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Fiesta en un pueblo del rincón (Oaxaca)

Talea de Castro, pueblo de hablar y vivir zapotecos, se desparrama sobre una ladera de la pendiente oriental de los grandes y altos cerros de la sierra norte de Oaxaca, la Sierra Juárez.

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La niebla llega hasta esasalturas, donde vuela el viento y silba el silencio. Neblina y hombres, bruma y mujeres, viento y niños volando papalotes cuando el tiempo y el frío se lo permiten. Bajando de lo más alto de la sierra se entra de lleno al pueblo. A la entrada, las banderas de papel, las señales inconfundibles de fiesta (de fiestas interminables…).

POSADAS

Muy temprano, la gente tiende el café sobre petates, en cualquier rincón adonde llega el sol, y están pendientes de las nubes cargadas de agua para levantarlo lo más de prisa que se pueda. Es la época del corte de café. Al atardecer, a la entrada del pueblo se escuchan los cantos infantiles dentro de una capilla, rezando bajo la custodia de una mujer. Cuando acaban el rezo, los niños se abalanzan por las enredadas calles del pueblo (encementadas, enlajadas, empedradas o de pura tierra rojiza) hasta llegar a donde recibirán esa noche a los peregrinos. Son niños peregrinos que se confunden entre las nubes que rodean cada casa, cada persona, que juegan a ser ángeles metidosen un pedazo de nube.

También los adultos hacen su procesión. Más solemne, más seria, más tardía y más escandalosa. Se reúnen alrededor de una mesa. Manos morenas les sirven tazas humeantes de champurrado, memelas de frijol y panes recortados en tiras. Deben tener fuerzas para cargar a San José de casa en casa pidiendo posada. Y aunque saben en qué casa serán recibidos, se detienen en cada una a pedir posada, a recibir “propinas” para San José… aunque los niños se escurran de sueño entre las nubes de copal y los rezos de las cantadoras.

Y así, noche tras noche. Después de las posadas, el novenario, el año nuevo los Reyes… y una pausa en la que todos se preparan para la fiesta principal del año: el tercer domingo del mes de enero, cuando han de celebrar la fiesta del Dulcísimo Nombre de Jesús.

PRELUDIO

Enero. Conforme se acerca la fiesta, las empinadas calles del pueblo se van llenando de la gente que ha emigrado: familiares que viven ahora en una ciudad, amigos que llegan de visita, uno que otro curioso que ha llegado por invitación o por casualidad. Pero antes que los hijos pródigos de Talea, llegan los comerciantes y montan grandes lonas a un lado de la plaza. Ahí vivirán hasta pasada la fiesta los infatigables merolicos que venden plásticos de todos colores, y se instalarán los juegos donde todo mundo pone dinero y casi nunca saca ganancias.

A un lado, indios venido de los pueblos vecinos con ocote, tejidos, huaraches, copal, ollas de barro, todo cargado a la espalda con el fuerte mecapal en la frente, durante muchos kilómetros. Van vestidos con trajes hechos por ellos mismos, sin atenerse al mundo exterior más que por lo elemental.

La fiesta comienza el viernes por la mañana con la matanza de los guajolotes y los toros que han de servir de comida a todo el pueblo. Comienzo sangriento para la Fiesta del “Dulcísimo Nombre de Jesús”. Nadie sabe el porqué del nombre de la fiesta. Quizá se deba a que Talea no es un pueblo de gran historia, sino que fue formado con partes de diferentes pueblos. Y con todo, se convirtió en un centro económico importante, al grado de que cuenta con la única preparatoria de la zona.

CALENDA

Por la tarde del viernes echa a andar la calenda de los niños, con ellos por delante portando máscaras, disfraces o simplemente ropas rasgadas para “pasar inadvertidos”, aunque todos saben de quién se trata. El pueblo entero camina por las calles y llegan hasta La Loma que sirve a veces como aeropuerto, y, más comúnmente, como capo de futbol.

En la noche es cuando comienzan los adultos su calenda. Al frente, en medio y detrás, dividiendo a la multitud, van las bandas con la invitación musical en cada nota; recorren las calles seguidas del pueblo para invitar a aquellos que se guardan en sus casas, por si acaso no se han enterado.

La gente camina con los focos en las manos y de tanto en tanto se detienen para bailar. Uno puede ir de grupo en grupo y lo único que se ve es gente bailando y riendo. Parejas de hombres y mujeres que bailan, desparramados por todo el pueblo.

Aunque el baile parece muy sencillo, a la hora de intentarlo los pasos resultan difíciles: se toman de las manos y hacen un giro a un lado y luego al otro con un movimiento especial en los pies. A veces las calles se angostan y se vuelven literalmente calles pedregosas, resbalosas de guijarros nocturnos.

Los cohetes estallan delante de la masa de hombres que recorren el pueblo: más que invitación a los hombres, es un estruendoso llamado a los cerros llenos de neblina, a los vientos y a las nubes para que se enteren de que el hombre serrano también tiene su lugar de importancia.

Dos grandes muñecos de madera (las “marmotas”) han sido vestidos como hombre y como mujer y brincan por los caminos en su baile. Los hombres que los mueven se meten bajo las ropas, se ponen el soporte en los hombros, agarran lo mejor que pueden los asideros internos y procuran hasta lo imposible darles vida. La multitud les agarra las manos, les jala las faldas y baila alrededor de ellos como diminutas parejas al lado de los 5 m de altura de cada marmota.

Nadie soporta dentro más de 20 minutos y todos salen chorreando sudor. Hasta muy entrada la noche, la calenda vay viene y se detiene en los pasos amplios para que todos puedan bailar.

VÍSPERA

El sábado es la víspera. Para entonces los visitantes han llenado la mayoría de las casas cercanas al centro del bullicio pidiendo posada. Aquellos que no tienen familiares en el pueblo y que vienen a vender sus mercancías o a comprar las que necesitan, se alojan gratuitamente en las orillas del pueblo, donde a cambio de una petición les es concedido un espacio para dormir y a veces comida.

La víspera es el día de la procesión hasta La Loma de aquellos que representan al Dulce Nombre, es el día en que empieza el torneo de basquetbol, y en que los danzantes se reúnen en una casa determinada y bajan todos juntos hasta el atrio de la iglesia, ceremoniosos y elegantemente vestidos. Ahí apisonarán la tierra con sus brincos, sus giros, su continuo entremezclarse con sus choques de espadas de madera, con sus cintas de colores y sus espejos colgados de cada traje. Es el día en que ellos comienzan a sudar oficialmente: han ensayado ya desde varias semanas antes. De vez en vez, se detienen, se acercan a la sombra y beben un refresco con la cara chorreante de sudor.

Dentro, las mujeres rezan acompañadas por una banda.

La gente acude a ver, a saciar su vista, su oído y sus anhelos con lo que pueda encontrar en el centro de la plaza de este pueblo desparramado en la ladera de la montaña: mercancías coloridas, bailables que han traído otras personas de otros lugares, música de bandas serranas de prestigio. Aunque por la mañana casi todos van al corte de café, por la tarde procuran estar libres para aprovechar la oportunidad de salir de la monotonía del trabajo cotidiano.

JUEGOS

Frente a la iglesia, algunos hombres se dedican a colocar un gran madero ensebado. Aunque algunas veces –pocas– lo han puesto horizontal para que los muchachos más pequeños puedan participar, el preferido es el vertical. Es el reto. Arriba, los premios: ropa, regalos y dinero en efectivo. Es el momento más esperado. Algunos se han puesto de acuerdo para trabajar en equipo y recoger el premio. Los intentos se suceden uno tras otro y el sebo se va embarrando en la ropa de los participantes sin que ninguno haya tenido éxito. Los cuellos se cansan de ver a lo alto, de esperar.

El ganador, no importa el medio que haya usado para llegar, bajará los premios, pero antes de descender debe encender el castillo que hay en la cúspide. Un cerillo, una nube de humo y 10 segundos de límite para llegar al suelo antes de que explote.

Los niños, en lo alto de la loma, se pasan el día participando en juegos organizados para ellos. Para diversión del pueblo, está el torneo de basquetbol, los bailables, las serenatas. Aquellos que jugarán llegan del Distrito Federal y de Puebla. El único problema de que estos equipos ganen es que se tienen que llevar los premios a su tierra: un gran buey, un caballo o una mula.

LA NOCHE DEL DOMINGO

Por la noche del domingo la gente se mezcla con los orgullosos triunfadores del palo ensebado, los deportistas que ganaron el primer lugar en el basquetbol, aquellos que participaron en los bailables, los niños bautizados en los brazos de sus madres. Todos, recién bañados.

Cansados junto a la iglesia, los danzantes todavía brincan sobre el suelo y golpean sus espaldas. Todos, en fin, esperan el verdadero espectáculo sentados en las orillas de la cancha, en las bancas del parque o platicando en cualquier lado.

A las once de la noche, después de la misa, comienza eso que tanto esperan. Desde principios del día, durante un tiempo que ha parecido interminable, varios hombres se han empeñado en armar y levantar una torre de maderos endebles. Ahora está lista y se aprecian algunas figuras en el armazón y los hilos que cuelgan por todos lados. Y de repente, alguien prende un cigarro y con él una mecha larga. El fuego sube lento hasta llegar a un artificio que se enciende y da vueltas. Los castillos así construidos han costado mucho trabajo y los creadores sólo esperan que funcionen como lo han planeado.

El castillo en sí dura de 15 a 20 minutos. Cada artificio es nuevo y el último (una rosa que abre y cierra sus pétalos de fuego) produce una exclamación de asombro. La cara del maestro esboza una amplia sonrisa.

Al acabar, siguen los “toritos”. Doce fuegos que los hombres se colocan a los hombros y con ellos corretean a la multitud, que se esconde de los efectos del fuego.

Y en lo alto, los cohetes estallan entre las nubes cargadas de agua.

FINAL

La fiesta, así contada, no parece muy atractiva; pero hace falta estar ahí, rodeado de palabras zapotecas, de panes de huevo, de tamales recién hechos y tazas repletas de champurrado: bailar en la penumbra del camino entre una multitud más que humana; escuchar y sentir remedios caseros muy efectivos: oír las pláticas de losbidó(niños): “¿Para qué quieres esta navaja?” “Por si me sale un animal en el monte” “¿Y qué le haces?” “Ai se la aviento”. “¿Y si no le das?” “Ai corro”.

Entonces se descubre uno en medio de un ciclón de viejas tradiciones que llegan constantemente desde todos los puntos del pueblo, de todas las personas. Y entonces se descubre que ningún lugar antes ha dejado esa impresión de estar dejando el hogar. Ésa es la magia de un pueblo zapoteco.

SI USTED VA A VILLA SAN MIGUEL TALEA DE CASTRO

San Miguel Talea está situado en la Sierra de Juárez, en la zona que se conoce como “Los Pueblos del Rincón”. Es una zona de tierras cafetaleras fértiles y zapotecos indomables que se han abierto camino por ellos mismos. Talea proviene del vocablo zapotecoItac-Lea, que queire decir “pendiente del patio”. (Cabe decir que todos los pueblos de la sierra están, de alguna manera, colgados de los cerros). Es cabecera del municipio del mismo nombre, pertenenciente al distrito de Villa alta.

Talea es un pueblo zapoteco relativamente nuevo, pues fue creado como centro comercial a principios de este siglo o finales del pasado. Ésta es, quizá, la razón por la cual la fiesta del pueblo zapoteca (entre ellos el idioma, pues los niños rara vez lo hablan), sigue siendo la puerta de acceso a muchos de los pueblos de esa zona.

Para llegar es necesario tomar la carretera 175 (Oaxaca a Tuxtepec) y en la población de Ixtlán de Juárez se toma la desviación que sube a la sierra. Aquí hay una gasolinería. Desde aquí, todo es subida y en el paraje conocido como Maravillas comienza el descenso por un camino de terracería muy empinado. Es recomendable manejar con extrema precaución en esta zona. A cierta distancia se encuentra una capilla que tiene una virgen. A partir de este punto se puede ver el poblado de Talea y sólo hayq ue seguir el camino principaldejar el que va a la izquierda. Se puede conseguir hospedaje en el centro mismo del pueblo, donde hay un par de hoteles.

Fuente: México desconocido No. 228 / febrero 1996

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