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El olimpo, un edificio que aún vive (Yucatán)

Es la madrugada del 29 de octubre de 1974 en la ciudad de Mérida, la picota inició una penosa encomienda, cuadrillas de trabajadores acometieron contra las calizas e indefensas paredes del renombrado Olimpo.

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En los últimos días, los acontecimientos se habían sucedido vertiginosamente y el saldo fue aciago. La Secretaría de Servicios Coordinados de Salud Pública, con fecha 7 de noviembre del mismo año había solicitado un dictamen del estado estructural que guardaba el edificio. El polémico resultado fue desfavorable, lo que provocó que la mencionada Secretaría clausurara los establecimientos que aún albergaba el edificio. La administración del alcalde Cevallos Gutiérrez asestó el fatídico golpe final.

Detrás de cada golpe de marro, después de cada remoción de escombro emergían sólidos vestigios de piedra labrada, testigos de una larga evolución constructiva, cuyo armonioso empalme estilístico evidenciaba la actitud respetuosa de los diseñadores de antaño, cuya innegable preocupación por la armonía del entorno, en este momento de oscurantismo, olvidamos.

El edificio conocido comúnmente como El Olimpo ocupaba un área de 2,227 m2, con una superficie construida de 4,473 m2, en la esquina norte del paramento poniente de la plaza central, plaza que hasta antes de este atentado, conservaba la totalidad de los edificios que la circundaban.

Al despuntar el siglo XVIII, al poniente de la plaza mayor de Mérida, …”quedaban los restos de uno de los grandes cerros mayas del cual los pobladores se habían aprovechado para la construcción. Cuando su tamaño había disminuido se comenzaron a edificar casas sobre ese costado de la plaza…” (Miller, 1983). Es probable que el primer propietario del predio, don Francisco Ávila, haya construido en él un edificio similar en su tipología a los que en aquel entonces rodeaban la plaza, de un solo nivel, sencillo, con acabados estucados, altas puertas de tosca carpintería y que con el transcurso de los años, durante la posesión del inmueble por sus descendientes, la edificación haya evolucionado hasta constituirse en una casona de dos niveles, en la cual la planta baja fungía como bodega de los productos de la hacienda de los propietarios y ocasionalmente como comercio y, la planta alta como las habitaciones. Se presume que en la planta baja, al oriente, tendría siete puertas que conducían a una crujía e inmediatamente a un corredor hasta llegar al patio central.

Hacia las postrimerías del siglo XVIII (1783), el alguacil de Mérida Don José Cano tomó la iniciativa de construir portales frente a su casa. El ayuntamiento, al conceder la licencia autorizó extender el permiso a todos los pobladores del zócalo. Hacia 1792 el inmueble en cuestión ya había adoptado su primer mote “casa de los jesuitas”, debido probablemente a que Don Pedro Faustino, antiguo propietario fue muy cercano a los miembros de esta orden.

En esta época, la fachada ofrecía hacia la plaza, en cada nivel, sus hermosos portales compuestos por 13 arcos de medio punto sostenidos por sus respectivas columnas talladas en cantera de factura toscana; a esta fachada, le quedaba señalado un eje axial al ubicársele en el remate o caballete un campanario conformado por un pequeño arco conopial, a partir del cual se situaron, por ambos lados, pináculos a distancias regulares, coincidentes con los ejes de las columnas; barandales de barrotes de metal con pasamanos de madera, se situaban en los intercolumnios de la arcada superior. Es probable que la fachada norte sólo se modificara por la arcada que se le anexó al oriente.

Varios propietarios se sucedieron sin que el predio sufriera alteración significativa, resistiendo favorablemente la acometida del neoclasicismo como carátula arquitectónica de los ideales republicanos. Sin embargo, en los albores del siglo XX, bajo los auspicios de la bonanza del cultivo del henequén, la ciudad entera se impactó con las consecuencias del repunte económico.

En 1883 la Sra. Eloísa Fuentes de Romero, en ese entonces subpropietaria del inmueble emprendió gestiones para la remodelación de los portales e inició los trabajos con la demolición de la cubierta de la arcada superior, así mismo se demolió el entrepiso que hasta ese momento se presumía fuera de rollizos y terrado.

En planta baja, las columnas toscanas de cantera fueron revestidas, dándoles aspecto de pilares y en planta alta las columnas de la arcada exterior y las del patio interior fueron sustituidas por otras de orden corintio; el sistema constructivo de las cubiertas en estas zonas incorporan elementos metálicos ya que utiliza vigas belgas complementadas con viguetillas de madera.

Hasta ese momento, la estructura espacial del edificio, prácticamente logró conservarse, aunque el resultado de las modificaciones en fachada, arrojó un saldo neoclásico, en el cual el aspecto del paramento norte se relaciona con dificultad con la fachada oriental. Esta, en su arcada inferior presenta catorce pilares ribeteados, cada uno con columnata al frente, que mantiene los 13 arcos de medio punto del primer diseño; a excepción de las molduras, columnatas y pilares, este nivel se hallaba revestido de tabiques. En la planta alta, el código varía aunque se utiliza una composición semejante, encontrándose 14 columnas corintias descansando sobre sus respectivas basas y entre ellas, barandales conformados por balaustres; estas columnas sostenían un falso entablamiento, decorado con cornisas en estuco; el remate del edificio estaba constituido por un parapeto a base de balaustradas, el cual presentaba en la parte media un asta bandera en forma de pedestal decorado también en estuco, flanqueado por dos machones hacia los extremos coincidiendo con el eje del penúltimo intercolumnio.

La fachada norte incrementa su número de puertas y pasa de seis a ocho, las dos que hacen la diferencia se anexan a ambos lados del zaguán con el que contaba originalmente; con este conjunto se diseña una portada a base de columnatas que reflejan los códigos empleados al oriente. En planta alta, mantiene el número de ventanas y se complementan con balcones a base de balaustradas, se simulan con estuco jambas y dinteles; el remate en esta sección sólo presenta un machón sobre la portada del zaguán de la misma factura que sus similares en la fachada oriente.

Posteriormente, hacia 1900 el uso del edificio se torna eminentemente comercial, es en esta época cuando surge el restaurante El Olimpo, mismo que le diera el sobrenombre al popular edificio y con el que se le den mina hasta el día de hoy. En los corredores se instalan vendedores ambulantes y puestos semifijos y para 1911, siendo ya su propietario el ex gobernador Manuel Cirerol Canto, se ocupa la planta alta con las instalaciones del Centro Español de Mérida. Con el objeto de optimizar áreas, se cierran los intercolumnios exteriores de la planta alta y los intercolumnios del patio central.

La última modificación sustancial del inmueble fue realizada alrededor de 1919 cuando se obligó a los propietarios de inmuebles ubicados en esquina, la ejecución de chaflanes, a fin de favorecer la visibilidad de los carruajes y el tránsito-del “villano del urbanismo actual”, el automóvil, que para aquel entonces aumentaba incipientemente su número. A consecuencia de esta medida El Olimpo sufrió la pérdida del último arco al norte de su fachada principal, modificándose el de la calle 61, el cual finalmente quedó en posición diagonal, el ajuste provocó, que el espacio residual de la fachada oriente fuera “completada” con una modulación de cuatro columnatas, sobre muro ciego en planta baja y con arcos ojivales en planta alta.

Ante la apatía de sus sucesivos propietarios, a partir de los años veintes, El Olimpo entra en una fase de paulatino deterioro hasta 1974. El consenso general no compartía la artera disposición de su demolición, pues aunque efectivamente el deterioro era grave, éste era factible de restaurarse. Con la pérdida de El Olimpo, la comunidad de la ciudad de Mérida logró despertar del letargo, se habían perdido ya magníficos ejemplos de arquitectura civil, pero estas acciones se habían subestimado. Con la agresión de la demolición de El Olimpo, la ofensiva fue dirigida hacia el núcleo central de la ciudad, hacia su plaza central, origen espacial del poblado, origen histórico, inicio de la memoria y también símbolo fundamental del asentamiento.

La Plaza Central de Mérida descuella, entre otras, por la gran belleza y representatividad de sus empalmes arquitectónicos. Con la ausencia de El Olimpo no sólo perdimos unidad, armonía y estructura espacial, sino aquello que algunos llaman memoria temporal, estratificación histórica, cuarta dimensión; definitivamente no es ya la misma plaza, ha perdido una parte de su historia.

Actualmente, las autoridades promueven la construcción de un edificio en sustitución del añorado Olimpo. Diversas opiniones se han dejado escuchar sobre lo que deberá ser o no la nueva edificación. Algo por sobre todo es evidente, si alguna vez el área en la que se situó el multievocado inmueble fuera ocupada por una nueva edificación, ésta será el reflejo de la actitud que como comunidad tengamos hacia nuestro patrimonio arquitectónico, así como en su momento, la demolición demostró la apatía que prevalecía con respecto a nuestro legado cultural.

Fuente: México en el Tiempo No. 17 marzo-abril 1997

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