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Expedición por el río Lacanjá (Chiapas)

Un estruendoso sonido atrapó nuestros sentidos. Éste era ciertamente más fuerte que los anteriores.

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Disminuimos la velocidad acercándonos a la orilla. La cascada era impresionante, tenía unos 10 m de altura, y resultaba inaccesible. Cuando bajamos del camión que nos trajo desde Palenque, cayó un intenso aguacero, y el camino para llegar a Lacanjá, comunidad de donde partiríamos, estaba en malas condiciones. A nuestro arribo el jefe del pueblo vino hacia nosotros; le comentamos que queríamos navegar el río y nos permitió montar el campamento cerca del almacén. Lacanjá es uno de los tres pueblos lacandones junto con Nahá-Metzabok y Santo Domingo que todavía conservan sus tradiciones milenarias. Las pocas familias que quedan en esta comunidad han recibido la influencia de los turistas y de la civilización.

A la mañana siguiente, después de dormir tranquilamente bajo un techo de lámina, nos sentimos eufóricos. El sol pintaba de verde intenso todos los alrededores, y el río se veía de un verde más claro. Varias mujeres y niños se acercaron a nosotros para vendernos artesanías; los niños, empujados por la curiosidad, rodearon nuestra embarcación hasta tocarla. Mientras tanto, nosotros terminábamos de arreglar la canoa que llevaría a cinco del grupo y parte del equipo, así como el kayak que conduciría un tripulante en primera línea a manera de guía. Llevábamos estrictamente lo necesario para hacer el equipaje lo más ligero posible. Sólo teníamos provisiones para siete días, suficiente cuerda y sobre todo machetes que son indispensables para abrir paso en el camino y preparar los campamentos.Nos despedimos de los pobladores e iniciamos el descenso. El objetivo de nuestra expedición era navegar en el río Lacanjá durante cinco o seis días y descender hasta el punto donde se une al río Lacantún.

La corriente era lenta y tuvimos que remar. Un tucán de pico verde se posaba sobre un árbol muy alto mientras nosotros pasábamos por debajo. Aunque los remos de la balsa no habían hecho suficiente ruido para molestar el descanso de esta magnífica ave, el tucán se alejó en el aire. En ese momento aparecieron las cimas de la Reserva de la Biosfera de los Montes Azules en el estado de Chiapas, que está dominada por este estrecho río que serpentea entre la cerrada selva y que se convierte en un inmenso mar verde. Después de un rato, el kayak se adelantó, frente a nosotros el estruendo del agua blanca nos puso en alerta; sin embargo, desde la embarcación guía nos señalaron que sólo se trataba de unas pequeñas cascadas. Entonces navegamos hacia la orilla izquierda, pues la corriente central podía resultar muy fuerte, y remamos con cuidado hacia atrás para acercarnos a la embarcación guía. Enseguida pisamos tierra firme al borde de la cascada. Como las canos estaban aseguradas con una cuerda, primero dejamos que pasara el kayak y después la canoa, mientras que nosotros cruzamos por una rama para poder continuar el descenso.

A media tarde empezamos a buscar un lugar para acampar. Entre la maleza y el follaje de los árboles había poca visibilidad y las orillas del río eran altas, pero debíamos parar porque la noche se acercaba.Finalmente encontramos un buen sitio; con el machete preparamos el terreno para instalar el campamento, bastaron dos golpes y ya. Después de la cena, el cansancio de todo el día se dejó sentir; entonces entramos en las tiendas, sólo que ahora debíamos librar otra batalla: con los mosquitos que habían logrado burlar el mosquitero.

Al amanecer iniciamos de nuevo el recorrido. Cuando se navega por un río hay momentos en que deben tomarse decisiones claves, en este caso el Lacanjá se ramifica haciéndose más estrecho, por lo tanto, era necesario elegir la dirección adecuada. Por donde navegábamos el río reducía su caudal y los árboles derribados casi obstruían el paso de las canoas; entonces, nos preguntamos si habíamos tomado el camino correcto, ya que esta vez el mapa no sirvió de mucho ni tampoco la brújula. Algunas veces tuvimos que pasar por debajo de los árboles caídos, doblando el cuerpo hacia atrás y empujando hacia delante la embarcación.El grito de un saraguato interrumpió nuestra reflexión. Arriba de un gran árbol estaba un macho con su familia. También vimos monos araña que brincaban y se movían de una rama a otra mostrando sus habilidades. Para algunos era la primera vez que mirábamos a los monos en su ambiente natural. Como la corriente era tranquila, decidimos amarrar las embarcaciones y disfrutar el espectáculo que nos ofrecían los habitantes de la selva. Ser testigos de estas manifestaciones de vida es una experiencia inolvidable.Hasta la tarde del día siguiente encontramos un brazo de río similar al que habíamos navegado al principio. Ahora sí estábamos seguros de ir en la dirección correcta.

Recorrimos pocos metros y había un salto de agua de dos metros de altura; remamos contracorriente hacia la orilla. Aseguramos las embarcaciones en unas ramas que colgaban, mientras dos del equipo se adelantaron para inspeccionar el camino. Cuando regresó Gian María Luis, nos dijo: “cerca de la orilla, la cascada se divide en dos partes, la segunda es un rápido, pero con un poco de fuerza la podemos pasar. El kayak va primero”. Desde la canoa esperamos a que el kayak saliera del rápido hacia aguas tranquilas; después del primer brinco desapareció, más adelante, lo vimos volteado. Rápidamente nos apresuramos a descender para brindar ayuda a nuestros compañeros. La canoa se llenó de agua pero pasamos el obstáculo a toda velocidad.Continuamos el descenso. A lo lejos vimos lo que según el mapa es un pasaje entre dos hileras de montañas: un pequeño cañón que no tiene muchos kilómetros de largo. Un águila sobrevolaba la cima de una montaña describiendo amplios círculos en busca de su presa. Acampamos cerca de un árbol que se prolongaba sobre el río. Después de un baño y una reconfortante cena nos fuimos a descansar.

Al siguiente día empezamos más temprano la tarea porque teníamos que pasar el cañón antes del atardecer, de lo contrario iba a ser muy difícil encontrar un sitio dónde acampar.Salimos a cielo abierto y navegamos por en medio del curso del Lacanjá donde la corriente era más rápida; entonces fuimos transportados velozmente, pero los rápidos eran accesibles. Ahora las paredes eran más altas, medían hasta tres metros. En dos ocasiones tuvimos que deslizar las embarcaciones sobre las cascadas para después volver a tripularlas. Pudimos controlar cada obstáculo gracias al kayak guía. Un estruendoso sonido atrapó nuestros sentidos; ciertamente más fuerte que los anteriores. Disminuimos la velocidad acercándonos a la orilla. La cascada era impresionante, alcanzaba unos 10 m, por ello su altura resultaba inaccesible. Ante esto, decidimos que la única opción era desinflar las embarcaciones, empacarlas y cargar con ellas sobre las espaldas. Fue necesario caminar entre la selva para después retomar el cauce del río.Llegó la hora de montar el campamento. Durante la cena, la cascada y la caminata que deberíamos realizar al día siguiente fueron los temas de conversación de esa noche. Acordamos que dos irían adelante con los machetes y el resto del grupo, en cadena, llevarían el equipaje. De pronto se escucharon varios truenos que anunciaban lluvia y casi de inmediato empezó a llover; entonces buscamos refugio en la única tienda que estaba instalada. ¡Imagínense siete personas en una tienda para tres!Desde muy temprano, quienes íbamos adelante empezamos a abrir camino con los machetes y avanzamos con rapidez; en tanto que los otros recogieron el campamento. Nuestro punto de referencia era el potente sonido de la cascada, sin embargo dejamos señales en los árboles para marcar el camino, ya que perderse en la selva es muy fácil. Después de unos quince minutos de caminar cargando el equipo, descansamos un poco. Seguimos la caminata poniendo mucha atención dónde pisábamos. De pronto, frente a nosotros había una prolongada pendiente. “Será necesario ayudarnos con cuerdas para poder bajarla” -dijimos. Fue peligroso descender la cima por las cuerdas, con el peso de las mochilas y de las embarcaciones en nuestras espaldas, pues existía el riesgo de perder el equilibrio. Observamos el río y pensamos que habíamos librado la parte difícil del rápido. Más adelante encontramos otra caída de agua, pero con pocodesnivel. Vimos pasar una pareja de guacamayas que atravesó el espejo de agua; las consideramos un buen presagio. El curso de agua era tranquilo y nadie tenía ganas de remar. Nos dejamos transportar con el movimiento del agua. ¡¡Un lagarto!” —advirtió Gina María. Medía por lo menos un metro y medio.  “Dos pescadores” -grité de felicidad. Las primeras personas ajenas al grupo después de seis días de navegación. Agitamos los remos para indicar nuestra presencia; los pescadores nos miraron estupefactos. Les preguntamos cuánto faltaba para llegar al río Lacantún. Uno de ellos nos dijo que aproximadamente una hora y media. Brincamos de alegría y caímos al agua a pesar de los lagartos. Nos despedimos para continuar nuestra expedición. El canal de cielo que siempre nos siguió por el curso del río se amplió como un abanico y los árboles eran más bajos. A lo lejos escuchamos un saraguato que gritó invocando lluvia.La selva dejó su imagen y su fuerza en cada uno, pero su espesura adentro también se quedó con una parte de nosotros, que se queda, tal vez, surcando el río, buscando…

Fuente: México desconocido No. 242 / abril 1997

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