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El Santísimo está solo: campanas de Catedral (Distrito Federal)

Habitábamos en el número 7 de la calle de Meleros; una casa grande y húmeda, iluminada de noche por las flamas de los quinqués.

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Habitábamos en el número 7 de la calle de Meleros; una casa grande y húmeda, iluminada de noche por las flamas de los quinqués.

La tía Ernestina llevaba en la cara plastas de polvo y colorete, y tomaba del brazo a la abuela que, por las reumas, cojeaba. A las cinco de la tarde de cada viernes primero de mes, apuraban el paso para llegar a La Profesa. La campana tañía, avisando con insistencia: “el Santísimo está solo”. Muchos rosarios rezaban una y otra vez. Cuando quedaban satisfechas de sus deberes religiosos, en la misma forma lenta como habían salido, regresaban al ambiente familiar, siempre perfumado de incienso mezclado con naftalina.

“A las ánimas me volví a la casa”. Obedeciendo a este dicho popular, el abuelo llegaba antes que se sirviera el chocolate; justo en el momento que las campanas de Catedral, y de las iglesias de Santa Inés y Jesús María, entre otras, dieran el cotidiano “toque de ánimas” para pedir por las almas del purgatorio.

Después de la cena nos metíamos en pláticas de aparecidos, fantasmas y almas en pena, que muchos juraban haber visto por las calles de la ciudad, pobremente iluminadas.

Eusebio Carpio Olmo, el anciano campanero de Catedral y vecino nuestro, muchas veces se sumaba a las pláticas que se prolongaban hasta el “toque de maitines”.

Don Eusebio nos contaba leyendas, aprendidas durante la juventud, en relación con su oficio. Creo que sentía un gran placer al ponernos la “carne de gallina”.

En la época precortesiana no se conocía el uso del bronce, pero bien sabido es que los cañones, en Europa, se fundían con esta aleación. Cuando Hernán Cortés supo que en la región de Taxco se encontraban minas de estaño, envió exploradores para que obtuvieran el codiciado metal, y para que dieran noticias de las riquezas minerales de esa zona.

Cortés logró fundir cañones de bronce y, más tarde, consumada la Conquista y apaciguados un tanto los ánimos, el metal tuvo un fin mucho más apacible y caritativo: fundir numerosas campanas para los nuevos templos que se edificaban.

De niños nos contaban que algunas campanas, como las de la Catedral de Puebla, las subieron los ángeles. Nos gustaba más la fantasía que los datos históricos.

La vida de la Ciudad de México se regía por los toques de las campanas de Catedral y de “las muchas torres de sus iglesias”, según Luis González Obregón.

Varias veces subimos con don Eusebio al campanario de Catedral. Un día nos dijo que la campana “Doña María” fue bajada el 24 de marzo de 1654 para cambiarla a la otra torre. El 29 del mismo mes quedó definitivamente instalada.

“La dicha campana Doña María fue fundida junto con la San Joseph en el año de 1589”. Fundidores famosos, como Simón y Juan Buenaventura, son autores de estas campanas.

En su libroArte colonial de México, don Manuel Toussaint consigna un documento de 1796 con la lista de las campanas de la Catedral de México: Santa Bárbara, Santa María de los Ángeles, Santa María de Guadalupe, Señor San José y San Miguel Arcángel. Las esquilas de San Miguel y Señor San Agustín. También San Gregorio, San Rafael, San Juan Bautista y Evangelista, San Pedro y San Pablo.

El mismo texto consigna fechas en que autores famosos, como Hernán Sánchez Parra, Manuel López y José Contreras, fundieron campanas, esquilones, esquilas y tiples.

El sentimiento religioso de la Colonia se deja ver en los nombres que llevan los bronces: San Pedro y San Pablo, San José, San Paulino Obispo, San Joaquín y Santa Ana, La Purísima, Santiago y Apóstol, San Ángel Custodio, Nuestra Señora de la Piedad, Santa María de Guadalupe, Los Santos Ángeles, Jesús y Santo Domingo de Guzmán.

“Muchos repiques históricos podrían recordarse desde los tiempos virreinales; pero uno se hizo célebre en el periodo de la guerra de insurrección, el del `Lunes Santo’, ocho de abril de 1811, al recibirse la tarde de ese día la noticia de la prisión de Hidalgo, Allende y demás caudillos iniciadores de la Independencia; el repique llenó de gusto a los realistas y sonó como doble en los oídos de los insurgentes.”

Otra crónica nos dice: “Tristes y dolientes fueron los clamores y los dobles por los muertos. Uno, al saberse la muerte de la persona; otro, al salir de las parroquias los acólitos con la cruz y los ciriales, y los clérigos revestidos y con sus breviarios, para traer el cuerpo del difunto; otro al entrar de regreso a los templos; y el último al darle sepultura en el atrio o Camposanto.

La esquila es una campana más pequeña que el esquilón y se le hace sonar dándole “maroma”.

Las llamadas tiples son pequeñas campanas, de sonido agudo, colocadas en los arcos de las torres; al tocar junto con las grandes, que son graves, producen una agradable combinación.

En el siglo XVI se funden campanas de menor tamaño, que se caracterizaba por una forma alargada que va desapareciendo poco a poco, para dotarlas de menor altura y mayor diámetro.

En el siglo XVII se funden pequeñas campanas que después de consagradas se les utiliza para “ayudar a bienmorir a los fieles”.

Muchas veces la ciudad despertó con el triste toque de “vacante”, que anunciaba la muerte del arzobispo. Entonces, la campana mayor tocaba 60 veces para anunciar que la silla pastoral estaba vacía.

Había también “toque de rogativas” para alcanzar el remedio en caso de grave necesidad: terremotos, tempestades, sequías, granizadas, inundaciones o al salir la procesión de la “Cruz Verde”, en la víspera de los autos de fe.

Los bronces han sonado por motivos litúrgicos, llamando al solemneTe Deumpor el cumpleaños de un virrey o emperador, igual que por alguna boda o bautizo.

También tocaron durante los levantamientos populares de 1624 y 1692, cuando se incendiaron el Real Palacio y las Casas de Cabildo.

Desde lo alto del campanario de la Catedral, vemos con claridad la cúpula de Santa Teresa “La Antigua”, el templo de Santa Inés y, más allá, La Santísima. El tiempo no ha pasado; estos edificios lo han atrapado entre sus paredes de cal y canto. A veces dejan escapar voces y lamentos de fantasmas encerrados en ellos. Los viejos suspiran por todos sus “eneros y febreros que se ha ido”, por lo que no volverán.

Las campanas anuncian en este momento el “Ángelus”…Ave María gratia plena… las palomas sobrevuelan el atrio en señal de saludo mientras dura el arrebato.

Vuelve la paz. Silencio. El anciano campanero murió e su puesto. Sin él, la vida no era igual… Pensé en el poeta:

Si por siempre enmudecieran,¡Qué tristeza en el aire y en el cielo!¡Qué silencio en las iglesias!¡Qué extrañeza entre los muertos!

Su hijo ocupará su lugar, hará su trabajo como lo enseñó, él dará los tañidos de difuntos y de gloria.

Un recuerdo para el campanero, los abuelos y el poeta; también para quienes han transmitido las tradiciones de boca en boca, de velada en velada y de sobremesa en sobremesa. Para aquellos que, alumbrados por la llama del aceite, nos enseñaron a descifrar los ruidos de la noche.

La última de las plegarias para la mano que tira de la cuerda. Con poco fuerza, o por el alma que pronto se irá y, a pesar de todo, con su llamado nos recuerda que: “El Santísimo está solo”.

Fuente: México desconocido No. 233 / julio 1996

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