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El Sótano de las Ventanas: Tlanexilotl

El Sótano de las Ventanas tiene más de 400 metros de profundidad y se ubica en la Sierra Negra, al sur de Puebla. Descubre lo que habita en la oscuridad.

Expediciones El Sótano de las Ventanas: Tlanexilotls

Objetivo:

Encontrar una cavidad de un kilómetro de profundidad en el Sótano de las Ventanas.

Localización:

Sierra Negra, sur del estado de Puebla.

Duración:

Dos meses de exploración bajo tierra.

Descenso al Sótano de las Ventanas

Como estrella que espera la noche para brillar, así hemos esperado durante 355 días para bajar al fondo del “gran pozo” en el Sótano de las Ventanas. En la expedición del año pasado paramos a 285 metros de profundidad, al borde de un pozo de unos 100 metros, así que ya imaginarán lo ansiosos que nos encontrábamos por seguir adelante.

Nos reunimos en el estado de Puebla trece expedicionarios, mayormente mexicanos y algunos de España y Australia, para continuar la exploración de esta cueva que habíamos encontrado el año pasado. Nos dimos cita en Tehuacán para comprar todas las provisiones para varias semanas: comida, gas, lonas y demás utensilios de campaña.

Gustavo Vela Turcott

Después de manejar por varias horas por la larga y sinuosa carretera que conduce a lo alto de las montañas llegamos a la comunidad de Ocotempa; ahí tuvimos que cambiar de vehículo y rentamos algunos muleros para que llevaran nuestro equipo de expedición, porque para bajar cuevas se necesita mucha cuerda, anclajes y demás equipo y nuestro campamento base estaría a tres horas cuesta arriba caminando.

Tras tres días ajetreados entre compras, viaje y tramitación de permisos, por fin llegó un poco la calma, así que nos dedicamos a montar el campamento base en el mismo lugar de años pasados, situado a 2300 metros sobre el nivel del mar en medio de un hermoso bosque. Construimos la cocina, el comedor, la bodega, la letrina y ‒muy importante‒ la sección de energía solar para cargar la lámpara del casco o las baterías de los taladros, el reproductor de música o el teléfono y los radios… en fin, todos los implementos que se usan en campaña.

El primer descubrimiento

Esta historia inició en la expedición del año pasado cuando, en una lejana caminata de búsqueda, Alan y Franco encontraron un hermoso pozo de entrada de 40 metros de caída. Como era el final de la expedición, entre varios grupos iniciamos la exploración de esta cavidad desde el campamento base ¡a cuatro horas caminando!

Descendíamos un pozo y hasta abajo estaba cerrado, pero unos metros arriba había una ventana; escalábamos a ella y por ahí encontrábamos el camino. Así paso varias veces, por eso decidimos nombrarla Olbast Tlanexilotl o Sótano de las Ventanas. Ese año paramos la exploración a 285 metros de profundidad.

En esta expedición, una vez instalado el campamento, subimos cinco de nosotros hasta la boca de Olbast Tlanexilotl para llevar material colectivo y montar un campamento de avanzada; claro que el viaje no es sencillo: hay que caminar cuatro horas bajo el calor abrazador, andar 6 kilómetros de distancia por una subida donde todas las rocas se mueven y, por sí fuera poco, muchas de las plantas tienen espinas.

Pero aun así subimos a la cueva porque al fin y al cabo nadie dijo que sería fácil explorar una cavidad interesante. Para el domingo todos estábamos listos para volver a subir, pero el mal tiempo se hizo presente en la madrugada trayendo consigo copiosa lluvia y por esto nadie salió.

El lunes nos sorprendió con una mañana soleada y seis miembros del equipo subieron hasta la cueva para seguir porteando equipo; Alan y Franco entraron a Tlanexilotl para reinstalar las cuerdas que habíamos dejado el año pasado fuera de la corriente del agua. Los otros cuatro regresaron al campo base.

La mañana del martes nos dispusimos a subir Andreas y yo para continuar con la instalación de la cuerda. En el camino nos encontramos a los dos que bajaban; nos reportaron que habían reinstalado la cuerda hasta -285 y que el pozo grande nos estaba esperando. Un sentimiento de euforia y temor nos invadió: ¿a qué explorador no emociona y hace temblar
100 metros de oscuridad y vacío?

Segunda semana: el Gran Pozo

Un año de espera para ver qué había abajo y por fin había llegado el día. Andreas y yo iniciamos la bajada a la cueva; un pozo de 40 metros, una ventana y la luz del exterior disminuyó. Un pozo de 10 metros, travesía y otra ventana y la oscuridad perpetua nos envolvió. Pozo de 30, una gatera; pozo de 25, otra ventana y llegamos a los pasos estrechos. Bajamos más y más y llegamos al pozo de 50 metros, nos deslizamos por el segundo estrecho, un pozo más y llegamos al Gran Pozo.

Preparamos el equipo. Andreas se quedó arriba y me dispuse a instalar la cuerda. Bajé 40 metros colocando tres anclajes, después coloqué un doble anclaje y de ahí la cuerda caía libre unos 50 metros. Los bajé con mucho cuidado, fascinado y emocionado de ser el primer ser humano en estar ahí. Coloqué otro anclaje y bajé hasta el fondo del pozo.

Una vez abajo, le grité al compañero que la cuerda estaba libre y que ya podía bajar. En lo que llegaba, revisé los posibles caminos, vi por donde se iba el agua pero estaba cerrado, así que busqué por otro lado y encontré un pasaje estrecho, me deslicé y bajé 2 metros y tuve que parar al borde de otro pozo de 6 metros porque no tenía cuerda.

Después de un rato me di cuenta de que Andreas no había llegado y entonces regresé a la base del gran pozo y le volví a gritar; él me contestó pero por la acústica y la lejanía no le entendí, entonces me dispuse a subir. Cuando lo encontré arriba me dijo que no entendió que la cuerda estaba libre y por esto no bajó.

Gustavo Vela Turcott

Cansados y con frío decidimos regresar a la superficie. Ya en el vivac con ropa seca, cenamos y descansamos alegres de no tener que caminar 4 horas hasta el campamento base. Al día siguiente hicimos radioconexión con los del campamento base para contarles lo sucedido. Con esto, se dispusieron a subir Marta, David y Javi a continuar con la exploración. Ya en el camino nos los encontramos e intercambiamos información y cada grupo siguió a su destino.

El jueves, el grupo de arriba nos adelantó vía radio que su jornada fue dura; hicieron la topografía y, como dato preliminar, el Gran Pozo tenía 110 metros y en total mapearon unos 100 metros llegando casi hasta los 400 metros de profundidad. Así, a las ocho de la mañana salieron Alan, Lorenzo y Chibebo para continuar la exploración.

Cuando llegaron al conducto que había dejado el grupo anterior, por más que quisieron pasar no pudieron. El camino se había cerrado. Entonces regresaron revisando minuciosamente y, para suerte de todos, encontraron una ventana. Alan se deslizó por ella para comprobar que sí seguía, lo alcanzaron los otros dos, colocaron un par de cuerdas y llegaron al borde de un pozo de unos 40 metros. El primero bajó pero se le acabó la cuerda y los mosquetones a mitad del pozo; entonces dieron por terminada la exploración.

Tercera semana: la agonía

Dos días después volvimos a subir Andreas y yo al vivac para continuar con la exploración. Por la noche se me estaban cerrando los ojos, estaba cansado pero no quería perderme el espectáculo que veía. Dormíamos en el vivac a lado de Tlanexilotl, acostados al abrigo rocoso del fondo de una dolina, rodeados y cubiertos de rocas. El techo, a unos 10 metros de nosotros, asemejaba las fauces de un gran animal y los árboles ‒unos altos y otros bajitos‒ parecían los dientes.

Nosotros, dentro de él, nos sentíamos tranquilos y resguardados observando la vista bidimensional que nos ofrecía la naturaleza: en total oscuridad solo podíamos ver en primer plano las siluetas de los árboles (todos aparentemente a la misma distancia) y en segundo plano, algunas estrellas que se filtraban entre el follaje y el negro del universo.

Por la mañana, cuando llegamos al punto de exploración, a 400 metros de profundidad, me dediqué a la instalación de la cuerda por el hermoso pozo de 45 metros, mientras veía los cortes de los estratos hechos por el agua. Al terminar la instalación mi compañero de cordada me alcanzó en el fondo y ahí nos llevamos la sorpresa de que teníamos un conducto de unos 30 centímetros de ancho por donde un hilo de agua se escurría por el fondo.

Con el martillo, Andreas rompió algunos picos y se deslizó hacia adentro unos 5 metros para llegar a una restricción aún más estrecha. Los dos tratamos de meternos sin éxito. Lo bueno fue que llevábamos cincel y martillo para abrir un poco. Después de que él limpiara, trató de meterse y nuevamente no cupo, pero al intentarlo yo sí lo logré, pero volví a encontrar otra restricción.

Embriagado de emoción y sin medir las consecuencias de no poder regresar, me deslicé al otro lado. Estando ahí, para un lado vi la lejana cara de mi compañero y para el otro un pasaje virgen. Sin pensarlo me dirigí a lo desconocido. Un pasaje menos estrecho de 15 metros de largo y un par de desescaladas me llevaron al siguiente obstáculo: un pozo de 10 metros.

Gustavo Vela Turcott

La muerte

Como no llevaba el arnés ni cuerda, regresé. Intenté regresar al menos tres veces hasta que a la cuarta lo logré, no exento de pujidos y raspones. Tarde y cansados regresamos al vivac. En la mañana del domingo nos comunicamos con el campo base e informamos de lo sucedido para que se alistara el siguiente equipo.

Así subieron a la cueva Marta, Lorenzo y Javi a bajar el pozo de 10 metros; por ser un lugar tan estrecho solo Marta pudo pasar y bajar para descubrir que, lamentablemente, el Sótano de las Ventanas había terminado y lo había hecho de la manera más cruel: se fue angostando, el agua y el aire se iban por una grieta miserablemente infranqueable.

Decepcionados y cansados subieron al vivac recogiendo las cuerdas que pudieron. Con la topografía vieron que solo habían bajado 14 insignificantes metros; el desnivel total de la cueva era de 439 metros.

¡Tlanexilotl había muerto! No fue una muerte rápida ni sencilla, no terminó en un pozo y desarmamos, ¡no! Jugó con nosotros, nos emocionó, muchas veces parecía que se cerraba, y después de escarbar o escalar salía más camino por explorar y después se volvía a cerrar y le trabajábamos y volvía a ampliarse hasta que ya no… hasta que murió.

Aunque la zona tiene el potencial de que haya una cueva profunda, en esta ocasión no logramos penetrar más hondo. Al final de todo esto, me encanta la incertidumbre que genera la exploración de una cueva, el no saber si continuará o no, si será profunda o no. El Sótano de las Ventanas terminó pero regresaremos el próximo año a buscar nuevas cuevas y, con suerte, quizás una continúe, como esas que nos gustan tanto.

Gustavo Vela Turcott

Equipo técnico

  • De acampado:

Mochila, tienda de campaña, colchoneta, bolsa de dormir, lámpara frontal, navaja multiusos, encendedor, bidón de agua, celda solar.

  • De espeleología:

Cuerda, mosquetones, anclajes, arnés, descensor, ascensor, casco, lámpara, traje térmico (interno y externo), botas de hule.

  • De cocina:

Estufa, ollas, platos, cubiertos, cafetera. Alimentos enlatados y frescos, carne seca, leche deshidratada, agua, queso, galletas, frijoles en bolsa, sopas.

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El equipo

Gustavo Vela Turcott

Gustavo Vela Turcott Fotógrafo y espeleólogo Fotógrafo de aventura e incansable explorador de cuevas que a través de los años se ha dedicado a viajar y documentar las cavidades de México.

Franco Attolini

Franco Attolini Explorador Nacido en la Ciudad de México, desde hace más de una década se dedica a la exploración de cuevas inundadas, como las de la península de Yucatán.

Alan Warild

Alan Warild Explorador de cuevas Nacido en Australia, ha visitado México unas 30 veces porque le encanta su geografía tanto como su gente y las enchiladas. Es un experimentado explorador de cuevas desde hace 45 años.

Localización

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El Sótano de las Ventanas: Tlanexilotl

El Sótano de las Ventanas tiene más de 400 metros de profundidad y se ubica en la Sierra Negra, al sur de Puebla. Descubre lo que habita en la oscuridad.

30-09-2018, 12:52:09 PM

Objetivo:

Encontrar una cavidad de un kilómetro de profundidad en el Sótano de las Ventanas.

Localización:

Sierra Negra, sur del estado de Puebla.

Duración:

Dos meses de exploración bajo tierra.

Descenso al Sótano de las Ventanas

Como estrella que espera la noche para brillar, así hemos esperado durante 355 días para bajar al fondo del “gran pozo” en el Sótano de las Ventanas. En la expedición del año pasado paramos a 285 metros de profundidad, al borde de un pozo de unos 100 metros, así que ya imaginarán lo ansiosos que nos encontrábamos por seguir adelante.

Nos reunimos en el estado de Puebla trece expedicionarios, mayormente mexicanos y algunos de España y Australia, para continuar la exploración de esta cueva que habíamos encontrado el año pasado. Nos dimos cita en Tehuacán para comprar todas las provisiones para varias semanas: comida, gas, lonas y demás utensilios de campaña.

Gustavo Vela Turcott

Después de manejar por varias horas por la larga y sinuosa carretera que conduce a lo alto de las montañas llegamos a la comunidad de Ocotempa; ahí tuvimos que cambiar de vehículo y rentamos algunos muleros para que llevaran nuestro equipo de expedición, porque para bajar cuevas se necesita mucha cuerda, anclajes y demás equipo y nuestro campamento base estaría a tres horas cuesta arriba caminando.

Tras tres días ajetreados entre compras, viaje y tramitación de permisos, por fin llegó un poco la calma, así que nos dedicamos a montar el campamento base en el mismo lugar de años pasados, situado a 2300 metros sobre el nivel del mar en medio de un hermoso bosque. Construimos la cocina, el comedor, la bodega, la letrina y ‒muy importante‒ la sección de energía solar para cargar la lámpara del casco o las baterías de los taladros, el reproductor de música o el teléfono y los radios… en fin, todos los implementos que se usan en campaña.

El primer descubrimiento

Esta historia inició en la expedición del año pasado cuando, en una lejana caminata de búsqueda, Alan y Franco encontraron un hermoso pozo de entrada de 40 metros de caída. Como era el final de la expedición, entre varios grupos iniciamos la exploración de esta cavidad desde el campamento base ¡a cuatro horas caminando!

Descendíamos un pozo y hasta abajo estaba cerrado, pero unos metros arriba había una ventana; escalábamos a ella y por ahí encontrábamos el camino. Así paso varias veces, por eso decidimos nombrarla Olbast Tlanexilotl o Sótano de las Ventanas. Ese año paramos la exploración a 285 metros de profundidad.

En esta expedición, una vez instalado el campamento, subimos cinco de nosotros hasta la boca de Olbast Tlanexilotl para llevar material colectivo y montar un campamento de avanzada; claro que el viaje no es sencillo: hay que caminar cuatro horas bajo el calor abrazador, andar 6 kilómetros de distancia por una subida donde todas las rocas se mueven y, por sí fuera poco, muchas de las plantas tienen espinas.

Pero aun así subimos a la cueva porque al fin y al cabo nadie dijo que sería fácil explorar una cavidad interesante. Para el domingo todos estábamos listos para volver a subir, pero el mal tiempo se hizo presente en la madrugada trayendo consigo copiosa lluvia y por esto nadie salió.

El lunes nos sorprendió con una mañana soleada y seis miembros del equipo subieron hasta la cueva para seguir porteando equipo; Alan y Franco entraron a Tlanexilotl para reinstalar las cuerdas que habíamos dejado el año pasado fuera de la corriente del agua. Los otros cuatro regresaron al campo base.

La mañana del martes nos dispusimos a subir Andreas y yo para continuar con la instalación de la cuerda. En el camino nos encontramos a los dos que bajaban; nos reportaron que habían reinstalado la cuerda hasta -285 y que el pozo grande nos estaba esperando. Un sentimiento de euforia y temor nos invadió: ¿a qué explorador no emociona y hace temblar
100 metros de oscuridad y vacío?

Segunda semana: el Gran Pozo

Un año de espera para ver qué había abajo y por fin había llegado el día. Andreas y yo iniciamos la bajada a la cueva; un pozo de 40 metros, una ventana y la luz del exterior disminuyó. Un pozo de 10 metros, travesía y otra ventana y la oscuridad perpetua nos envolvió. Pozo de 30, una gatera; pozo de 25, otra ventana y llegamos a los pasos estrechos. Bajamos más y más y llegamos al pozo de 50 metros, nos deslizamos por el segundo estrecho, un pozo más y llegamos al Gran Pozo.

Preparamos el equipo. Andreas se quedó arriba y me dispuse a instalar la cuerda. Bajé 40 metros colocando tres anclajes, después coloqué un doble anclaje y de ahí la cuerda caía libre unos 50 metros. Los bajé con mucho cuidado, fascinado y emocionado de ser el primer ser humano en estar ahí. Coloqué otro anclaje y bajé hasta el fondo del pozo.

Una vez abajo, le grité al compañero que la cuerda estaba libre y que ya podía bajar. En lo que llegaba, revisé los posibles caminos, vi por donde se iba el agua pero estaba cerrado, así que busqué por otro lado y encontré un pasaje estrecho, me deslicé y bajé 2 metros y tuve que parar al borde de otro pozo de 6 metros porque no tenía cuerda.

Después de un rato me di cuenta de que Andreas no había llegado y entonces regresé a la base del gran pozo y le volví a gritar; él me contestó pero por la acústica y la lejanía no le entendí, entonces me dispuse a subir. Cuando lo encontré arriba me dijo que no entendió que la cuerda estaba libre y por esto no bajó.

Gustavo Vela Turcott

Cansados y con frío decidimos regresar a la superficie. Ya en el vivac con ropa seca, cenamos y descansamos alegres de no tener que caminar 4 horas hasta el campamento base. Al día siguiente hicimos radioconexión con los del campamento base para contarles lo sucedido. Con esto, se dispusieron a subir Marta, David y Javi a continuar con la exploración. Ya en el camino nos los encontramos e intercambiamos información y cada grupo siguió a su destino.

El jueves, el grupo de arriba nos adelantó vía radio que su jornada fue dura; hicieron la topografía y, como dato preliminar, el Gran Pozo tenía 110 metros y en total mapearon unos 100 metros llegando casi hasta los 400 metros de profundidad. Así, a las ocho de la mañana salieron Alan, Lorenzo y Chibebo para continuar la exploración.

Cuando llegaron al conducto que había dejado el grupo anterior, por más que quisieron pasar no pudieron. El camino se había cerrado. Entonces regresaron revisando minuciosamente y, para suerte de todos, encontraron una ventana. Alan se deslizó por ella para comprobar que sí seguía, lo alcanzaron los otros dos, colocaron un par de cuerdas y llegaron al borde de un pozo de unos 40 metros. El primero bajó pero se le acabó la cuerda y los mosquetones a mitad del pozo; entonces dieron por terminada la exploración.

Tercera semana: la agonía

Dos días después volvimos a subir Andreas y yo al vivac para continuar con la exploración. Por la noche se me estaban cerrando los ojos, estaba cansado pero no quería perderme el espectáculo que veía. Dormíamos en el vivac a lado de Tlanexilotl, acostados al abrigo rocoso del fondo de una dolina, rodeados y cubiertos de rocas. El techo, a unos 10 metros de nosotros, asemejaba las fauces de un gran animal y los árboles ‒unos altos y otros bajitos‒ parecían los dientes.

Nosotros, dentro de él, nos sentíamos tranquilos y resguardados observando la vista bidimensional que nos ofrecía la naturaleza: en total oscuridad solo podíamos ver en primer plano las siluetas de los árboles (todos aparentemente a la misma distancia) y en segundo plano, algunas estrellas que se filtraban entre el follaje y el negro del universo.

Por la mañana, cuando llegamos al punto de exploración, a 400 metros de profundidad, me dediqué a la instalación de la cuerda por el hermoso pozo de 45 metros, mientras veía los cortes de los estratos hechos por el agua. Al terminar la instalación mi compañero de cordada me alcanzó en el fondo y ahí nos llevamos la sorpresa de que teníamos un conducto de unos 30 centímetros de ancho por donde un hilo de agua se escurría por el fondo.

Con el martillo, Andreas rompió algunos picos y se deslizó hacia adentro unos 5 metros para llegar a una restricción aún más estrecha. Los dos tratamos de meternos sin éxito. Lo bueno fue que llevábamos cincel y martillo para abrir un poco. Después de que él limpiara, trató de meterse y nuevamente no cupo, pero al intentarlo yo sí lo logré, pero volví a encontrar otra restricción.

Embriagado de emoción y sin medir las consecuencias de no poder regresar, me deslicé al otro lado. Estando ahí, para un lado vi la lejana cara de mi compañero y para el otro un pasaje virgen. Sin pensarlo me dirigí a lo desconocido. Un pasaje menos estrecho de 15 metros de largo y un par de desescaladas me llevaron al siguiente obstáculo: un pozo de 10 metros.

Gustavo Vela Turcott

La muerte

Como no llevaba el arnés ni cuerda, regresé. Intenté regresar al menos tres veces hasta que a la cuarta lo logré, no exento de pujidos y raspones. Tarde y cansados regresamos al vivac. En la mañana del domingo nos comunicamos con el campo base e informamos de lo sucedido para que se alistara el siguiente equipo.

Así subieron a la cueva Marta, Lorenzo y Javi a bajar el pozo de 10 metros; por ser un lugar tan estrecho solo Marta pudo pasar y bajar para descubrir que, lamentablemente, el Sótano de las Ventanas había terminado y lo había hecho de la manera más cruel: se fue angostando, el agua y el aire se iban por una grieta miserablemente infranqueable.

Decepcionados y cansados subieron al vivac recogiendo las cuerdas que pudieron. Con la topografía vieron que solo habían bajado 14 insignificantes metros; el desnivel total de la cueva era de 439 metros.

¡Tlanexilotl había muerto! No fue una muerte rápida ni sencilla, no terminó en un pozo y desarmamos, ¡no! Jugó con nosotros, nos emocionó, muchas veces parecía que se cerraba, y después de escarbar o escalar salía más camino por explorar y después se volvía a cerrar y le trabajábamos y volvía a ampliarse hasta que ya no… hasta que murió.

Aunque la zona tiene el potencial de que haya una cueva profunda, en esta ocasión no logramos penetrar más hondo. Al final de todo esto, me encanta la incertidumbre que genera la exploración de una cueva, el no saber si continuará o no, si será profunda o no. El Sótano de las Ventanas terminó pero regresaremos el próximo año a buscar nuevas cuevas y, con suerte, quizás una continúe, como esas que nos gustan tanto.

Gustavo Vela Turcott

Equipo técnico

  • De acampado:

Mochila, tienda de campaña, colchoneta, bolsa de dormir, lámpara frontal, navaja multiusos, encendedor, bidón de agua, celda solar.

  • De espeleología:

Cuerda, mosquetones, anclajes, arnés, descensor, ascensor, casco, lámpara, traje térmico (interno y externo), botas de hule.

  • De cocina:

Estufa, ollas, platos, cubiertos, cafetera. Alimentos enlatados y frescos, carne seca, leche deshidratada, agua, queso, galletas, frijoles en bolsa, sopas.

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