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El tiempo en los relojes del Museo Nacional de Historia

El tiempo ese algo intangible que no se puede ver, oír ni olfatear– ha estado presente en la mente del hombre desde épocas inmemoriales. Se le ha tratado de atrapar y de medir bajo diferentes formas.

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El Sol, astro principal y centro de nuestro sistema planetario, fue sin duda el primero en ser utilizado como elemento de medición básica. La rotación de la Tierra en torno al Sol dio origen a la primera división del tiempo: el día y la noche. Conforme las sociedades avanzaron en su desarrollo cultural, se difundió la costumbre de dividir la totalidad del día en dos ciclos de 12 horas. Para medir las horas del día, marcadas por la aparente marcha del Sol por la bóveda celeste, se aprovechó la sombra que su luz proyecta sobre un objeto graduado.

Así nació el primer medidor del tiempo, el reloj de sol; el más antiguo data del año 3000 a.C.  La dificultad para medir pequeñas fracciones de tiempo y la imposibilidad de hacerlo en días nublados indujeron a usar otros instrumentos. La clepsidra, o reloj de agua, medía el tiempo a partir del lapso que duraba en verterse el líquido de un recipiente a otro a través de un pequeño orificio. Cirios, velas, veladoras y lámparas de aceite graduados también sirvieron para medir el tiempo, según tardaran en consumirse por el fuego. Su empleo se remonta a la Europa del siglo VII y se conservó hasta el siglo XIX.  El reloj de arena, que en diversas manifestaciones culturales simboliza el transcurso del tiempo, apareció en el siglo XIV. Consiste en dos bulbos de vidrio superpuestos, con polvo de mármol en uno de ellos. La arenilla contenida en el bulbo superior pasa lentamente al bulbo inferior. Los más usuales eran de 30 minutos o de una hora.

Prácticos para medir lapsos cortos, se utilizaron con frecuencia en tribunales, iglesias y escuelas. No obstante los inconvenientes que presentaba este medidor en cuanto a la imprecisión y la medición de periodos largos, su uso se prolongó hasta el llamado Siglo de las Luces.  En épocas más recientes, el tiempo empezó a ser medido por un instrumento que se ha hecho imprescindible en la vida moderna. Ese objeto, monumental o minúsculo, se ha posesionado prácticamente de nuestras actividades  zy nuestras relaciones con los demás, regulándolas y administrándolas para que resulten más productivas o amenas. Nos referimos a ese aparato, hasta hace poco característico por su tic-tac, que rige nuestras vidas en todos sus ámbitos, esa máquina que nos hace pensar y sentir que el tiempo transcurre con mayor o menor rapidez. 

Hablamos, desde luego, del reloj mecánico, que con sus horas, minutos y segundos ha llegado a dominar a tal grado nuestra vida que resulta difícil imaginarnos un tiempo, un espacio y una actividad sin él. Su existencia, sin embargo, apenas data del siglo XIV, cuando en muchas ciudades europeas fue instalado en iglesias y edificios públicos para indicar, con sus campanadas, las 24 horas del día.  A partir de este nuevo instrumento, que mide el tiempo a través de un sistema de engranes accionado por un peso o un muelle, los maestros relojeros han venido perfeccionando el reloj hasta convertirlo en el aparato exacto, sofisticado y bello que hoy conocemos.

Hay relojes de torre, caja o pie, de mesa, bolsillo y pulsera, generalmente provistos de una esfera o carátula que señala las horas y sus fracciones.  Actualmente, la alta tecnología alcanzada por el hombre permite la fabricación de relojes de pulso que dan la hora imitando la voz humana, disponen de calculadoras en miniatura, despertadores con distintas piezas musicales, calendarios automáticos y receptores de radio.  Aunque resulta difícil establecer la fecha y el lugar precisos de la aparición del reloj mecánico, podemos aceptar la idea generalizada de que en el siglo XIV ya existía en Europa. Giovanni Dondi construyó uno de los primeros en la ciudad de Padua, Italia, en 1364; además de las horas, este reloj señalaba los movimientos del Sol y la Luna, y tenía incorporado un calendario para las festividades religiosas. 

Originalmente, el objetivo de este innovador medidor del tiempo era puramente utilitario, esto es, proporcionaba la hora sin dar mucha importancia a la forma o presentación de su caja, pues ésta tenía como única función proteger el mecanismo de las condiciones ambientales. Pronto, el aspecto exterior llegó a ser de gran significación y se convirtió en la expresión de las corrientes estilísticas del momento o de la ideología dominante, y el reloj en su conjunto, en símbolo de prestigio social.  La colección de relojes del Museo Nacional de Historia es una muestra de la afirmación anterior. Los estilos, formas, técnicas y materiales empleados en su producción lo confirman. Algunos muestran en su decorado elementos barrocos, otros del romanticismo del siglo XIX.

En cuanto a las formas, los hay desde los que simulan instrumentos musicales, como el bandolón o la lira, hasta aquellos cuyas cajas son jarrones o columnas ornamentales. Acerca del material con el que fueron elaborados, cuenta con relojes de latón, plata y oro con esmalte e incrustaciones de piedras preciosas. El acervo de relojes del Museo consta de un total de 197 piezas, de las cuales 144 son de faltriquera o bolsillo, 44 de mesa, 4 de arena, 3 de fuego y 2 de sol. De estos últimos, uno tiene la forma de cañón, da la hora a mediodía, momento en que el Sol está en su cenit, mediante una explosión activada por la energía solar a través de una lente; el otro es geográfico, de fabricación mexicana, calcula la latitud y la longitud de un determinado lugar, así como la hora astronómica y oficial, el mes, la estación del año, la hora de salida y puesta del sol. 

El reloj de bolsillo apareció hacia la primera mitad del siglo XVI. Su técnica de manufactura es igual a la de los demás relojes mecánicos. En un principio era totalmente de hierro y acero; después, hacia mediados del siglo XVII, la tendencia fue utilizar latón en casi toda su maquinaria, reservándose el hierro para las partes sometidas a mayor desgaste, como los ejes y los piñones.  Entre los relojes de este tipo que resguarda el Museo, algunos pertenecieron a personajes ligados directamente a la historia política de nuestro país, como el del presidente Benito Juárez, elaborado en oro de 18 quilates por José R. Lozada, relojero español radicado en Londres, y donado al MNH en 1947 por la señorita Martha Ijams; o el de Maximiliano de Habsburgo, emperador de México entre los años de 1864 y 1867, marca Breguet et Fils, con maquinaria de latón y caja de oro grabada con el escudo imperial. 

Como joya para colgar, a manera de dije, se encuentra en la colección un reloj que por la inscripción que se halla en el interior de su tapa se infiere que perteneció a Dolores Tosta, esposa del general Antonio López de Santa Anna. Su maquinaria es de latón con carátula de esmalte blanco y la parte exterior de la tapa está grabada y esmaltada con motivos vegetales y una figura femenina. En la Nueva España de finales del siglo XVIII era frecuente que las mujeres de ciertos grupos sociales se colgaran en la cintura, como accesorio de su indumentaria, uno o dos relojes.  Asimismo, entre los relojes de caja del Museo se conserva uno que se dice que perteneció al Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla. Su máquina es de latón y acero con escape de áncora (pieza parecida al ancla de los barcos) y esfera de cobre con adornos de bronce y la inscripción “Linares 1765. Sirvo a Miguel Hidalgo y Costilla 1803”.

Fue adquirido en 1917 por el entonces Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía de la señora Flavia T. viuda de Medina por la cantidad de $90.00, según consta en un documento del 19 de diciembre de ese año, firmado por el director del Museo, Luis Castillo Ledón, quien afirmaba que el reloj había sido examinado por los profesores del establecimiento, así como por todos los miembros de la Academia Mexicana de Historia, por un reconocido relojero de la capital y el experimentado perito del Nacional Monte de Piedad, señor Felipe H. Duhart, quienes llegaron a la conclusión de que se trataba de un reloj que “casi con seguridad” había pertenecido a Miguel Hidalgo. 

Otra característica notable de los relojes del Museo radica en que muchos de ellos están firmados por relojeros de reconocido prestigio, como los ingleses A. Graham, Thomas Tompion y Daniel Quare; los franceses Jean Antoine Lepine, Jean André Le Paute, Ferdinand Berthoud y la Familia Breguet, y los renombrados Courvoisier Fils, José R. Losada, Higgs y Evans, Federico Wieland y Robert Melly. La importancia de esta colección reside en la gama de lecturas que encierra cada una de las piezas, pues lo mismo nos remite a la cotidianidad de los personajes conocidos de nuestra historia, que a los ámbitos de los mexicanos anónimos de tiempos pretéritos, y evoca sus modas y gustos en el uso de estos medidores del tiempo.   

 Fuente: México en el Tiempo No. 36 mayo / junio 2000 

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