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Fray Junípero Serra y las misiones fernandinas

Hacia los siglos IV-XI de nuestra era, florecieron varios asentamientos en la Sierra Gorda queretana.

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De éstos, Ranas y Toluquilla son los sitios arqueológicos mejor conocidos; en ellos se admiran conjuntos de basamentos rituales, edificios habitacionales y juegos de pelota, integrados armoniosamente con las crestas de los cerros. Bocaminas de cinabrio perforan las laderas cercanas; este mineral (sulfuro de mercurio) era antaño muy estimado por su brillante color bermellón, semejante a la sangre viva. El abandono de la sierra por los pobladores sedentarios coincide con el colapso de los asentamientos agrícolas de buena parte de la Mesoamérica Septentrional. Posteriormente, la región fue habitada por los nómadas jonaces, dedicados a la caza y la recolección y por los semisedentarios pames, cuya cultura presentaba similitudes con la civilización mesoamericana: el cultivo del maíz, una sociedad estratificada y templos dedicados a la veneración de sus dioses.

Después de la Conquista algunos españoles llegaron hasta la Sierra Gorda atraídos por las condiciones favorables para las empresas agrícolas, ganaderas y mineras. Consolidar esta penetración de la cultura novohispana, precisó integrar a los indígenas serranos al sistema socioeconómico y político, tarea encargada a los frailes agustinos, dominicos y franciscanos. Las primeras misiones, durante los siglos XVI y XVII, resultaron poco eficaces. Hacia 1700 la sierra se veía todavía como “un manchón de gentilidad y barbarie”, cercado por incipientes poblaciones novohispanas.

Esta situación cambió con la llegada a la Sierra Gorda del teniente y capitán general José de Escandón, al mando del regimiento de la ciudad de Querétaro. A partir de 1735 este militar llevó a cabo una serie de campañas para la pacificación de la sierra. En 1743, Escandón recomendó al gobierno virreinal la total reorganización de las misiones. Su proyecto fue aprobado por las autoridades y en 1744 se establecieron centros misionales en Jalpan, Landa, Tilaco, Tancoyol y Concá, bajo el control de los franciscanos del colegio de Propaganda Fide de San Fernando, de la capital de la Nueva España. Los pames que se negaban a vivir en las misiones fueron sometidos por los soldados de Escandón. En cada misión se construyó una capilla rústica de madera con cubierta de zacate, un claustro de los mismos materiales y jacales para los indígenas. En 1744 había 1,445 indígenas en Jalpan; las demás misiones tenían entre 450 y 650 individuos cada una.

En Jalpan se estableció una compañía de soldados, bajo las órdenes de un capitán. En cada misión había soldados para escoltar a los frailes, mantener el orden y capturar a los indígenas que intentaban fugarse.. En 1748, las tropas de Escandón pusieron fin a la resistencia de los jonaces en la batalla del cerro de la Media Luna. Con este hecho quedó prácticamente exterminado este pueblo serrano. Al año siguiente, Femando VI, rey de España otorgó a Escandón el título de Conde de la Sierra Gorda.

Hacia 1750, las condiciones favorecían la evangelización de la región. Llegó un nuevo grupo de misioneros procedentes del colegio de San Fernando, bajo las órdenes del mallorquín fray Junípero Serra, quien pasaría nueve años entre los pames serranos como presidente de las cinco misiones fernandinas. Serra inició su labor aprendiendo la lengua pame, a la cual tradujo los textos básicos de la religión cristiana. Franqueada así la barrera lingüística, se enseñó la religión de la cruz a los lugareños.

Las técnicas misionales empleadas en la sierra eran las mismas que usaban los franciscanos en otras regiones durante el siglo XVIII. Estos frailes retornaron algunos aspectos del proyecto de evangelización de la Nueva España del siglo XVI, especialmente en los aspectos pedagógicos y rituales; tenían, sin embargo, una ventaja: el reducido número de indígenas permitía un mayor control sobre ellos. Por otra parte, los militares tuvieron un papel mucho más activo en esta etapa avanzada de la “conquista espiritual”. Los frailes eran las autoridades en las misiones, pero ejercían su control con el apoyo de los soldados. También organizaron un gobierno indígena en cada misión: se elegía un gobernador, alcaldes, cabos y fiscales. Las faltas y pecados de los indígenas se castigaban con azotes administrados por los fiscales indígenas.

Hubo recursos suficientes, gracias a la administración inteligente de los frailes, el trabajo de los pames y un modesto subsidio aportado por la Corona, no sólo para la subsistencia y la evangelización, sino para la construcción de cinco conjuntos misionales de mampostería, levantados entre 1750 y 1770, mismos que hoy causan asombro a los visitantes de la Sierra Gorda. En las portadas, ricamente decoradas con argamasa policromada, se plasmaron los fundamentos teológicos del cristianismo. Se contrataron maestros albañiles foráneos para dirigir las obras de las iglesias. Dice al respecto fray Francisco Palou, compañero y biógrafo de fray Junípero: “Luego que el venerable fray Junípero vio a sus hijos los indios en estado de trabajar con mayor afición que a los principios, trató de que hiciesen una iglesia de mampostería (..) Propuso su devoto pensamiento a todos aquellos indios, quienes con mucho gusto convinieron en ello, ofreciéndose a acarrear la piedra, que estaba a mano, toda la arena, hacer la cal y mezcla, y servir de peones a los albañiles (..) y en el tiempo de siete años quedó concluida una iglesia (..) Con el ejercicio de estos trabajos (los pames) quedaron habilitados de varios oficios, como de albañiles, carpinteros, herreros, pintores, doradores, etc. (..) lo que sobraba del sínodo y de las limosnas de misas se empleaba en pagar los jornales a los albañiles (..)”. De esta manera Palou desmiente el mito moderno de que estos templos fueron creados por los misioneros con el apoyo único de los pames.

Los frutos de las labores agrícolas, realizadas en tierras comunales, se guardaban en trojes, bajo el control de los frailes; una ración era repartida diariamente a cada familia, después de las oraciones y la doctrina. Cada año se lograban mayores cosechas, hasta que hubo excedentes; éstas se aprovechaban para comprar yuntas de bueyes, aperos de labranza y telas para confeccionar ropa. El ganado mayor y menor era también de propiedad comunal; la carne se repartía entre todos. Al mismo tiempo, los frailes fomentaban el cultivo de parcelas particulares y la cría de ganado como propiedad privada. Así, preparaban a los pames para el día de la secularización de las misiones, cuando el régimen comunal terminara. Las mujeres aprendían a producir textiles y ropa, hilando, tejiendo y cosiendo. También hacían petates, redes, escobas, ollas y otros artículos, los cuales vendían sus maridos en los mercados de las poblaciones vecinas.

Cada día, con los primeros rayos de sol, las campanas llamaban a los indígenas adultos a la iglesia para aprender las oraciones y la doctrina cristiana, las más de las veces en castellano, otras en pame. Luego entraban los niños, de cinco años en adelante, para hacer lo mismo. Los muchachos volvían cada tarde para seguir con su aprendizaje religioso. También por la tarde asistían los adultos que iban a recibir algún sacramento, como la primera comunión, el matrimonio, o la confesión anual, así como los que hubieran olvidado alguna parte de la doctrina.

Cada domingo, y con motivo de las fiestas obligatorias de la Iglesia, todos los indígenas tenían que asistir a misa. Cada ,indígena debía besarle la mano al fraile, para hacer constar su asistencia. Se castigaba con rigor a los que faltaban. Cuando alguno no podía asistir debido a algún viaje comercial, tenía que regresar con una constancia de su asistencia a misa en otro pueblo. Los domingos en la tarde, se rezaba la Corona de María. Sólo en Concá dicho rezo tenía lugar entre semana, turnándose cada noche a otro barrio o ranchería.

Había rituales especiales para celebrar las principales fiestas cristianas. Existe información concreta sobre las celebradas en Jalpan, durante la estancia de Junípero Serra, gracias al cronista Palou.

Cada navidad se montaba un “coloquio” u obra teatral sobre el nacimiento de Jesús. A lo largo de la cuaresma había oraciones, sermones y procesiones especiales. En Corpus Christi se hacía una procesión entre enramadas, con “…cuatro capillas con sus respetivas mesas para que en ellas posase el Señor Sacramentado “. De la misma manera, había celebraciones especiales para otras festividades a lo largo del año litúrgico.

La edad de oro de las misiones serranas terminó en 1770, cuando el arzobispo ordenó su entrega al clero secular. La categoría de misión se concebía, durante el siglo XVIII, como una tase de transición hacia la integración plena de los indígenas al sistema novohispano. Con la secularización de las misiones, las tierras comunales y otras propiedades productivas se privatizaron. Los pames tuvieron, por primera vez, la obligación de pagar el diezmo a la arquidiócesis así como impuestos a la Corona. Un año más tarde, buena parte de los pames ya habían abandonado las misiones, volviendo a sus antiguas rancherías en el monte. Las misiones, semiabandonadas, cayeron en un estado de decadencia. La presencia de los misioneros del Colegio de San Fernando duró sólo cinco lustroso Como testigos de esta etapa de la conquista de la Sierra Gorda quedan los monumentales conjuntos nacionales que ahora causan admiración y despiertan el interés por conocer la labor de personajes de la talla de fray Junípero Serra.

Fuente: México en el Tiempo No. 24 mayo-junio 1998

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