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El Olivo: El Tren del Presidente de México

Hablar de trenes es hablar de sueños y de nostalgia. ¿Quién no ha sentido algo extraño, muy adentro, al ver pasar el tren y escuchar el silbato de la locomotora? ¿Quién que haya visto la pintura de José María Velasco “Paseo en tren por los alrededores de México”.

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El puente de Metlacno ha sido transportado a otra dimensión? La puntualidad del silbato de la máquina indicaba a nuestros abuelos que era hora de tomar la medicina. Recuerdos van y vienen cuando observamos los largos convoyes de carga o de pasajeros. Viajar “por conocer” era costumbre de las clases altas o de los viajantes extranjeros, mas para el pueblo el tren se convirtió en una necesidad. Gracias a él se pudo llegar a muchos lugares remotos de nuestro país. A pesar de lo incómodo de los viajes, el tren transportó mercancías, sirvió para pasear o para dirigirse hacia algún santuario en peregrinación. Al principio sólo existía una única clase; posteriormente el servicio se dividió en primera, segunda y tercera clases. Pero eso era lo de menos, lo importante era viajar e “ir con el progreso”. 

Durante el periodo porfirista llegaron a México los pullman con baño, los asientos acojinados y el carro comedor. Todo México viajaba en tren, desde la persona más humilde hasta el primer mandatario, Porfirio Díaz, quien contaba con un tren presidencial perfectamente acondicionado, conocido como Tren amarillo. Se cuenta que en los años veinte el general Plutarco Elías Calles mandó construir uno nuevo, conocido como El Olivo, que a causa de su gran lujo sólo era superado por el convoy papal.  El tren El Olivo, del que vamos a platicarles, recorrió casi todo el país. En su primer viaje de los Estados Unidos de Norteamérica a la ciudad de México transportó el cadáver de la esposa de Calles.

El 15 de septiembre de 1960 tuvo lugar su último viaje: a Dolores Hidalgo, en ocasión del 150 aniversario de la Independencia de México, esta vez llevando al presidente Adolfo López Mateos. Así terminó una leyenda sobre ruedas que fue y es parte de la historia de México. Construido por la empresa Pullman Stándar’s Manufacturing Co., en Pullman, Illinois (EUA), fue entregado el 25 de mayo de 1926, con un costo de 800 mil dólares. Actualmente existen sólo tres de los seis vagones de lujo con que contaba el convoy. Estaban seriados y antecedían al número las letras RM: República Mexicana.   

El primer vagón era para uso exclusivo del presidente; constaba de observatorio exterior, sala de espera (se dice que así hacían antesala gobernadores, dirigentes municipales y otras personas que visitaban al primer mandatario durante sus giras al interior del país), despacho presidencial, dos alcobas con camas matrimoniales y tinas, y gabinete para su secretario particular. En el segundo vagón estaba el comedor para catorce personas, donde meseros con filipinas y guantes blancos servían la comida en vajillas de oro y plata; cocina, gabinete completo para el intendente y un salón para juntas conocido como El Azul.  Había un carro destinado a alojar a los invitados especiales, con trece compartimientos, uno de ellos con cama matrimonial y los restantes con literas. 

Otro, especialmente reservado para el jefe del estado mayor presidencial y sus ayudantes, tenía doce secciones, una de las cuales contaba con seis camas. El vagón RM5, el tercero de los tres que actualmente se conservan, tiene un comedor para 40 personas cómodamente sentadas. “Es de estilo afrancesado”, dice don Norberto Álvarez García, quien nos acompaña a bordo de El Olivo; admiramos ahí el labrado de maderas preciosas y el bello trabajo de marquetería en los pisos. 

La gran cocina con estufas, dos grandes hornos de leña, dos lavaderos de trastes, tanques de agua caliente en el techo y llaves de vapor, llegó a servir, en un solo día, 400 comandas para oficiales de tropa. Mientras funcionó, El Olivo sufrió varias modificaciones: se le dotó de instalaciones de radio, teléfono, y dos dormitorios para personal militar de operación y conservación. El vagón RM6 transportó caballos y, años después, automóviles. Estaba equipado con dos plantas eléctricas para la iluminación del tren, y cuando era necesario también realizaba el alumbrado de andenes. 

Durante el régimen del presidente Adolfo Ruiz Cortines se construyó el RM7, para servir como comedor de la tropa. El último vagón fue mandado hacer por el presidente Adolfo López Mateos, como dormitorio al servicio del personal del Palacio Nacional que lo acompañaba en sus giras. Según me contaron, el mandatario que más utilizó este ferrocarril fue el general Lázaro Cárdenas. Resultó una grata experiencia viajar en el tren presidencial y sentirse dentro del lujo de aquellos tiempos. Observar cada uno de sus detalles fue inolvidable: las colchas, los cortinajes, los amplios baños con tina y todos los servicios, y el salón El Azul, mudo testigo de tantos acuerdos grabados para siempre en nuestra historia.   

Durante este recorrido, lento, muy lento, Isabel Ramírez, coordinadora de eventos, y el ingeniero Guillermo Rosaslanda, jefe de la oficina técnica, explicaron detalladamente cómo llegó este tren a los patios del Museo Tecnológico: “de 1960 a 1974 permaneció en la cochera de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, en la ex aduana del Nonoalco, hasta su traslado a este lugar”. Recorrimos el tren palmo a palmo; de cuando en cuando una sombra fugaz pasaba frente a nuestros ojos. No sabría decir quién fue: tal vez Calles, Miguel Alemán, Ruiz Cortines o algún personaje de nuestra historia, parte de ella escrita en este palacio sobre ruedas. No importa cómo llegó aquí esta reliquia histórica; lo que se aprecia es el gran respeto, cariño y cuidado con que es tratada por la doctora Elia Méndez Lecanda, directora del Museo Tecnológico, y por el personal a su cargo. 

Termina así el viaje. Descendemos en la estación que es tuna réplica de la de Ozumba. Aquí seguramente permanecerá estacionado El Olivo para siempre, como testimonio de lo que jamás volverá.

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