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Escuela de laudería. Rescate de una tradición centenaria

No hay un detalle en particular en la manufactura de un instrumento que sea determinante para lograr el sonido perfecto; es el conjunto de factores y elementos los que intervienen en su emisión.

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Casi como un alquimista medieval, el laudero ha transformado las maderas con sus manos, dando estilo y forma a cada instrumento para buscar un sonido musical lleno de mística y magia.

Desde hace muchos siglos, la laudería ha sido el oficio de la construcción y restauración de instrumentos musicales de cuerda frotada, como son el violín, la viola, el violonchelo, el contrabajo, la viola da gamba y la vihuela de arco, entre otros.

Hoy en día, esta actividad, con una increíble tradición ancestral, se ejerce como una disciplina que obedece al más alto rigor artístico y científico, en la que se emplean técnicas de antaño y modernas para su producción.

En la ciudad colonial de Querétaro -decretada en 1996 Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO- se encuentra la nueva sede de la Escuela Nacional de Laudería.

Frente a este centro de enseñanza, basta mirar hacia las estrechas callejuelas empedradas donde aún parecen escucharse los sonidos de los carruajes rodando y las herraduras de caballos, para sentirse transportado al pasado.

En esta ocasión nos remontamos a aquellos tiempos cuando se conjuntaban la magia de los alquimistas con el ingenio de los artesanos de la madera para crear bellos y armoniosos instrumentos musicales.

En cuanto entramos al edificio, lo primero que percibimos fue el sonido dulce que emitía el violín que tocaba un estudiante. Después nos recibió el licenciado Fernando Corzantes, quien nos acompañó hasta la oficina del maestro Luthfi Becker, director del plantel.

Para Becker, laudero de origen francés, la laudería es un oficio mágico donde el “don” principal es la paciencia. Él concientiza a sus alumnos sobre el valor que tiene el lazo que une el aspecto artístico con la investigación técnica y la importancia de la unión entre los tiempos antiguos, presentes y futuros, ya que el laudero existirá mientras la música perdure.

En 1954, el Instituto Nacional de Artes creó la Escuela Nacional de Laudería con el maestro Luigi Lanaro, quien vino ex profeso a México para enseñar el arte de fabricar y restaurar instrumentos; sin embargo, la escuela se desintegró en los años setenta con el retiro del maestro.

En este primer esfuerzo se logró enseñar a varias personas el oficio de la elaboración y la restauración, pero ninguna alcanzó la profesionalidad requerida para esta labor. Por ello, en octubre de 1987 se estableció nuevamente la Escuela Nacional de Ladería en la Ciudad de México. Esta vez se invitó al maestro Luthfi Becker a formar parte de la escuela.

El objetivo principal de esta carrera de licenciatura, con duración de cinco años de estudios, es la formación de lauderos con un alto nivel profesional capaces de elaborar, reparar y recuperar instrumentos musicales de cuerdas frotada con bases técnicas, científicas, históricas y artísticas. De esta manera, con la práctica y los conocimientos adquiridos los lauderos ayudan a la conservación de instrumentos musicales antiguos -considerados patrimonio cultural- y de fabricación reciente.

El primer lugar que visitamos en nuestro recorrido por la escuela fue el salón donde tienen una pequeña, pero muy representativa, exposición con los instrumentos musicales que han sido los trabajos de tesis de los alumnos. Por ejemplo, vimos un violín barroco, construido con las técnicasy procesos pertenecientes al barroco de la Europa del sigloXVIII; una lira di braccio, ejemplo de laudería europea del sigloXVIII; una viola veneciana que se fabricó usando patrones y métodos de la Venecia del sigloXVII; además de varios violines, una viola d’amore y un violonchelo barroco.

En el proceso de construcción de los instrumentos, el primer paso es la selección de la madera, la cual puede ser de pino, abeto, arce y ébano (para ornamentos, diapasón, etcétera). En la escuela utilizan maderas de importación traídas de diversas partes del mundo.

Al respecto, algunos biólogos -investigadores en el área forestal- han venido realizando trabajos para buscar entre las 2 500 especies de pináceas mexicanas cuáles pueden emplearse en la laudería, ya que importar maderas resulta muy costoso.

Dado que el alumno sabe que su labor forma parte de la recuperación de una tradición, siempre tiene en cuenta que las técnicas de elaboración que va a utilizar y a seleccionar son el legado de los grandes maestros de la construcción de instrumentos de cuerda frotada como lo fueron Amati, Guarneri, Gabrieli, Stradivarius, etcétera.

La segunda fase del proceso es elegir el modelo y el tamaño del instrumento siguiendo fielmente las medidas de todas las piezas, con el propósito de crear el molde de la corona, las costillas y demás elementos, así como cortar las piezas y tallar cada una de las partes de la caja acústica o sonora.

En este paso se escupe la madera de la tapa y el fondo para lograr la forma y el espesor adecuados, ya que en la caja acústica se produce un sistema de estática que por medio de presiones y tensiones hacen que el instrumento vibre.

Antes de ensamblar las piezas, se comprueba la densidad de la madera con la ayuda de una caja de luz.

En otro laboratorio se verifica que la trasmisión del sonido se efectúe de una manera uniforme. Para ello, la escuela cuenta con el respaldo del Instituto Nacional de Metrología, encargado de realizar pruebas de física acústica con los instrumentos que los alumnos fabrican.

La caja sonora y el resto de las piezas se pegan con colas (pegamentos) elaborados a base de piel, nervios y hueso de conejo.

En la fabricación del mango, el laudero demuestra la destreza y maestría que posee. Las cuerdas que antiguamente se utilizaban eran las de tripa; en la actualidad se siguen usando pero también emplean las de metal entorchado (tripa forrada de metal).

Finalmente se le da un acabado a la superficie de la madera. En este caso se recubre el instrumento con barnices elaborados de forma “casera”, pues no existen en el mercado; esto permite hacer fórmulas personales.

La aplicación del barniz es manual con una brocha de pelo muy fino. Se deja secar en una cámara de luz ultravioleta durante 24 horas. La función del barniz en primer lugar es de protección, además del aspecto estético, para resaltar la belleza de la madera así como la del barniz propio.

No hay un detalle en particular en la manufactura de un instrumento que sea determinante para lograr el sonido perfecto; es el conjunto de factores y elementos los que intervienen en la emisión de un sonido agradable: la altura, la intensidad, la resonancia y las cuerdas, el arco, etcétera. Sin olvidar, claro, la ejecución del músico, pues la interpretación es el sello final.

Por último, cabe mencionar que un laudero no sólo se encarga de la construcción, reparación y restauración de instrumentos, sino también puede dedicarse a la investigación y la docencia en las áreas científica y artística como historia del arte, física, acústica, biología de la madera, fotografía y diseño. Además, es posible que lleve a cabo una interesante labor museológica, así como avalúos y peritajes de instrumentos musicales.

Fuente: México desconocido No. 245 / julio 1997

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