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La musa de la música en el Museo Nacional de Historia

En este museo se compilan instrumentos, lienzos y partituras que nos muestran parte de la historia de la música.

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Conocen del habla popular, de las palabras célebres y de los discursos através de la letra manuscrita o impresa; sin embargo, difícilmente atienden a los sonidos, al canto, a la música. No obstante, tanto el pasado como el presente están plagados de sonidos, a veces armónicos y a veces estridentes, que junto con los sucesos políticos, económicos, sociales y culturales constituyen esa totalidad que a jirones se recupera de la larga y compleja historia del hombre.   

Si bien Euterpe (musa de la Música) es despechada por muchos adoradores de Clío (musa de la Historia), existe un espacio en el que ambas divinidades encuentran cobijo. Éste es el museo, que desde siempre ha sido definido como “el templo de las Musas”. Así pues, en un repositorio del pasado mexicano como el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec no podría estar ausente la música como una de las grandes manifestaciones de la sensibilidad y creatividad humanas. En sus acervos se resguardan pinturas y esculturas que testimonian la importancia que los mexicanos han dado a la música a lo largo del tiempo. Abundan los lienzos en los que se representan ángeles y arcángeles ejecutando melodías celestiales con distintos instrumentos; biombos representando saraos amenizados por músicos que tocan violines, flautas, contrabajos y guitarras; bacantes pulsando panderos; criollos y mestizos tañendo laúdes y guitarras. También se custodian partituras musicales, como representaciones escritas de los sonidos armónicos, un método para la enseñanza del violín escrito en las postrimerías del régimen colonial y, sobre todo, una colección de instrumentos musicales que no por pequeña deja de ser extraordinaria.   

Un lotesui generisde este patrimonio es el que está integrado por instrumentos de cuerda, aliento y percusiones chinos, que fueron donados por el gobierno de la República Democrática China a México como muestra de amistad durante la Olimpiada Cultural de 1968. En realidad, este conjunto debería formar parte del acervo del Museo Nacional de las Culturas, inaugurado en 1965 con colecciones de Europa, América, África, Asia y Oceanía; pero continúa en el Castillo de Chapultepec por disposición expresa de sus donantes. Entre las piezas que lo integran, destacan unGong-Locon baqueta, un tambor (Hua Ku), dos violines (Tan-Kin), una cítara (Sê), un laúd (P’i-P’a), una mandolina (Yuan Ch’in), una flauta (Ti) y un oboe (Suo-na).   

Del período prehispánico hay un teponachtli trabajado en madera tallada al bajorrelieve y una representación del mismo instrumento confeccionada en barro pintado de rojo. Otras piezas son un huehuetl, una chirimía de barro y un caracol marino adaptado para producir sonidos, que es de origen teotihuacano y fue donado por Roberto Rivera. Todas estas piezas son apenas una muestra de los instrumentos que empleaban los pueblos precolombinos para interpretar una música que, según Manuel Jorge de Elías, se caracterizaba por ser “pentatónica, básicamente monódica y a veces practicada en forma antifonal”.    Después de la conquista, la música se transformó en uno de los tantos medios empleados por los religiosos para llevar a cabo la evangelización. Se mezclaron así los nuevos sonidos y rimas con canciones de índole sacra interpretadas en castellano y en lenguas indígenas. De estos primeros cantos, piezas para danzay melodías derivó el amplio repertorio de música autóctona que entre 1945 y 1971 fue grabada y recopilada por el musicólogo norteamericano José Raúl Hellmer, quien en sus andanzas por las distintas regiones de México logró atesorar, además de los sonidos, una importante colección de instrumentos musicales de factura popular, algunos de los cuales donó al Museo Nacional de Historia.   

El acervo se integra con instrumentos construidos, en su mayoría, en el siglo XIX. Incluyen una jarana en forma de mandolina y otra jarocha, producida en Villa de Azueta, Veracruz; una guitarra quinta huapanguera de diez cuerdas y otra de manufactura tzotzil; dos violines huicholes; un pochete huasteco; un arco musical monocordio de la cultura seri; una peculiar matraca, y un arpa taraceada con nácar y maderas preciosas, donada por la señora Esperanza Guzmán.   

Las piezas más importantes de la colección de instrumentos musicales son las pertenecientes al período colonial. Un órgano positivo o “Realejo” encabeza la lista, de la misma manera que presidiera desde el siglo XVII la ceremonia del Paseo del Pendón, que cada año se celebraba en la Ciudad de México para conmemorar el episodio de la conquista. Se dice que sólo existen en el mundo otros cinco instrumentos similares a éste, por lo que resulta ser uno de los grandes tesoros del museo, recién restaurado para su mejor apreciación. También del siglo XVII es un archilaúd de caja semiglobular, que fue fabricado en Venecia y decorado con incrustaciones de maderas preciosas y concha nácar. Dicho instrumento se caracteriza por contar con dos clavijeros: uno para cuerdas punteadas y otro para los bajos. Otra pieza singular es un virginal, instrumento parecido a un clavicémbalo, pero con un coro de cuerdas transversales. Fue fabricado en México a mediados del siglo XVIIl, lo cual se deduce al observar que en sus decoraciones en rojo y oro como colores dominantes aparecen damas, caballeros y peones del rey, portando las casacas, vestidos y uniformes militares que se estilaban en el cenit del setecientos. De manera ciertamente tardía, este virginal ostenta en su tapa el águila bicéfala de la dinastía de los Habsburgo.   

Importancia y belleza similares tiene un clavicordio construido en México por Juan Felipe de Olea en el siglo XVIII, que consta de 47 teclas y se ornamenta con magníficas pinturas al óleo que representan a una pareja de músicos –hombre y mujer– en un idílico jardín, los cuales tañen vihuelas por medio del arco y el rasqueo, respectivamente. Este magnífico ejemplar fue donado en 1966 por el empresario regiomontano Carlos Prieto, reconocido amante de la historia y, sobre todo, de la música. De los últimos años de la Colonia data un pianoforte cuadrilongo, con arpas de 5 octavos, que fue fabricado en Inglaterra en 1805 y era llamado así porque, en contraste con el clavicémbalo, el volumen de su sonido podía variarse mediante el toque de las cuerdas con los dedos.   

El acervo perteneciente al siglo XIX se inaugura con un tambor decorado con alegorías patrióticas que perteneció al Ayuntamiento de la Ciudad de México y fue tocado en 1821 para anunciar la proclamación de la Independencia de México. A ese evento seguiría una prolongada etapa de inestabilidad política, la cual no impidió que se escucharan cantos y corridos, ópera y opereta, música de salón y danzas. De triste memoria fueron las polkas, que eran bailadas con destreza por un conjunto de jóvenes, quienes azuzados por representantes del alto clero se revelaron contra el presidente Valentín Gómez Farías, mientras el norte del país era invadido por el ejército norteamericano. De esos años data un Euphonican o piano vertical con el arpa externa, que fue fabricado por John Esteward en Regent Street de Londres.   

Nuevas afrentas y nuevas invasiones extranjeras se sucedieron a lo largo del siglo XIX, siendo especialmente importante la Intervención Francesa de 1862-1867, que trató de destruir a la República encabezada por Benito Juárez y restaurar el fallido Primer Imperio Mexicano, ahora encabezado por Maximiliano de Habsburgo y su consorte Carlota Amalia de Bélgica. Se dice que ella era una excelente concertista de piano y que por ello Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III y emperatriz de Francia, le obsequió un piano Philippe Henri Herz, decorado con incrustaciones de latón y bordes y costados de bronce. A la caída del imperio, el instrumento fue heredado a la señora María Elena de Lizardi viuda de Esteva, quien fuera una de las damas de compañía de la emperatriz. Ella a su vez lo vendió a Manuel L. Riveroll, comerciante que lo puso a la venta en la tienda de su propiedad.

De ese establecimiento fue rescatado por el gobierno de Porfirio Díaz para engrosar los acervos del Museo Nacional. Poco después fue comprado en otra tienda de antigüedades un piano inglés, esta vez de marca Collard and Collard y cubierto con chapa de “ojo de pájaro”, que perteneció a Maximiliano de Habsburgo. Ambos pianos también son exhibidos hoy en uno de los salones más bellos del Alcázar de Chapultepec, custodiados por los retratos de la pareja imperial mexicana, y por los de Napoleón III y Eugenia de Montijo.   

Mientras tanto, en una vitrina reposa el violín de Juventino Rosas, instrumento con el que compuso el vals Carmen, dedicado a la esposa del general Porfirio Díaz, ySobre las Olas, cuya autoría sigue despertando polémicas. A raíz de una de ellas, Juventino decidió abandonar México y autoexiliarse en Cuba, en donde murió en 1894. El violín permaneció en la isla hasta que en 1931 el compositor Vicente Garrido lo rescató y donó al museo.   

Desafortunadamente, el recuento cronológico de la colección de música del Museo Nacional de Historia concluye con dicho violín, ya que los instrumentos del siglo XX que se resguardan son muy escasos. Es quizá en este punto donde cabría reflexionar sobre la necesidad de que el museo más importante de México sea enriquecido con colecciones del siglo XX, las cuales brinden testimonio de esa historia que comenzó con una revolución armada y que hoy registra una transición democrática. Hacen falta recursos para adquirir nuevas piezas y hace falta generosidad de los mexicanos para enriquecer con donaciones al que siempre será un Templo de las Musas, sede de la historia y de su música. 

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