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El pasado indígena de las ciudades mexicanas

A lo largo de su milenaria historia, México ha sido un país cuyas poblaciones recuerdan el viejo mito de la creación del Universo que estructuraron los indígenas precolombinos según el cual, Quetzalcoatl y Tezcatlipoca se aferraron al cuerpo del Cipactli,.

19-08-2010, 8:10:29 AM
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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.

Se aferraron al cuerpo del Cipactli, aquel animal fantástico, patrono de la tierra. Con un esfuerzo tremendo, jalaron en distinta dirección y con la cabeza integraron el cielo, y el tronco y las extremidades conformaron el terreno donde habitamos; así pues, las espinas del animal son las cadenas montañosas, su boca son las cuevas y sus cabellos se transformaron en la vegetación característica de nuestro país.

Los diversos pueblos autóctonos que arribaron al territorio del México actual, fundaron pueblos y ciudades de importancia diversa, y en esos 3000 años de historia indígena (que comprende de 800 a. C. a 1521 d.C.), muchas de estas poblaciones desaparecieron y otras fueron conquistadas por pueblos invasores conformando el nuevo estilo de vida y el novedoso aspecto artístico y arquitectónico que requerían los nuevos habitantes.  En su primera imagen urbana, el México indígena se viste de gala con ciudades de gran complejidad, cuyo ejemplo característico será Teotihuacan, con sus ejes-calzadas que, siguiendo la orientación de los puntos cardinales, darán la estructura a la urbe galana; basamentos piramidales y templos, que en aquel entonces constituían la casa de los dioses; canchas de juego de pelota, palacios decorados con hermosos murales y plazas espaciosas dedicadas a la celebración de las grandes ceremonias religiosas o al mundano intercambio comercial.   

Los cambios que presentaron las ciudades autóctonas, después de Teotihuacan, básicamente tienen que ver con el surgimiento de nuevos cultos que exigían la presencia de las imágenes sagradas, esculpidas en sus muros o en el interior de sus recintos sagrados, y así también el ascenso al poder del grupo de los militares, quienes dejaban su impronta al decorar los edificios con los símbolos de su actividad guerrera: águilas y jaguares devorando corazones o columnas gigantescas de los conquistadores victoriosos. 

En el siglo XVI, a la llegada de los españoles, y después de la violenta conquista que significó el dominio europeo de nuestro territorio, el viejo animal terrestre cambia de piel y se cubre ahora de pueblos y ciudades que, siguiendo los antiguos patrones europeos que intentaban unificar las poblaciones a semejanza de un damero o tablero de ajedrez, se sobreponen en muchos casos a las ancestrales urbes indígenas, caracterizándose de manera individual por este hermanaje que, a manera de un matrimonio obligado, da por resultado poblaciones insulares como la capital de Nueva España que se construye sobre las ruinas de la antigua México-Tenochtitlan y que aprovecha como cimientos de sus iglesias y palacios los despojos de las antiguas pirámides y templos. Las viejas calzadas indígenas continuarían funcionando y en la mayoría de los casos, la casa del dios cristiano, se edificaría encima de aquella de la deidad aborigen. 

Así, los nombres de caudillos indígenas locales se utilizarán para nombrar, ya territorios, ya ciudades, como en el caso del actual estado de Tabasco, cuya designación deriva del cacique maya Tabascob.  Los conquistadores europeos buscan ahora los espacios adecuados para fundar sus nuevas ciudades, aprovechando en ocasiones la existencia de poblados indígenas de poca importancia, como lo es el antecedente de Mérida, la capital de Yucatán, que no dejó testimonio material de su existencia, al contrario de Izamal, donde se utilizó una gran plataforma de tiempos prehispánicos para edificar el gran conjunto conventual franciscano que todavía hoy nos asombra por su tamaño y complejidad. 

En Mitla, las elegantes construcciones de los zapotecos antiguos, decoradas mediante complejos mosaicos que representan diversas expresiones de la greca escalonada, sirvieron de muros para las edificaciones españolas, especialmente, aquellas dedicadas a la religión católica y, hoy día, apreciamos esta convivencia arquitectónica que nos indica el aprovechamiento que hicieron los españoles de todo aquello que les pudiera ser útil durante su proceso constructivo.  Con el movimiento de independencia y el transcurrir del siglo XIX, los cambios que se aprecian en las ciudades de México, apenas y responderán al surgimiento de nuevos estilos arquitectónicos, modas imperantes y novedosas ideas en torno a la salud y el estilo de vida. 

El siglo XX, con su acucioso proceso de modernidad, cubrirá con una nueva piel el territorio mexicano. Ahora toca a las construcciones coloniales y decimonónicas caer bajo la piqueta de los nuevos rectores de la moda urbana. Es curioso apreciar que, gracias al proceso de crecimiento de nuestras ciudades, han salido a la luz las capas más profundas de las antiguas poblaciones. El ejemplo más notable lo será la capital del país, donde se presentan a nuestros ojos los testimonios constructivos de la ciudad azteca, que si bien en fragmentos, dan fe de la antigua grandeza; ahí están presentes, la catedral, las iglesias de las órdenes monásticas más importantes y los palacios a cuya cabeza está el viejo edificio virreinal, edificado sobre el palacio de Moctezuma y que hoy es el centro político del país. En una convivencia extraña y en ocasiones molesta, se levantan las nuevas edificaciones que han llegado al exceso del estilo posmoderno o minimalista y que tratan de dar a la ciudad una imagen de “avanzada”, misma que requerirá del juicio del tiempo para justificar o no su presencia. 

Las ciudades de México nos muestran un esfuerzo que corresponde a la historia misma del país: la adecuación autóctona a una naturaleza cósmica construida por los dioses; a la nueva fe cristiana, que a manera de una última cruzada, dominó el territorio mediante feroces conquistas o entregada evangelización, a la ambición de los mineros, a la necesidad de puntos estratégicos para el control y la vigilancia de rutas comerciales.  Pero no cabe duda que son aquellas capitales con antecedentes indígenas las que con mayor orgullo alardean de su pasado histórico.   

 Fuente:   México en el tiempo No. 21 noviembre / diciembre 1997

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