentra el río Mixteco, que se une al Atoyac por los terrenos de Juxtlahuaca; éste tiene como afluentes los ríos Mixtepec, Juxtlahuaca, Teposcolula y Huajuapan. El río Verde, que desagua en el mar, hacia el sur, nace en el valle de Huaxyacac, en Etla, y su último tramo pasa por Jaltepec y Juquila. El río de Pinotepa, que nace como Atoyaquillo, pasa por Pinotepa y llega por Putla hasta el mar. De todos ellos obtenemos una gran variedad de productos, como peces, cangrejos, plantas y remedios.

Las tierras frías son las altas montañas que se yerguen inmensas ante nuestra vista y que nos imponen una vida austera; andamos los caminos guiados por los montes, por los picos nevados. Ya sea Yucunama, Chalcatongo, Yosondúa, Ñucuiñe, todos son pueblos altos, igual Achiutla, Yodocono y Tilantongo, son pueblos situados entre los ocotales, los enebros, las orquídeas, los encinos, que se ven comandados por las líneas de ahuehuetes llorones a lo largo de los enormes ríos. Nuestros caminos son angostas veredas que bordean las empinadas laderas de los cerros, desde donde, en un día claro, alcanzamos a ver el lejano Citlaltépetl. Por ahí llevamos nuestros productos a intercambiarlos con otros pueblos, cargamos sobre nuestras espaldas el maíz, las calabazas, la carne seca de venados y conejos que cazamos y atrapamos en los cerros; algunos textiles que elaboramos durante largo tiempo, sandalias y capotes de palma; también vamos recolectando frutos y plantas, algunos para comer, otros para remedios, todo lo que la tierra nos da sirve para complementar nuestras vidas. Nos da mucha alegría llegar a los pueblos que siempre se encuentran en las partes más altas de las montañas. Allá divisamos las casitas, todas de madera muy maciza, llorada por la humedad, y sus techos de palma; en sus patios están sus animalitos: guajolotes, gallinas de la tierra, perritos, todos animales muy útiles para la vida, pues nos alimentan y nos defienden de cualquier mal.

En las tierras altas la vida se rige por los ciclos de la lluvia; en época de pocas lluvias, cuando hace más frío, trabajamos mucho, porque nos toca sembrar, aunque es muy duro el trabajo porque implica arreglar los bordos, preparar la tierra y sembrar las semillas trabajando con el bastón plantador y removiendo la tierra con los pies. Los vallecitos son muy pequeños, porque todo es montañoso, entonces aprovechamos todos los planos para sembrar. En época de cosecha luce muy bonito el territorio, porque los planos están sembrados de maíz, chile y calabaza, y las montañas lucen su vegetación natural.

Nos toca preparar todas nuestras mercaderías y viajar, caminar largas jornadas entre los tres ambientes de nuestra región. En ocasiones algunos van hasta el valle de Huaxyacac, por la ruta de Peñoles; ahí hay grandes ciudades y mucha gente; desde los cerros altos se puede ver Xoxocotlán, Cuilapan y Yucucui, en cuyos mercados se intercambian productos finos; pero ahí hablan otras lenguas y se tiene que pedir permiso para entrar, y yo prefiero el intercambio sólo en nuestra región, con gente conocida, cargando productos de consumo diario y visitando personas iguales a mí, toparme en los caminos con otros mercaderes y hablar con ellos de las cosas y de la gente que han visto. Así nos enteramos de las lluvias, de los acontecimientos, de las enfermedades, de los conflictos, de las condiciones de la ruta, de todo nos enteramos.

En las épocas de mucha lluvia no viajamos, es peligroso porque las barrancas y los ríos crecen y nos pueden tragar; hay que tenerle respeto a las formaciones naturales donde viven los monstruos de la tierra y del agua. En esas épocas nos dedicamos a aprender los oficios, como yo que además soy músico; entonces aprendo otras melodías, toco los silbatos en las ceremonias de mi pueblo; en esas temporadas aprendo más y también enseño a los niños que quieren conocer las artes. Nos dedicamos también a convivir con la gente, a educar a nuestros hijos.

Cuando vamos a las tierras bajas, rumbo a Huajuapan, Tamazulapan, Tezoatlán y Tutla, o para Juxtlahuaca, pueblos todos de gran importancia, el viaje es rápido porque es de bajada. Nos encontramos de inmediato un ambiente árido, seco, alterado por tanto viento. La vegetación cambia a pastos secos, mucho maguey para comer, para sacar ixtle y hacer huaraches y mecapales, para fermentar el pulque. Las nopaleras se ven por doquier, son como testigos de la vida; de noche, con la luz de la luna, hacen sombras muy especiales, y de ahí salen cuentos y leyendas que la gente sabe. De día es diferente, cortamos tunas y nopales para comer; nosotros apreciamos mucho esta planta porque es muy rica y muy nuestra, casi se puede vivir exclusivamente de ella.

Por estos caminos secos también vamos atrapando conejos, iguanas y zarigüeyas que comemos con chile y tortillas, pero también hay animales peligrosos que merecen mucho respeto, como las serpientes, hay de cascabel y coralillos, los escorpiones, que son muy venenosos y no hay cura contra su piquete, por eso hay que tener mucho cuidado en esos caminos secos. También recolectamos insectos que sirven para alimentarnos, casi podemos andar en los caminos sólo con tortillas y vamos comiendo los frutos de nuestra región.

La tierra de esta región es muy blanca, contiene mucha cal, y es fácil ver las casitas de los campesinos hechas con endeques, o trozos recortados de estos suelos blancos, y con sus techos de palma. La mejor mezcla para pegarlos se hace de tierras rojas, con arcilla. También hay tierras de otros colores naturales, ocres, verdes, violetas y azules, debe ser que contienen minerales de varios tipos. Esta región es famosa porque los muertos se depositan en subterráneos que se excavan en el endeque; sus tumbas son casi como botellones excavados. Los muertos se van envueltos en petates y acomodados de tal manera que caben por la angosta entrada, mientras los cuerpos permanecen como sentados en el fondo de las tumbas. Las ofrendas van de acuerdo con su importancia en el pueblo; hemos visto los entierros de algunos caciques con mucha riqueza, y de pobres campesinos que casi no llevan nada.

En esta región hay también ciudades grandes. En Huajuapan (Huajolotitlán) se concentra el poder, la economía y el comercio. El mercado de ahí es de los más grandes y hay mucho movimiento de gentes de todas partes.

Para ir a la región más baja, a la costa, el camino se nos dificulta porque salimos de nuestras montañas y vamos siguiendo las veredas en las laderas de los enormes cerros. Salimos de Yosondúa, pasamos por Teozacoalco y bajamos de inmediato por una profunda cañada que nos lleva a parajes de gran belleza, de tierra caliente, donde se consiguen muchas flores, pájaros de plumas de colores y plantas aromáticas; ahí la mente se nos pierde en visiones fantásticas, pero inmediatamente después hay que volver a subir y esa subida es muy difícil, nos lleva días llegar hasta las cumbres de Itundujia y Zenzontepec. Sólo el que sabe caminar llega por ahí, pero hay que pasar si uno va a la costa. Se atraviesan terrenos de Cuanana y a un lado nos queda el Yucunino, enorme serranía que marca probablemente la parte más alta de todas las montañas. Enormes barrancas y cuevas oscuras están ahí como contando nuestros pasos; en esos bosques de encinos, la luz del Sol no se ve por la altura de los árboles; hace frío y humedad, pero hay que seguir caminando con nuestra pesada carga. De ahí a bajar otra vez, por Amoltepec, a los terrenos de Iztepec, que hay que cruzar para finalmente llegar a Tututepec, territorio del gran señor 8 Venado Garra de Jaguar, a quien todos temen por su fama de valiente conquistador. Así, el sentido de ir a la costa es más por visitar las tierras del señor, y el viaje al mar es secundario.

Al llegar a Tututepec todo el sufrimiento del viaje se ve recompensado; nos ofrecen comida, bebidas y descanso. Hay libertad para intercambiar nuestros productos, nos reconocen como hermanos, aunque en su mercado se reúnen mercaderes de otras regiones, unos que hablan trique y que viven en pueblos muy pequeños en las montañas; otros que hablan chocho, de las tierras del norte, y otros más que hablan amuzgo y chatino, de los pueblos más cercanos a la costa. Pero nosotros nos entendemos hablando mixteco, que es la lengua de nuestros ancestros.

Para ir al mar ya es poco el camino, cuando terminamos nuestras mercaderías vamos allá. Me gusta ver el mar, vamos por Manialtepec y bajamos al mar. Vamos visitando pequeñas aldeas de pescadores, buscamos pescado para procesarlo con sal para llevarlo a nuestras tierras altas; buscamos también sal del mar, plantas de la región para remedio, y otros productos como las telas de algodón, el caracol púrpura, el algodón crudo, tortugas y caracoles, todos esos productos que se consiguen en la costa.

Pasamos por allá un tiempo tranquilo, trabajando en el secado del pescado, empacando la sal en las ollas especiales, armando los atados que vamos a cargar en el viaje de regreso, y tratando de aprender algunas palabras en chatino. Asimismo, aprovechamos para enseñar algunas artes a los niños y aprender nuevas melodías para nuestras fiestas y ceremonias. Hay hermanos mixtecos que quieren viajar con nosotros para conocer las tierras altas, y a cambio nos van a ayudar con nuestra carga. Los aceptamos gustosos porque el espíritu nuestro es de viajeros, no le tememos a los caminos, nos gusta llegar a conocer lugares nuevos, saludar a nuestra gente. Los ñuusavi somos aventureros. Presiento que alguna vez caminaremos muy lejos, en tierras muy distantes de las nuestras, pero eso sólo lo saben nuestros dioses, nosotros sólo somos seguidores de su sabiduría.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 7 Ocho Venado, el conquistador de la Mixteca 

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