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Eugenio Landesio en Cacahuamilpa y el Popocatépetl

Hay un raro opúsculo escrito en 1868 por el pintor italiano Eugenio Landesio: Excursión a la caverna de Cacahuamilpa y ascensión al cráter del Popocatépetl. Nacido en 1810, había llegado a México en 1855 contratado por la Academia de San Carlos como maestro de pintura de paisajes. En 1877 regresó a Europa. Murió en París en 1879.

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Formado en Roma, Landesio tuvo como alumnos a jóvenes que llegarían a igualarlo y alguno a superarlo. Por supuesto, José María Velasco.

Para visitar las grutas de Cacahuamilpa, Landesio y sus acompañantes tomaron la diligencia que daba el servicio de la capital a Cuernavaca y de allí continuaron a caballo: “Salimos por la garita de San Antonio abad y tomando el camino de Tlalpan, pasamos delante del pueblito de Nativitas y de la hacienda de los Portales; pasado el río de Churubusco, que hallamos completamente seco, atravesamos el pueblos de este nombre. Luego dejamos el camino recto, y cargándonos a la a izquierda, pasamos delante de las haciendas de San Antonio y Coapa. Después, sobre un puentecillo muy bajo, pasamos el riachuelo de Tlalpan, y a poco llegamos a Tepepan, en donde cambiamos los caballos y nos desayunamos”.

En las grutas de Cacahuamilpa, los guías estaban “trepados por aquí y acullá, en las asperezas de aquellas paredes a manera de arañas, rompiendo y abasteciéndose de concreciones, para vendérnoslas al salir… Lo poco que he recorrido, tiene mucho interés, hallándose en él estalactitas que colgando de las bóvedas forman hermosas arañas de variada y caprichosa forma; otras, tapizando con extravagantes dibujos las paredes, dan ideas de troncos y raíces, las que a veces se unen haciendo un cuerpo común con las estalagmitas. En algún tramo, enormes estalagmitas se elevan imitando torres, ya pirámides y conos, todos de mármol blanco; en otros bordados que tapizan el suelo; imitando en otros los troncos de los árboles y las plantas herbáceas; en otros, nos presentan modelos de candelabros”

“Luego llegas al Salón del Muerto, cuyo nombre lo tuvo por haberse encontrado allí el cadáver de un hombre completamente desnudo, con el de su perro cerca de él; y aseguran que habiendo ya consumido todas sus hachas, quemó aún su ropa para conseguir más luz y salir de la caverna; pero no fue bastante. ¿Cuáles serían sus ansias? Fue víctima de la oscuridad.

Al igual que en el templo de Luxor en el Alto Egipto, en esta maravilla natural aparecían firmas de visitantes, algunos famosos: “El negro de las paredes es superficial, es un tizne, el cual aprovecharon para escribir, rascando con la punta de la navaja, muchos nombres, entre los cuales hallé los de mis amigos Vilar y Clavé. Hallé también el de la emperatriz Carlota y otros.”

De vuelta a la ciudad de México, Landesio y sus compañeros de viaje tomaron de nuevo la diligencia de Cuernavaca a la capital, pero fueron asaltados poco antes de Topilejo, perdiendo sus relojes y dinero.

Para la excursión al Popocatépetl, Landesio se fue en diligencia de México a Amecameca, saliendo de madrugada por la ruta de San Antonio Abad e Iztapalapa; otros miembros del grupo se embarcaron desde la noche anterior en San Lázaro rumbo a Chalco, donde habían de llegar en la mañana. Todos reunidos en Amecameca, de allí ascendieron a caballo hasta Tlamacas.

En diferentes épocas se ha aprovechado el azufre del cráter del Popocatépetl para producción de pólvora y otros usos industriales. Cuando Landesio estuvo allí, los concesionarios de esa explotación que podríamos llamar minera eran los hermanos Corchados. Se metían los “azufreros” –normalmente indígenas- al cráter y sacaban el valioso producto químico con un malacate hasta la boca, luego lo bajaban en sacos a Tlamacas, donde le daban algún proceso menor. Allí, “uno de dichos jacales sirve para la fundición del azufre y reducirlo a grandes panes cuadrados para el comercio. Los otros dos para caballeriza y vivir”.

A Landesio tocó también observar otra singular actividad económica: se encontró a unos “neveros” que bajaban del Iztaccíhuatl con bloques de hielo envueltos en zacate y costales, cargados por mulas, que permitían disfrutar de nieves y bebidas frías en la ciudad de México. Algo similar se hacía en el Pico de Orizaba para abastecer a las principales urbes de Veracruz. “Los arenales del Ventorrillo están contenidos por cordones o escalones de roca porfídica, que parecen bajar verticales del lado del barranco, en cuyo fondo dicen hallarse una cantidad de huesos de animales, y sobre todo de mulas, las cuales, según me han dicho pasan diariamente por allí, conducidas por los neveros, las que a menudo se desbarrancan empujadas por las ráfagas”.

En el ascenso de los alpinistas, no todo fue deporte. “Me había olvidado decir: como casi todos los que han subido al volcán cuentan y aseguran que los licores más fuertes se pueden tomar allí lo mismo que el agua, así es que íbamos todos abastecidos de una botella de aguardiente. Un Sr. de Ameca sumamente jovial, había traído consigo naranjas, aguardiente, azúcar y algunas tazas; hizo una especie de licor que se toma caliente y llaman tecuí, de mucha fuerza y tónico, el cual en aquel lugar, nos supo a gloria”.

No siempre se contaba con el equipo más adecuado, como son los spikes: “Nos fuimos hacia el volcán; pero antes envolvimos el calzado con mecate áspero, a fin de que pudiera agarrar y no resbalar en la nieve”.

Landesio esbozó el cráter del Popocatépetl, que después pintaría al óleo; esto escribió de la vista: “Muy agarrado y casi tendido a tierra observé el fondo de aquel abismo; había en él una especie de caldera circular o estanque, que por el tamaño y disposición uniforme de los peñascos que formaban su borde, me pareció artificial; en éste, tanto por el color de la sustancia cuanto por el humo que de ella salía, había azufre en ebullición. De esta caldera se elevaba y con mucha fuerza una columna muy densa de humo blanco, que llegado como a una tercera parte de la altura del cráter, se esparcía y disipaba. Tenía a uno y otro lado rocas altas y caprichosas que mostraban haber sufrido la acción violenta del fuego, como la de los hielos: y realmente, se leían en ellas los efectos plutónicos y algentes; de un lado la vitrificación y el humo saliendo de sus hendiduras y, del otro, hielos perpetuos; como la que tenía a mi derecha, la cual al mismo tempo que de un lado humeaba, colgaba del otro, un grande y hermoso témpano de nieve: quedaba entre éste y la roca un espacio que parecía habitación, un cuarto, pero de duendes o de demonios. Aquellas peñas tenían en su extravagante forma algo de juguetes, pero juguetes diabólicos, lanzados del infierno.

“Pero no he dicho en mi relato de haber presenciado una tempestad bajo mis pies. ¡Qué lástima! ¡En verdad, muy bello, muy imponente ha de ser mirar debajo de sí a los elementos enfurecidos; recorrer rápido, quebrado, el más terrible de los meteoros, el rayo; y mientras que éste, la lluvia, el granizo y el viento embisten con toda su fuerza y violencia a la localidad sujeta; mientras es allí todo estruendo, terror y espanto, hallarse espectador inmune y disfrutar del más hermoso día! Yo nunca tuve tanta dicha ni espero tenerla”.

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