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Felícitas Sánchez Aguillón, “la ogresa de la colonia Roma”

Felícitas Sánchez Aguillón

La colonia Roma, una de las más populares de la CDMX, fue escenario de una auténtica película de terror. Esta es la historia de Felícitas Sánchez Aguillón.

México es un país lleno leyendas, algunas de las cuales son realmente tenebrosas y ponen los pelos de punta. Sin embargo, muchas veces la realidad supera a la ficción, lo que es aún más escalofriante. Este es el caso de la historia de Felícitas Sánchez Aguillón, la también conocida como “la ogresa de la colonia Roma”.

Felícitas nació en la última década del siglo XIX en el poblado de Cerro Azul, Veracruz. Se sabe que tuvo una relación compleja con su madre, por lo que desarrolló aversión por todo lo relacionado con la maternidad. Del mismo modo que muchos psicópatas, desde niña expresó crueldad y poca empatía por el sufrimiento de otros seres, llegando a torturar animales.

En su juventud, Felícitas se formó como enfermera. Al terminar sus estudios utilizó sus conocimientos para ejercer como partera. También contrajo matrimonio con Carlos Conde, un hombre enclenque física y psicológicamente, lo que contrastaba con su carácter dominante y grosero, así como con su cuerpo grande.

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Carlos y Felícitas tuvieron un par de gemelas, sin embargo, para evitar una vida de mayor austeridad, la pareja decidió vender a sus propias hijas. Poco después la pareja pasó por una crisis marital, pues Carlos se arrepintió de vender a sus hijas. Felícitas no cedió a revelar el destino de las niñas, por lo que la pareja se separó.

Felícitas Sánchez Aguillón, de traficante de infantes a ogresa

Tras el divorcio, Felícitas migró a la Ciudad de México, aproximadamente en el año de 1910. Decidió alquilar un departamento en el número 9 de la calle de Salamanca de la colonia Roma. Con permiso de su casera, Felícitas montó un consultorio para atender partos.

El sorprendente origen circense de la colonia Roma de la Ciudad de México -  México Desconocido
La colonia Roma, uno de los barrios más populares en la actualidad, fue el escenario de esta grotesca historia.

Poco a poco, Felícitas empezó a tener clientas de la clase media y alta, lo que resultaba extraño, pues dichas mujeres podían pagar un médico. Sin embargo, otros eventos extraños comenzarían a ocurrir, como la obstrucción constante de las cañerías y la emisión de humo negro con olor desagradable. La razón: Felícitas realizaba abortos clandestinos sin importar la edad gestacional o si el producto ya estaba naciendo.

Inicialmente, la ogresa vendía a los recién nacidos que sobrevivían, lo que le permitió ganar mucho dinero. Incluso llegó a ser arrestada por tráfico de infantes, pero salió libre tras pagar una multa. Sin embargo, poco después su crueldad rebasó todo límite, y comenzó a asesinar a los infantes.

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Cabe destacar que Sánchez Aguillón no operaba sola, pues contaba con dos cómplices: el plomero encargado de destapar las cañerías y su amante, Roberto Covarrubias. Gracias a ello, se sabe que Felícitas no sólo asesinaba a los infantes por una cuestión pragmática, sino que realmente disfrutaba el hecho de matar. De acuerdo con los testimonios de los cómplices, la mujer torturaba a los infantes de las formas más espeluznantes, para finalmente producirles la muerte por envenenamiento o asfixia. Posteriormente, descuartizaba a los pequeños y tiraba los restos por el retrete o los incineraba.

En las entrañas de la colonia Roma

Fue justo su modus operandi lo que la delató, pues el 8 de abril de 1941 un vecino del edificio de Salamanca llamó al plomero para destapar la cañería. En aquella ocasión, la obstrucción de los tubos era severa, por lo que el plomero tuvo que romper el piso. Los hallazgos fueron grotescos, pues salió a luz un tapón hecho por gasas, extremidades y un pequeño cráneo humano.

Inmediatamente la policía y la prensa arribaron al lugar. Había una única sospechosa: Felícitas Sánchez Aguillón. Con el permiso de la casera, los policías ingresaron al departamento de la ogresa, encontrándose con un altar compuesto por velas, ropa infantil y fotos de bebés. Para entonces Felícitas y su amante ya se habían dado a la fuga.

El 11 de abril de 1941 la pareja fue detenida tratando de escapar de la Ciudad de México, llevaban consigo a la tercera hija de Felícitas, quien tenía tan sólo dos años de edad. Ese mismo día también fue detenido el plomero complice, quien relataría las atrocidades cometidas por la mujer.

El final de Felícitas Sánchez Aguillón “la ogresa de la colonia Roma”

Una vez privada de su libertad, Felícitas tuvo una crisis mental, comportándose como una niña berrinchuda y expresando pocas palabras. Incluso se tiraba al piso y tenía que ser arrastrada para ser trasladada. Para sorpresa de muchos, el arresto duraría tan sólo tres meses, pues el abogado de la asesina serial amenazó con revelar la lista de clientes de la ogresa, lo que implicaba a mandos policiacos.

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Con un fuerte tufo de corrupción, Felícitas fue procesada por delitos menores como inhumación y aborto. Asimismo, se desaparecieron las pruebas más contundentes: el cráneo y restos humanos encontrados en la cañería del edificio de Salamanca. Bajo amenazas y sobornos, el juez terminó por fijar una fianza a Felícitas y su pareja, quienes salieron libres en junio de 1941.

Sin embargo, el colapso mental de la llamada “la ogresa de la colonia Roma” no mejoró tras su salida de prisión. Por lo que el 16 de junio de 1941 Felícitas Sánchez Aguillón se quitó la vida con una sobredosis de nembutal. Su hija fue recuperada por el gobierno, creció en un orfanato y llevó una vida normal.

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autor Filósofo por formación. Contempla el alma e imaginación de México.
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