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Galeones en el Golfo de México

Desde siempre, el mar ha sido un puente de comunicación vital para la humanidad. A lo largo de varios siglos, el Océano Atlántico constituyó el único vínculo entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

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A raíz del descubrimiento de América, el Golfo de México se convirtió en escenario importante para la navegación europea, sobre todo aquélla proveniente de la metrópoli española. Las primeras embarcaciones que realizaron dicha travesía fueron las carabelas y los galeones. Muchas de estas naves hallaron su fin en las aguas mexicanas.

Los peligros que debía enfrentar un navío que se atrevía a cruzar solitario el mar eran innumerables. Quizás las principales amenazas de aquellos tiempos fueron las tormentas y los ataques de piratas, corsarios y bucaneros, quienes llegaban atraídos por las riquezas provenientes de América. En un intento desesperado por proteger tanto a sus naves como a los tesoros que éstas transportaban, España creó en el siglo XVI el sistema de navegación más significativo de la época: las flotas.

En la segunda mitad del siglo XVI, la Corona dispuso la salida de dos flotas anuales, la de Nueva España y la de Tierra Firme, protegidas por una armada real. La primera debía partir en abril para el Golfo de México y la segunda en agosto para el Istmo de Panamá. Ambas debían invernar en América y regresar en fechas fijas para aprovechar el buen tiempo. Sin embargo, esto facilitaba los ataque de los enemigos, quienes astutamente se apostaban en puntos estratégicos y tendían emboscadas a asaltos de piratas y bucaneros, había otras causas por las que una embarcación o una flota podía naufragar, como la falta de pericia de los pilotos y la imprecisión en los mapas e instrumentos de navegación.

Otros factores eran los incendios o explosiones provocados por la pólvora que se llevaba a bordo, y la pérdida de calidad tanto en embarcaciones como en tripulantes que se fue dando con los años.

La representación del Golfo de México en las cartas y mapas de navegación de los siglos XVI y XVII no registró cambios importantes. Las islas cercanas a Yucatán se siguieron representando de manera exagerada hasta el siglo XVIII, quizás con el fin de alertar a los marinos de los peligros que éstas encerraban, ya que navegar por esa zona era difícil debido a la presencia de cayos y arrecifes, las corrientes del Golfo, los ciclones y nortes y la poca profundidad de las aguas cercanas a la costa. Los marinos bautizaron a algunos de los arrecifes con nombres como “quita-sueño”, “abre-ojos” y “sal-si-puedes”.

PIRATAS, CORSARIOS Y BUCANEROS. A medida que las rutas de navegación se extendían por el mundo, los piratas, corsarios y bucaneros ampliaban también sus redes de operación. Su principal necesidad era encontrar una isla o una bahía donde establecer su base, poder reparar sus barcos y aprovisionarse de todo lo necesario para sus asaltos. El Golfo de México resultó un lugar ideal por su gran número de islas y por el intenso tránsito de naves que surcaban esas aguas.

Los aventureros más famosos eran los ingleses, aunque países como Francia, Holanda y Portugal también hicieron su aportación a la piratería de la época. Algunos piratas actuaban apoyados por sus gobiernos, o bien por la nobleza que los patrocinaba para quedarse después con buena parte del botín.

Dos de los puertos mexicanos más asolados fueron San Francisco de Campeche y la Villa Rica de la Vera Cruz. Entre los piratas que operaron en el Golfo de México están los ingleses John Hawkins y Francis Drake, el holandés Cornelio Holz llamado “Pata de Palo”, el cubano Diego “El Mulato”, Laurens Graff mejor conocido como Lorencillo y el legendario Grammont. Resalta la presencia de Mary Read, una de las pocas mujeres que practicaron la piratería, pese a las restricciones que existían en aquella época para el sexo femenino.

INTENTOS DE RESCATE. Cada vez que una nave naufragaba, las autoridades más cercanas o bien el propio capitán de la nao debían organizar las operaciones de rescate, que consistían en localizar los restos y contratar embarcaciones y buzos que se dieran a la tarea de recobrar lo más posible de lo perdido en el mar. Sin embargo, no se solía tener muy buenos resultados debido a las dificultades de las labores en sí y a la corrupción e ineficiencia de las autoridades españolas. Muchas veces se lograba recuperar parte de la artillería.

Por otro lado, era común que los propios tripulantes de un buque naufragado robaran las riquezas que éste transportaba. Si el accidente ocurría cerca de una costa, los lugareños acudían valiéndose de cualquier medio, en un intento de obtener parte de las mercaderías transportadas, sobre todo y desde luego el oro y la plata.

Transcurridos varios meses e inclusive años de que una embarcación se había hundido, se podía solicitar a la Corona un permiso especial para buscar su carga. Esto se convirtió en tarea de los asentistas. El asiento era un contrato mediante el cual se asignaban funciones públicas a personas privadas ajenas a la administración real. Dicha persona se comprometía a recuperar las riquezas sumergidas a cambio de un porcentaje.

Un famoso asentista de la época fue Diego de Florencia, residente en Cuba, y cuya familia sirvió a la monarquía española durante varias generaciones. Documentos localizados en los Archivos Parroquiales de la Catedral de La Habana señalan que a finales de 1677 este capitán solicitó una concesión para recuperar la carga del Galeón Nuestra Señora del Juncal, uno de los dos buques insignia de la Flota de la Nueva España de 1630, comandada por el capitán general Miguel de Echazarreta y perdida en la Sonda de Campeche en 1631. También pidió autorización para buscar cualquier nave que hubiera naufragado en el Golfo de México, Apalache e islas de Barlovento. Al parecer, no logró encontrar nada.

LA FLOTA DE LA NUEVA ESPAÑA, 1630-1631. Se considera que uno de los cargamentos más importantes del período colonial era el que iba a bordo precisamente de la Flota de la Nueva España que zarpó de Cádiz en 1630, al mando del capitán Echazarreta, y se hundió en aguas campechanas un año después.

Información localizada en archivos de México, Cuba y España ha permitido empezar a reconstruir los sucesos que rodearon a la tragedia sufrida por las naos que conformaban dicha flota, incluyendo a sus buques insignia, los galeones llamados Santa Teresa y Nuestra Señora del Juncal. Este último es todavía objeto de codicia entre los buscadores de tesoros de todo el mundo, quienes sólo pretenden su beneficio económico y no la verdadera riqueza que es el conocimiento histórico.

HIISTORIA DE LA FLOTA. Era julio de 1630 cuando la Flota de la Nueva España zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda con destino final Veracruz, acompañada de una escolta formada por ocho galeones y un patache.

Quince meses después, en el otoño de 1631, la Flota de la Nueva España salió de San Juan de Ulúa hacia Cuba para encontrarse con la Flota de Tierra Firme y emprender juntas el regreso al Viejo Continente.

Unos días antes de su salida, el capitán Echazarreta murió y fue sustituido por el almirante Manuel Serrano de Rivera, y la Nao Nuestra Señora del Juncal, que había venido en calidad de Capitana, regresó como Almiranta.

Finalmente, el lunes 14 de octubre de 1631, la flota se hizo a la mar. A los pocos días enfrentó un norte que se fue convirtiendo en una terrible tormenta, la cual hizo que las naves se dispersaran. Algunas se hundieron, otras encallaran y otras más lograron llegar a las costas cercanas.

Testimonios y documentos localizados en archivos nacionales y extranjeros señalan que los supervivientes rescatados fueron llevados a San Francisco de Campeche y de ahí a La Habana, para viajar de regreso a su país con la Flota de Tierra Firme, la cual permanecía en Cuba a la espera de los navíos accidentados.

PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD. Con el paso del tiempo, cada uno de los navíos que encontró su fin en las aguas del Golfo de México se ha convertido en una página de la historia que toca a la arqueología subacuática investigar.

Las embarcaciones que yacen en las aguas mexicanas están repletas de secretos por descubrir y de tesoros que van mucho más allá de lo económico. Esto hace de México uno de los países con uno de los legados culturales sumergidos más ricos del mundo, y le da la responsabilidad de protegerlo e investigarlo de manera científica y sistemática para compartirlo con toda la humanidad.

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