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Flores en el desierto

Durante el verano de 1998, en las regiones semidesérticas del norte de México pudo apreciarse un evento extraordinario de floración debido a la presencia del fenómeno climatológico conocido como “El Niño”.

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Desde épocas ancestrales el desierto ha sido un ecosistema cautivador; los millones de personas que lo visitan regresan con otra visión de la vida en la tierra. Y es que el desierto es fascinante, con un espíritu propio que no puede explicarse con palabras simples. 

El desierto ha permanecido intacto a lo largo del tiempo, como un último bastión de la naturaleza que insiste en maravillarnos con sus exóticas formas e intrincadas ecologías, compuesta por formas de vida inimaginables que a la menor provocación nos ofrecen todo su colorido y magnificencia.  Las regiones áridas, llamadas comúnmente desiertos, han sido una fuente inagotable de inspiración para los artes, sobre todo la pintura y la escultura, sin descartar la fotografía, que con gran acierto han logrado transmitir al público una parte de los secretos de estas zonas; pero…

¿qué es exactamente un desierto?  La palabra nos remite a un lugar carente de vida, estéril, donde las condiciones ambientales son tan adversas que no puede sobrevivir nada; pero un lugar así no existe en nuestro país, ya que nuestro territorio es un lugar lleno de vía (México es considerado el cuarto lugar mundial en biodiversidad); por ello, el término desierto aplicado a los ecosistemas áridos es muy impreciso, y aun incorrecto, ya que habitualmente lo usamos para referirnos a zonas con escasa precipitación pluvial, pero no por ello carente de vida, por lo que sería mejor llamarlos matorrales, chaparrales, matorral xerófilo o matorral desértico. 

Nuestro país es especialmente rico en ecosistemas áridos, y no sólo porque éstos ocupan cerca del 40% del territorio nacional, sino porque existe una gran cantidad de variantes según la región y los microclimas particulares; tales ecosistemas abarcan la mayor parte de la península de Baja California, las planicies costeras y las montañas bajas de Sonora; son característicos del altiplano mexicano, partiendo desde Chihuahua y Coahuila hasta Jalisco, Guanajuato, Hidalgo, Querétaro y el Estado de México, prolongándose en forma de una faja estrecha, a través de Puebla, hasta Oaxaca; además forman parte de la llanura que va desde el este de Coahuila hasta el centro de Tamaulipas, penetrando en algunos parajes de la Sierra Madre Oriental. 

Resulta sorprendente como los seres vivos de estas zonas han logrado solucionar la escasez de agua, ya que en estas regiones llueve menos de 700 mm/año, inclusive en algunas partes pueden pasar años sin que ocurra un aguacero significativo (como referencia, en la ciudad de México llueven cerca de 750 mm/año, y en una selva tropical caen por lo menos 2 000 mm/año). Sin embargo, no sólo la carencia de humedad moldea al matorral, sino también el clima, que suele ser extremoso, con grandes cambios de temperatura, siendo las noches frías y los días muy calurosos.   

En estas condiciones, las plantas y los animales han desarrollado ingeniosas adaptaciones a lo largo de millones de años, algunas muy visibles, como hojas pequeñas para evitar la evaporación, tallos gruesos como reservorio del codiciado líquido, y espinas a modo de defensa contra los animales sedientos. La fauna de estas zonas también ha desplegado corazas de protección, ingeniosos sistemas de almacenamiento de humedad y una alimentación que aprovecha al máximo el agua disponible; pero sobre todo ha desarrollado una forma de vida y un metabolismo que le permite sobrevivir y reproducirse aun en los años más difíciles. 

Algunos de estos sistemas de adaptación a la vida en las zonas áridas son los mecanismos de floración y reproducción en las plantas, las cuales poseen una sensibilidad extraordinaria para distinguir una ligera llovizna de una lluvia importante; y es que la reproducción constituye un asunto muy delicado, ya que se dispone de muy poco tiempo para crecer, florecer y preparar las semillas antes de que la escasa humedad se pierda ante el inclemente sol; además, las flores y los frutos requieren de una gran inversión en energía y agua para formarse y madurar, que no se pueden desperdiciar en un intento fallido; por ello la floración en las zonas áridas es un fenómeno especial, y por cierto, de cautivadora belleza. 

Las flores son un gran despliegue publicitario, rico en colores, formas y aromas que con gran esfuerzo elaboran las plantas para lograr su reproducción, y la clave para entender todo este esfuerzo es la polinización. Dicho fenómeno es el paso de polen a la porción femenina de flor para fecundarla (el polen fecunda a los óvulos contenidos en el engrosamiento basal de las flores, el ovario, que después formará el fruto). Esta travesía del polen se realiza con la ayuda de agentes que lo transportan de flor en flor, y que pueden ser el viento, la lluvia o algún animal, como abejas, avispas, mariposas, polillas, escarabajos, colibríes y los murciélagos.

En este proceso el beneficio es mutuo, ya que la planta logra su reproducción y los animales suelen recibir recompensas por su eficiente trabajo, como un delicioso y nutritivo néctar, polen para comer, perfumes embriagadores… o un gran engaño, ya que algunas especies de plantas ofrecen recompensas que en realidad no existen.  Gracias a una lluvia repentina y abundante, a una onda cálida y húmedo o a algún otro factor momentáneo y marcado, las floraciones en el desierto se desarrollan de la noche a la mañana; así, millones de flores despliegan su fantástico colorido y sus múltiples formas en pos de un polinizador que realice el delicado transporte.

Ante tal abundancia es vital que existan polinizadores suficientes para todos, y habitualmente los hay, gracias a que la floración y la aparición de insectos vas a la par. Si uno se fija bien, tal cantidad de flores debería provocar una feroz competencia entre las especies para atraer a los polinizadores; para evitarlo, las flores son diferentes entre sí, las hay blancas, rojas, amarillas, pequeñas, grandes, perfumadas, colgantes, etcétera, y es que cada especie de planta ha logrado desarrollar a lo largo de millones de años el atractivo necesario para una especie particular de polinizador, distinguiéndose paulatinamente para que el animal sepa dónde está su flor, llegando al extremo de que en algunos casos sólo hay una especie de polinizador por tipo de flor, lo cual es benéfico porque asegura el transporte y la fecundación, pero también es riesgoso, pus si el polinizador se extingue la supervivencia de la especie de planta pasará graves peligros.  Analizando la forma y el color de las flores se puede tener una buena idea del tipo de polinizador que la visita; por ejemplo, el color rojo suele ser mayor atractivo para las mariposas, las flores de polinización por colibríes son tubulares y anaranjadas, y las moscas prefieren las flores café de mal olor.   

La floración en el desierto es un fenómeno de gran belleza, inspirador de obras de arte y de los mejores sentimientos de que es capaz el hombre, pero también es una etapa de febril actividad tanto para las plantas como para los animales, en breve momento de efervescencia vital es uno de los ecosistemas más frágiles y hermosos del mundo sobre el cual la mano del hombre no ha sido tan devastadora como en otros.  Los ecosistemas de las zonas áridas no presentan grandes atractivos económicos, pero no dejan de ser una fuente de materiales tal valiosos como la cera de candelilla, la gran variedad de cactáceas y otras plantas usadas como ornato, y otros recursos, como la minería.  El principal factor de alteración de los ecosistemas áridos es el pastoreo que en ellos se da, principalmente de cabras y ovejas, y la sobreexplotación de las especies, que son extraídas sin ninguna regulación ya sea por traficantes profesionales o por paseantes inconscientes; de cualquier manera, los matorrales forman una parte muy importante de nuestro país, tanto por la superficie que ocupan como por su función biológica y económica, por lo que merecen respeto y justifican todos los esfuerzos que se hagan a favor de su conservación.   

Fuente  México desconocido No. 268 / junio 1999

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