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Fotografiando la montaña más alta de México

Como fotógrafo de naturaleza es importante captar la esencia de cada objetivo que nos planteamos; esta vez me era imprescindible fotografiar esta mítica cima con nieve, una situación que lamentablemente cada vez es más difícil verla, debido al cambio climático. En la actualidad el invierno no garantiza que disfrutemos de nuestras montañas pintadas de blanco; […]

14-05-2019, 1:24:50 PM
Fotografiando la montaña más alta de México

Miguel Ángel Sicilia

Como fotógrafo de naturaleza es importante captar la esencia de cada objetivo que nos planteamos; esta vez me era imprescindible fotografiar esta mítica cima con nieve, una situación que lamentablemente cada vez es más difícil verla, debido al cambio climático.

En la actualidad el invierno no garantiza que disfrutemos de nuestras montañas pintadas de blanco; son acontecimientos fugaces que duran pocos días, causados por algún frente frío o tormenta tropical que trae consigo humedad que, combinado con las bajas temperaturas de la noche, nos dan esas bellas postales al amanecer.

Después de un invierno muy cálido, meses de espera e irónicamente en plena primavera, se dieron las condiciones y el tiempo, por lo que me propuse a conquistarla.

Para ello me puse en contacto con Aarón Covarrubias, un experimentado guía de alta montaña, con amplio conocimiento de los volcanes de México. Una vez recibidas sus instrucciones y recomendaciones, nos quedamos de ver en Ciudad Serdán, en Puebla.

La leyenda viviente


La bienvenida a Ciudad Serdán no pudo ser mejor: nos recibió Hilario “Layo” Aguilar, reconocido por ser un experimentado alpinista con más de 500 ascensos al Citlaltépetl, rescatista alpino, líder de la expedición para recuperar los cuerpos momificados descubiertos en 2015 y famoso
por ser el cuidador de los últimos años de “Citla, el guardián de la montaña”, el amado perro que acompañaba a los montañistas en sus expediciones
hasta la cumbre.

Mientras Layo nos trasladaba en su 4×4 a través del bosque, nos contaba sus increíbles experiencias y sin darnos cuenta llegamos al refugio Piedra
Grande, al pie de la cara norte del volcán, a una altitud de 4,240 msnm.

La motivación
Llegando al refugio, Aarón -el líder de nuestra expedición- y los demás compañeros hicimos la caminata de aclimatación, recordamos las reglas de seguridad y el uso del equipo. Nos acompañaba Edgar, originario de Jalisco,
con una motivación muy interesante, ya que venía a cumplir una promesa: visitar los restos de la avioneta accidentada en 1999 cerca de la cumbre, en
dicho accidente perdió la vida el padre de su esposa.

Después de cenar, platicar, preparar el equipo y los suministros nos fuimos a
descansar para comenzar el ascenso a la medianoche.

El ascenso
Fue una noche despejada, tranquila pero muy fría; el diálogo interno estaba presente, caminos serpenteantes entre rocas sueltas y nieve, acompañados por la luna llena y guiados por su luz, manteníamos un paso lento pero seguro, con paradas esporádicas para descansar y alimentarnos, donde las gomitas y chocolates duros como las piedras, los cacahuates, barritas energéticas y
bebidas congeladas eran el menú, la noche era un deleite.

Después de 6 horas de caminata, llegamos a la base del glaciar de Jamapa, aparentemente habíamos superado lo más difícil, veía confiado rastros recientes de montañistas sobre una alfombra blanca y a lo lejos una roca desnuda que se vislumbraba como la cumbre.

Después de un breve descanso y una selfie, nos colocamos los crampones y
comenzamos a adentrarnos en el glaciar.

Tras una hora caminando, habíamos avanzado 100 metros y solo era
el comienzo, pero motivado porque el
cielo se tornaba azul claro y a lo lejos
una línea de fuego pintaba el horizonte y como cereza sobre el pastel, la luna llena. Solicité un momento
a mis compañeros para sacar el dron. A 50 grados de
inclinación y de manera muy incómoda, levante el vuelo de la
cámara voladora, a través del celular, observaba abrumado
la suntuosidad del volcán, lo diminuto del ser humano ante
la naturaleza y el recordatorio de que a esto había venido.
Agradecí al volcán por permitirme estar ahí y motivado por
tan increíble regalo, continuamos el ascenso.
Entre más alta la montaña… mejor es la vista
A paso pesado y doloroso, con el drone a cuestas, la cámara
al cuello, la camel bag al frente, más el equipo, los suministros
y forrado con varias capas de ropa, la experiencia se tornaba
desesperante y sofocante.
La roca desnuda -que era mi referencia de la cumbre- no
parecía acercarse, se había mantenido en el mismo lugar durante
2 horas. El sol estaba en todo su esplendor sobre la
nieve cegadora, sin embargo, el paisaje era impresionante,
mirar atrás y ver todo lo que se había logrado era increíble, el
vértigo de la pendiente y la inmensidad del paisaje aderezaron
la experiencia.
A escasos 300 metros de lograrlo estaba rendido y no quería
continuar, pero no había manera de retroceder, Aarón, Edgar y
yo estábamos encordados, la única opción era seguir adelante.
Poco antes de llegar a la meta, mis compañeros se desviaron
a ver los restos de la avioneta y yo me dirigí a la cumbre,
mientras caminaba observaba rocas humeantes, un aviso de
que el Gran Citlaltépetl está vivo. Al levantar la mirada, vi unas banderitas de colores, era la cruz que anuncia el fin del recorrido.
Al llegar inmediatamente realicé un segundo vuelo
desde la cumbre. Mientras el dron hacía lo suyo, fui consciente
de que el 4 de mayo de 2018 estuve totalmente solo
por unos minutos en la cima del volcán más alto de México.
La breve gloria y el regreso de promoción
Después de disfrutar la inmensidad del señor volcán a través
de la pantalla del celular, me tomé un descanso para disfrutar
el paisaje con mis propios ojos, en ese momento llegaron
mis hermanos de ascenso e hicimos un picnic de tono infantil
con dulces y refrescos en primera fila, al borde del inmenso y
sobrecogedor cráter que era nuestro anfitrión.
Después de no más de 15 minutos, Aarón dijo: “Vámonos
que solo hemos hecho la mitad del recorrido”, asimilé que faltarían
muchas horas más para estar en la calidez de mi hogar.
Comenzamos el descenso y en un santiamén las nubes
nos rodearon y se mezclaron con la blancura de la nieve,
de pronto no había arriba ni abajo, ni atrás ni adelante, una
escena surrealista, era como estar en el limbo. En ese momento,
a lo lejos vislumbramos dos siluetas que se movían
lento, eran otros compañeros que se habían rezagado desde
el inicio del ascenso, eran Ari, una experimentada guía, y un turista tico con enorme deseo por conquistar la montaña.
Lamentablemente no lo consiguió y regresó con nosotros.
El descenso sobre el glaciar fue extenuante, pero en algunos
momentos divertido, gracias a la blanda nieve, el ángulo
de la pendiente y la gravedad, el avance estaba de promoción:
al dar un paso, nos deslizábamos cuatro.
Después de varias horas por fin llegamos de vuelta al refugio
Piedra Grande, donde un nutrido grupo de montañistas
se preparaba para ascender y vivir sus propias experiencias
y Layo nos esperaba paciente para trasladarnos de vuelta a
Ciudad Serdán.