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El Turibus, un paseo por el corazón de México

Tengo varios meses viniendo a la capital por motivos de trabajo y siempre había querido darme un tiempo para hacer el recorrido del Turibús. Por fin lo logré y aquí les cuento mi experiencia.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Tengo varios meses viniendo a la capital por motivos de trabajo y siempre había querido darme un tiempo para hacer el recorrido del Turibús. Por fin lo logré y aquí les cuento mi experiencia.

Comencé el paseo en el Zócalo, aunque el recorrido formal comienza en el Auditorio Nacional, pero tiene varias paradas, por lo que se puede abordar en cualquiera de ellas y bajarse y subirse cuantas veces sea necesario, según las actividades que quiera realizar.

Me costó trabajo elegir el asiento, por lo que deambulé por los dos pisos. Primero me fui en el piso superior para disfrutar de la mañana, y una vez acalorada, me pasé al interior del cómodo vehículo. Con los audífonos personales que nos proporcionó el conductor, y una vez elegido el fondo musical (temas de autores mexicanos), el paseo comenzó por la calle de Tacuba, plena de ropa y zapatos, ahí también está la tienda de ultramarinos más famosa y antigua (La Europea), así como el bellísimo y tradicional Café Tacuba, famoso por los tamales y por sus platillos de cocina mexicana. También admiré la Biblioteca del Congreso, la cual cuenta con hemeroteca. Enseguida llegamos a la Plaza Tolsá, la más bonita del primer cuadro de la ciudad por la arquitectura que la rodea, los edificios del Museo de Arte y el Palacio de Minería, y en la esquina, el edificio de Correos. Ahí me bajé unos 30 minutos para conocer mejor.

Volví a abordar otro Turibús para llegar inmediatamente a la Plaza de la Santa Veracruz, donde se ubica el Museo Franz Mayer. Ahí se puede hacer otra parada muy interesante y llena de historia. Este inmueble, edificado a mitad del siglo XVI, fue sede del Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados y posteriormente de San Juan de Dios. Para el siglo XIX se convierte en el Hospital de la Mujer y finalmente fue remodelado y adaptado para ser el museo que es hoy. A un costado está el museo de la Estampa. En la iglesia de La Santa Veracruz y el Templo de San Juan de Dios se venera a San Antonio de Padua, patrono de las solteronas, por lo que supe por qué entraban antas mujeres.

Después cruzamos el Paseo de la Reforma y llegamos al Templo de San Hipólito, de estilo barroco del siglo XVIII, donde se venera a San Judas Tadeo. Me dicen que todos los días 28 de cada mes, se celebra una misa especial y afuera se puede uno “atracar” con quesadillas, flautas de barbacoa y pozole. 

Enseguida llegamos al lugar más representativo de la ciudad de México, el Monumento a la Independencia. Con su columna de 32 metros de altura, dicha construcción se inició en 1902 y se terminó en septiembre de 1910, para la celebración de nuestra soberanía. Ahí se recuerdan nuestros días de triunfos y derrotas.

El recorrido continuó y llegamos a una de las fuentes más polémicas de la ciudad, la Diana Cazadora. Fue inaugurada en 1942, y durante 25 años la mujer desnuda estuvo vestida con una falda de hierro, por causa de la Liga de la Decencia de esos años. Uno de los sitios que no podía faltar en el recorrido es el Castillo de Chapultepec (1785), donde hace una breve parada para que todos los pasajeros disfruten de su majestuosidad. Imponente por su construcción, en la punta del cerro del Chapulín, está rodeado de legendarios ahuehuetes y ahí resguarda historia y momentos importantes de nuestro país, como haber sido protagonista de la invasión norteamericana de 1847.

De ahí partimos al Museo de Antropología e Historia. Inaugurado en 1964, alberga una importantísima muestra de las culturas de la época precolombina. Es resguardado por Tláloc, dios de la lluvia, cuyo peso es de 167 toneladas y mide más de 8 metros de altura. Al mismo tiempo, pude observar que muchas personas disfrutaban del Bosque de Chapultepec y

sus tradicionales algodones de azúcar y chicharrones de harina con chile. Ahí también se suele visitar el zoológico, la Casa Cultural del Lago, el Museo de Arte Moderno, el Rufino Tamayo, el

Nacional de Historia, el de Ciencias Naturales y el Tecnológico.

La ciudad de hoy

Las calles de Polanco tienen mucho encanto. Esta colonia fue fundada en el siglo XVII, con la Hacienda de San Juan de Dios de Los Morales, dedicada al cultivo del gusano de seda, pero nunca prosperó. Con el paso del tiempo se convirtió en zona residencial con casas estilo californiano. Presidente Masarik es una calle, digámoslo así, totalmente cosmopolita, donde las construcciones de las viejas casonas se han convertido en sofisticados restaurantes, joyerías y tiendas de ropa de afamados diseñadores.

Después nos dirigimos a la segunda sección de Chapultepec, en donde se están el Museo Tecnológico de la CFE, el Papalote Museo del Niño, la Feria de Chapultepec y dos lagos artificiales, Menor y Mayor.

Regresamos por el Periférico hasta el Paseo de la Reforma para admirar al “gran coloso”, como le llaman ahora al Auditorio Nacional, una gran obra de la arquitectura actual. Enseguida llegamos a la Torre Mayor, el rascacielos más alto de la ciudad y de Latinoamérica. De 225 metros de altura, inició su construcción en 1999 y finalizó en 2003. Tiene 54 pisos, con un mirador en el piso 52 y nos contaron que tiene 98 amortiguadores sísmicos, medida del todo indispensable para el terreno de esta ciudad.

En un abrir y cerrar de ojos llegamos a la colonia Condesa, la cual se caracteriza por su porcentaje de parques y corredores (70%), inspirados en conceptos urbanos europeos. Últimamente en ella han surgido un gran número de cafés, bares y restaurantes para todos los gustos. En la grabación del Turibús se explica que en 1929, dos arquitectos mexicanos, José Luis Cuevas y Carlos Contreras, diseñaron el fraccionamiento Hipódromo de la Condesa, con sus calles nombradas como los Niños Héroes. Más tarde fue el hipódromo de la ciudad de México, de ahí su nombre. Se me antojó bajarme ahí para caminar un poco. Pasé al mercado Michoacán, en la calle del mismo nombre y al Café de La Selva, en la calle de Vicente Suárez. Después me volví a subir en otro Turibús, lo cual es muy fácil, ya que te colocan una pulsera de identificación, la cual puedes usar todo el día y hacer las subidas que quieras.

En algunos minutos ya estaba en la colonia Roma, donde resalta la Casa Lamm, una de los recintos de cultura más representativos de la ciudad. Al recorrer la avenida Álvaro Obregón, con sus 12 fuentes que muestran las estatuillas en bronce realizadas por escultores de la Academia de San Carlos, se topa uno con La Casa del Poeta, donde vivió por una corta temporada el gran escritor zacatecano, Ramón López Velarde.

De nuevo al centro

Tomamos nuevamente Paseo de la Reforma y llegamos hasta La Alameda, lo cual indicaba que pronto terminaría el recorrido. No sin antes ver algunas otras cosas interesantes y cerrar con broche de oro. En La Alameda de inmediato me vino a la mente la gran obra del pintor y muralista mexicano, Diego Rivera, Un Domingo en la Alameda, donde retrató toda la historia del país. A unos pasos vimos el Hemiciclo a Juárez. En la esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas, pudimos apreciar el Palacio de Bellas Artes, construido para conmemorar el centenario de la Independencia de México, en tiempos de Porfirio Díaz, y en contra esquina está La Torre Latinoamericana, que durante años fue la más alta y representativa de la capital. Decidí bajarme para conocer más de cerca esta zona. Primero pasé al Espacio Cultural de San Francisco, a espaldas del rascacielos. Luego, en la calle de Madero pude tomar algunas fotografías para enseñar a mi familia uno de mis edificios favoritos, la Casa de los Azulejos, único en su género. A la derecha está el Templo de San Francisco, uno de los más importantes de la ciudad y el que fuera el más grande en sus tiempos. Enseguida me encontré con la Casa Borda, la cual formaba parte de un conjunto de cinco casonas, propiedad de don José de la Borda, uno de los mineros más acaudalados del siglo XVIII. Después de deambular por estas calles y tomarme un café, volvía a subirme, pues quería terminar el recorrido como debía de ser. El momento mágico del paseo en el Turibús es sin duda, cuando entra al Zócalo, y se puede admirar en totalidad su belleza. Nunca olvidaré la sensación de majestuosidad.

El día se pasó volando y al recordarlo, creo que un instante me olvidé de mis problemas y del trabajo. Durante unas horas me sentí condesa, conquistadora, europea o simplemente un habitante más de esta ciudad mágica y misteriosa. Se los recomiendo.

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