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Fin de semana en Cuatrociénegas, Coahuila

Disfruta de este increíble paraíso, catalogado por la ciencia como “único en el mundo”, y sumérgete en sus transparentes aguas que emanan prodigiosamente de la tierra.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


VIERNES

Desde Torreón, en el estado de Coahuila, conducimos 154 kilómetros por la carretera 30 hasta el valle de Cuatrociénagas. La histórica ciudad de Cuatrociénegas de Carranza, lugar de nacimiento de don Venustiano Carranza, resulta una excelente base para los viajeros, provista de buenos hoteles y restaurantes donde se puede disfrutar de la sabrosa cocina norteña.

Nos alojamos en el Hotel Plaza, un bonito edificio colonial con las habitaciones alrededor de un patio central. Como ya era tarde, nos dedicamos a dar un paseo urbano antes de cenar. El hallazgo del día fue, detrás de una puerta de madera antigua, la maravillosa cantina La Oficina, cuya decoración peculiar y ambiente permanecen intactos desde principios del siglo. En sus muros encontramos fotografías y objetos que cuentan algo de la vida en el antiguo norte mexicano.

SÁBADO

Después de desayunar en el restaurante La Casona, fuimos en auto hasta el área protegida, a unos pocos kilómetros del pueblo. El suelo calizo del desierto nos deslumbró con su blanco mineral, y a 360 grados, las cordilleras majestuosas de la Sierra Madre parecían a la vez lejanas y al alcance de la mano. Allí, en el Centro de Información, nos encontramos con Arturo Contreras, biólogo a cargo de la reserva, quien fue nuestro guía.

Caminamos unos metros y, disimulada tras una cortina de juncos, encontramos la primera maravilla de la región, la extraordinaria Poza Azul. Sin duda la más bella, y la que alberga mayor riqueza de flora y fauna endémica. Completamente cristalina y con una profundidad de 5 metros en su punto más hondo, se abre al cielo como un ojo de iris turquesa y pupila azul zafiro. Un mineral color azul en el agua produce esta gama de tonos caribeños. El agua entra por una cueva subacuática y sale por otra, permanentemente renovada, como parte de esta misteriosa red de torrentes subterráneos que fluyen interconectados y alimentan cada poza.

Nuestro guía nos condujo hasta donde aparentemente no hay otra cosa que más arbustos. Pero al acercarnos, a nivel del suelo apareció otra poza de aguas cristalinas y color verde esmeralda. Es El Mojarral, llamada así por la abundancia de mojarras endémicas. Verdaderamente parece un acuario natural. Los lirios acuáticos en el agua tan transparente parecen flotar en el espacio.

Arturo nos contó que en 1958 el doctor Minckley, científico estadounidense, descubrió que muchas especies vegetales y animales en Cuatrociénegas eran especies únicas en su tipo y nuevas para la ciencia, y lo definió como un “oasis en el desierto”. “Mink” y Salvador Contreras, científico mexicano, intentaron promover medidas para la protección de Cuatrociénegas, que recién en 1994 fue declarada Área de Protección de Flora y Fauna por el gobierno mexicano.

Por la tarde, decidimos que el calor ameritaba un baño en alguna de las pozas cristalinas en las que está permitido nadar. Se cree que en las 184,000 hectáreas de la reserva existen más de 400 pozas, con diferentes tamaños, profundidades, composición mineral del agua, temperaturas; por lo tanto cada una posee formas de vida únicas. Arturo nos contó que en el pasado la gente nadaba en todas las pozas, lavaba allí su ropa, pescaba, hasta que se descubrió que estas costumbres dañaban estos ecosistemas tan frágiles. Desde entonces la natación sólo está permitida en algunas destinadas como balnearios: La Becerra, El Churince, La Ilusión, El Anteojo y Río los Mezquites. Elegimos La Becerra por ser la más grande. Sus aguas son semi termales, por lo que la temperatura es ¡como agua de tina! Cuando nos sumergimos, nos impresionó su transparencia total. La visibilidad es tan buena como de 20 metros bajo el sol del mediodía, y el panorama es bellísimo por donde se mire; en verdad parecía que estuviéramos dentro de un enorme acuario de cristal, con peces blancos, negros y amarillos que parecían nadar suspendidos en el aire.

DOMINGO

Este día lo dedicamos a una excursión más larga. Nos internamos en lo profundo del valle.

Para llegar a Las Playitas manejamos 14 kilómetros sobre un blanquísimo camino de yeso, donde la luz deslumbrante fue un personaje más.

Atravesamos un ambiente mágico cubierto de cactus florecidos, surcado por arroyos donde van a beber familias de caballos salvajes y extravagantes libélulas metalizadas de color azul o rojo.

Finalmente llegamos a un paraje increíble, ante nosotros se extendió la poza Las Playitas, que es más bien una laguna de 6 hectáreas de agua cristalina color verde, un pequeño mar con playas de arena blanca hecha de cristales de yeso. Cuando el viento sopla hay olas también. Como aquí no llega mucha gente, es ideal para quienes buscan la soledad.

Por la tarde visitamos otro lugar mágico: las Dunas de Yeso. Nos acompañó el profesor Tani Campos, conocedor y amante de la naturaleza de su tierra.

Después de andar unos kilómetros por la terracería, el suelo se fue volviendo cada vez más arenoso, de una arena fina y cristalina, blanquísima, casi diríamos que es nieve o sal. En efecto, Tani nos explicó que son cristales de sulfato de calcio, es decir, yeso en su estado puro. La explicación es que millones de años atrás, Coahuila formaba parte del Mar de Tetis. Al retirarse el mar, quedaron lagunas cuyas aguas se fueron evaporando con el correr de los milenios; pero el yeso, la sal más pesada, permaneció, depositándose y formando las extrañas dunas.

Caminamos por este paisaje increíble, como extraído de la imaginación extravagante de algún pintor simbolista. Dunas, hondonadas, senderos, todo restalla en un blanco luminoso. Pequeños animales —conejos, lagartijas, ratones— corrieron en silencio dejando límpidas huellitas que el viento borró pronto. Ellos son igualmente blanquísimos, formas de vida endémicas, adaptadas para sobrevivir en este universo de luz.

Ya era tarde y teníamos que regresar. En un momento nos detuvimos en un paraje que tiene un no se qué de extraño indescriptible. Bajamos del coche. La luz de la puesta del sol se refleja en los arroyitos de agua que aquí y allá cruzan la tierra blanca. “Algunas veces aquí se ven luces anaranjadas que cruzan el cielo”, nos contó nuestro guía, “por eso este lugar se llama Llano de las Brujas”. Sólo se oía el sonido del viento, y, de repente, apareció un coyote que trotó hasta perderse entre los arbustos, así nos despedimos también, perdiéndonos en el camino de luz, tratando de no olvidar cada imagen de este lugar único en el mundo.

EN PELIGRO

Cuatrociénegas está en peligro desaparecer debido a la sobreexplotación de los sistemas hídricos en los valles adyacentes, a manos de las industrias. El uso indiscriminado del agua está causando que la red de filtraciones y ríos subterráneos que lo alimentan se están secando. Grupos ambientalistas están demandando que se tomen las medidas para evitar la pérdida irreparable de este patrimonio natural.

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