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Historia

El teatro de madera que se quemó en 1909 con miles dentro; tragedia en México mayor a la del Titanic

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La primera proyección de una película en Acapulco fue en un teatro de madera. El desenlace fue funesto y mayor a la tragedia del Titanic.

La noche del 14 de febrero de 1909 no cabía una persona más en el Flores, el nuevo teatro de madera de Acapulco por la proyección de la primera película en la historia del puerto. Pese a la sofocación que la multitud sentía por los vahos y el calor natural de la región nadie se quitaba chalecos, sacos, corbatines, ni mucho menos los ampones vestidos de gala, pues aquello era considerado el evento social del año.

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Los inminentes riesgos del teatro de madera

Al ver su teatro abarrotado, don Matías Flores, por cierto hermano del gobernador Damián, se frotaba las manos y esbozaba las sonrisas de aquellos hombres que saborean el reciente éxito económico. Que el recinto de su propiedad estuviera atestado significaba que él había vencido al presidente municipal, quien le había pedido que no abriera su establecimiento. 

La oposición del alcalde era porque el lugar estaba hecho de piso a techo completamente de madera de pino, incluyendo tarimas, escenario, muros, camerinos y butacas, todo al estilo de los salones de Estados Unidos, sin contar el defecto de que sólo contaba con una estrecha puerta. Sin embargo, el funcionario no puso las trabas necesarias, pues significaba clausurar un negocio del hermano del primer mandatario del estado.

La proyección

Con todas las condiciones para que la mayor parte de las personas murieran en ese lugar, empezó al fin la proyección de la esperada cinta La pasión por el billar. La concurrencia quedó hipnotizada por lo que estaba presenciando, que, aunado a la melodía de la pianola en vivo, les pareció mágico. 

Pero súbitamente la imagen proyectada en una rudimentaria pantalla de manta se congeló, dando pie a las rechiflas de los finos asistentes. 

La chispa de la tragedia

La culpable de frenar la película había sido una minúscula flama que emergió del aparato proyector operador por el inexperto Enrique Flores (quizá pariente del dueño) quien se quitó la camisa para tratar de sofocar el pequeño fuego que estaba empezando en la caseta de proyección, pronto se daría cuenta que su intento sería casi infantil frente a lo que se avecinaba. 

El fuego empezó a consumir la película de nitrato de plata que estaba cayendo en un saco de yute, que como bien nos ilustró en épocas más recientes Quentin Tarantino en su Inglourious Basterds, es altamente inflamable y capaz de producir tragedias épicas, y el teatro de madera de Acapulco no fue la excepción.

Por un rato el proyectista trató de mantener la calma pese a que un flamazo le había quemado los ojos e incendiado la ropa. Así también guardó compostura Matías Flores, pero de repente una de las bobinas estalló, en ese justo momento empezaron los gritos de “salgan todos del teatro”, haciendo que la concurrencia se aglutinara en estampida tratando de escapar por la única puerta del recinto.

La desgracia

Las crónicas de la época no dicen mucho sobre los detalles del infierno en la tierra que vivieron los engalanados asistentes a la proyección de la primera película en Acapulco, pero aquello debió haber sido horroroso. En la confusión alguien cerró la única salida, las llamas hicieron desplomar el cielo raso del teatro de madera, las cajas de películas estallaron una tras otra como bombas. Los vecinos trataron de ayudar a la multitud sin mucho éxito; el fuego duró hasta las cuatro de la mañana. 

La cifra de muertos nunca quedó clara pero hablan de entre mil 500 a 2,000 fallecidos, entre ellos niños. Dicen que el olor a carne quemada llegó hasta los cerros de los alrededores.

Fue tal la cantidad de cadáveres que las autoridades tuvieron que solicitar a los soldados que abrieran zanjas en el panteón de San Francisco para echar ahí todos los cuerpos y evitar la propagación de alguna enfermedad. El acarreo de fallecidos duró hasta el anochecer del día 15. Miles asistieron para ver si alguno de sus familiares se encontraba entre la pila de muertos irreconocibles.

La culpa

Las recriminaciones de los acapulqueños tras la tragedia no pararon, supieron de la oposición y la negligencia del alcalde respecto a la apertura del Teatro Flores, también se enteraron sobre el influyentismo de don Matías, quien, días después, terminó por darse un tiro en el paladar para acabar con la culpa que sentía.

Tiempo después el Titanic se hundió, la tragedia en Acapulco todavía estaba muy presente en la cabeza de los habitantes a tal grado que a nadie sorprendió el número de muertos (mil 496 tripulantes) que dejó el hundimiento del famoso transatlántico.  

Pero por alguna razón, la mayor tragedia en el puerto de Acapulco se fue perdiendo en la memoria colectiva con el paso de los años. El teatro de madera se encontraba en la parte de atrás de lo que hoy es la catedral. El predio que ocupó ahora es una vecindad y una farmacia del ISSSTE.

autor Viajero que además de experiencias por la vida anda tras el click.
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