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¿Cómo fueron los primeros años de la bicicleta en México? ¡Descúbrelo!

Una de nuestras expertas te presenta los primeros años de este dinámico medio de transporte y su arribo a nuestro país, a donde llegó para conquistarnos con su versatilidad y fácil manejo.

Susana Vázquez Mellado

Montados sobre algo que parecía más una silla de montar que un asiento, los primeros ciclistas del mundo (a finales del siglo XVIII) maniobraban sus novedosos vehículos de dos ruedas con dificultad y daban grandes zancadas para impulsarse abriéndose paso entre la gente que, admirada, veía cómo avanzaban y se perdían “de un modo extraño”, pero aparentemente ágil y divertido.

Estas primeras bicicletas, llamadas “celeríferos”, se impulsaban y frenaban con los pies, ya que no tenía pedales. La postura que había que adoptar era cansada y ridícula; los trayectos en subida o bajada se hacían difíciles y peligrosos; las llantas, macizas y delegadas, golpeteaban sobre los empedrados y las terracerías, de manera que el pobre conductor descendía con el cuerpo adolorido de tanto traqueteo. Para darles vuelta había que detenerse y levantar estas rudimentarias bicicletas, pues las dos llantas estaban fuertemente unidas por un eje de madera sobre el que descansaba el asiento. Una barra transversal, apoyada en el eje de la llanta delantera -un poco más largo que el de la trasera-, servía más como agarradera que como manubrio. Todo esto sucedía cerca de 1790 en Europa.

Unos años después, un ingeniero y profesor de mecánica, el barón Carlos Federico Drais de Sauerbronn, logró un modelo más sofisticado de bicicleta en el que la llanta delantera giraba independientemente de la de atrás y ya no formaban un solo cuerpo. Esto permitía controlar las vueltas sin necesidad de bajarse a cargar la bici para cambiar de rumbo.

La bicicleta tardó muchos años en arribar a América, pero se quedó para formar parte del encanto y folclor de nuestro país. Una vez superado el asombro de ese extraño aparato ante el cual los perros ladraban, los caballos se encabritaban, las personas más temerosas se escondían y los escandalizados, creyéndolas cosas del infierno, lanzaban piedras a su paso, la bicicleta pasó a formar parte de la vida diaria de los mexicanos. En las alegres coplas de “Las bicicletas” se pone en evidencia el impacto y la aceptación que recibió este vehículo que enmarcó una nueva época en el transporte de las primeras dos décadas del siglo XX.

“De todas las modas que han llegado de París y Nueva York, hay una sin igual, que llama la atención. Son bicicletas que transitan de Plateros a Colón, y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón… “.

Poco a poco, la bicicleta sustituyó al caballo, a la mula y al burro, sobre todo en las ciudades (como la capital o Monterrey), y se fue convirtiendo en un transporte popular en todo el sentido de la palabra.

Fermín Téllez

La bicicleta en nuestros tiempos

Circulando por todas partes, en medio de los más peligrosos cruces y las más atestadas avenidas, vemos a la bicicleta fungiendo como el transporte del pueblo, del deportista y de algunos pioneros en la campaña ecologista que exponen sus vidas en aras de un mejor ambiente. Verdaderos malabaristas, no por la hazaña ya de por sí asombrosa de circular entre esos enjambres de coches y camiones, sino por el equilibrio perfecto que mantienen entre su persona, su vehículo y las más extrañas y pesadas cargas.

Los hay quienes transportan torres de periódico, sombreros; los que sobre la cabeza equilibran enormes cestos que contienen distintas mercancías, otros añaden unas canastillas al frente o en la parte posterior de la bicicleta para llevar grandes canastas de pan. La masa para las tortillas diarias pasea también en cajones donde, medio cubierta por trozos de costal, se “aérea” en su camino a la tortilladora. Así se transportan en México los pedidos de carne y verduras. Algunos llevan muy pegadita la dulce carga de la novia, pero hay quienes transportan a toda la familia. Atrás del marido, sobre algún tipo de asiento, la madre sostiene a un hijo entre las piernas mientras el más pequeño cuelga de su espalda en el rebozo, y el mayorcito contempla, sentado en el manubrio, el zigzaguear de toda la familia entre carros y camiones.   

La bicicleta también se utiliza como el medio de transporte en varios servicios públicos. Así vemos circulando sobre ellas a nuestros flamantes policías, al cartero (todavía), al cobrador, al plomero y al electricista; al jardinero que amarrada a su “bici” trae la máquina de cortar, la escoba de varas, las tijeras, su chamarra y su comida, al tintorero con la ropa limpia cubierta con un plástico, y la sucia dentro de una caja de cartón. La antigua imagen del vendedor ambulante de leche con su bote lechero y su “litro” con el que despacha todavía se observa en muchos poblados de la provincia, dándoles un toque de antaño.

Hay bicicletas que en la parte delantera tienen una especie de plataforma sobre dos ruedas que permite transportar cosas más voluminosas y pesadas como grandes trozos de hielo o toda una tienda ambulante de raspados, hot-dogs, tacos y refrescos. Desde hace algún tiempo en el centro de la Ciudad de México, se ha puesto de moda llevar a los transeúntes en una especie de cabriolé jalado no por un hombre a pie ni por un caballo, sino por un valiente ciclista.

Esto le añade encanto a estas calles del primer plano y hace más agradable el paseo. Para miles de mexicanos sin posibilidades de adquirir un vehículo motorizado e incluso con dificultades para utilizar el transporte colectivo, la bicicleta ha sido un forma de transporte y trasladar su mercancía y pertenencias.

La bicicleta no utiliza más energía que la de los fuertes músculos del hombre que ha aprendido a enfrentar los contratiempos y las carencias de su situación económica con una característica de la vida misma que es la adaptación.

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