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Historias de un anciano en Real del Monte (Hidalgo)

Nuestro reportero, Rafael Álvarez, narra las memorbales historias de un anciano en el Pueblo Mágico de Real del Monte.

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Llegué a Real del Monte muy temprano, a la tercera llamada.

Las campanas doblaban por no sé quién. En la parroquia del Rosario comenzaba el introito de la misa de difuntos. El humo del incienso se confundía con la neblina. Hacía frío. Tenía muchos años de no participar en actos litúrgicos.

Recordé mi infancia; a los padres, abuelos y amigos que ya no están aquí. Di gracias a Dios por encontrarme en ese lugar. Me quedé dormido, tal vez unos minutos; la ceremonia estaba a punto de terminar. El agua del hisopo que el sacerdote rociaba en el túmulo salpicó mi cara y desperté.Un anciano había estado sentado junto a mí durante la misa. Al salir hicimos plática. Lo que en realidad de había llevado a Real del Monte era el deseo de escribir algo sobre el Panteón de los Ingleses y no sabía por dónde comenzar.

El viejo de mirada triste se ofreció a ser mi guía, no sin antes advertirme de la dificultad del camino, que sería a pie. Iniciamos el recorrido; el frío era intenso. A unos pasos nos encontramos con el Templo de San Diego. Me contó que en él se venera al Santo Señor de Zelontla, patrono de Real del Monte.

“Me contaba mi abuelo, un barretero llamado Eusebio Cruz, que hace muchos años se encontraba trabajando en la Mina de Dolores, en la veta Santa Brígida. Como no aventajaba en su trabajo se encomendó con mucha fe al Señor de Zelontla. Continuó su tarea y estando a punto de desfallecer, un hombre se le acercó y le pidió prestada su herramienta. Entonces algo increíble sucedió: el desconocido terminó la faena en menos que canta un gallo y se sentó a descansar. Al ver que tiritaba de frío, mi abuelo se quitó el jorongo y se lo puso al hombro para que entrara en calor. Terminó el turno, el extraño desapareció junto con el jorongo y la lámpara de carburo. El domingo siguiente Eusebio asistió a misa a San Diego junto con su familia, y la sorpresa fue grande al descubrir al Señor de Zelontla con su jorongo puesto y su lámpara de carburo. Desde aquel momento, la sagrada imagen se convirtió en patrono de los mineros.” Caminamos por la antigua calle del Reloj.

Iba yo pensando en la imagen cuando mi guía, como adivinándolo, comenzó a contar la forma en que el milagroso señor vino al Real. “Esta imagen procede de la sierra. Hace muchos años, tantos que nadie sabe, llegaron aquí unos señores cargándola envuelta de petates para llevarla a México y restaurarla. Tuvieron que pasar la noche en este pueblo, precisamente en el Mesón de San Carlos. A la mañana siguiente continuaron su camino, pero al llegar a la Mina de Acosta, la carga se hizo tan pesada que tuvieron que regresar. Al pasar por el templo de San Diego, la imagen comenzó a despedir un grato aroma de incienso. Desde aquel entonces, el Señor se quedó aquí para siempre.

”Me platicó también de las tiendas del pueblo como La Gloria, La Golondrina, La Catedral y tantas otras. Fue entonces cuando supe que mi acompañante se llamaba Petronilo Hernández. De su vida poco quiso contarme, solamente que de joven fue sereno, que encendía los faroles al caer la noche, velaba el sueño del pueblo y anunciaba a voz en cuello lo hora y las condiciones del clima: “Las doce y todo sereno. Las doce y lloviendo.” Recordó que fue “llevado de leva” para pelear en “la bola”. Habló de su esposa y de sus hijos, a quienes nunca volvió a ver. Estaba muy triste pero no gimió. Las lloronas del pueblo lo hicieron por él. Cuando terminó la Revolución y regresó a su casa, las plañideras le informaron de la muerte de su familia y le cobraron el llanto.

Cuando cae la noche, la gente del Real se encierra en sus casas, pero a pesar de todo no deja de escuchar los lamentos que salen del tiro de las minas de Santa Teresa, Santa Águeda y Dios te Guíe. Ruídos de máquinas de vapor y quejas infernales brotan de la Maestranza. “Ocupaba una cuadra, en la que la compañía aviadora formó una vasta y sólida fábrica; allí estaban todas las oficinas y máquinas para fundir y vaciar el fierro, y para tornear toda clase de piezas; además de los talleres de carpintería y herrería, en los que se fabricaban carros y otros vehículos, usando por fuerza motriz el vapor.”

Se me enchinaba el cuero. El viejo, dicho con respeto, sabía mucho y no temblaba, como yo, con el aire de la muerte.

De las ruinas del antiguo presidio, un edificio de mayores dimensiones que el de San Cayetano y que fundara don Manuel Riva Palacios, se escapan gemidos de ánimas arrastrando cadenas y suplicando un réquiem… La calle del Reloj, que tantos recuerdos traía a don Petronilo, fue escenario de múltiples actos civiles y religiosos: el desfile de la escuela y la procesión con la Santísima Virgen del Rosario formaban parte de aquel itinerario anual.

La segunda semana de enero, entre la compasión de los vecinos de este y del otro mundo, los fieles aparecen cargando a la Virgen en andas. Dan pena los juramentados reincidentes que se flagelan en señal de arrepentimiento, mientras siguen con solemnidad a la santa imagen.  Llegamos a la calle de la Maestranza; la fría neblina seguía envolviéndolo todo. Quise en algún momento regresar, pero algo inexplicable me hizo continuar.

No podía perder la oportunidad de conocer ese sitio de raro encanto. Tampoco quería dejar de escuchar las extraordinarias historias de don Petronilo: “El judío era un hombre muy malo que llegó con los aventureros. Déspota, grosero, abusivo e inhumano. Muy pronto se hizo odiar por todo el pueblo. Cuando murió intentamos sepultarlo en los cementerios de San Agustín, San Felipe y Santa María, pero en todos ellos fue rechazado. “Llévense al muertito a la cima de aquel cerro. No merece un lugar en el camposanto, dijeron a la familia. Así lo hicieron. Enterraron el cadáver en el lugar donde ahora se encuentra el Panteón de los Ingleses. Por esta razón se conoce a la colina como el Cerro del Judío.”Seguimos por un sendero de pinos y sauces llamado por los lugareños. Camino del Panteón.

Ya faltaba poco para llegar a nuestro destino cuando mi guía se puso a hablar de Ramín Sagredo, hijo ilustre del Real, alumno de Clavé y director de la Academia de San Carlos.“Hombres de oro han salido de este mineral, gente de gran talento como Constantino Escalante, agudo caricaturista del periódico La Orquesta, que se distinguió por su mordaz crítica al imperio de Maximiliano y a los personajes nefastos de su corte. También nacieron aquí los escultores Manuel y Juan Islas, célebres por el sarcófago de Juárez en el Panteón de San Fernando, Vicente García Torres, considerado apóstol del periodismo y muchos otros personajes que no acabaría yo de contar.”Real del Monte, sus fiestas y sus tragedias, como la de aquel día relatado por el cronista Luis Jiménez Osorio: “Callaron las sinfonolas / se cerraron las cantinas / hubo crespones de luto / en las casas y en las minas.”Muchos recuerdos, lágrimas, suspiros y luces encendidas por los que no volverán.Personajes que dan vida al pueblo, como Rebeca Islas Montiel, la amable encargada del Registro Civil, a quien todo el mundo quiere: “Rebequita la que declama, Rebequita la que recita. Con su manera de decir poemas y romances como La madre del minero o Mi tierra Real del Monte, hace llorar a niños y ancianos.

”Por fin llegamos, Don Petronilo sacó una llave de entre sus ropas y abrió la gran reja forjada en la Maestranza en 1862. Pedimos permiso a los espíritus, tal como lo hacían los abuelos al entrar a un cementerio. Pasamos a otro mundo. Mi guía cerró nuevamente la reja para evitar que se colara aire extraño. Cruzamos entre las tumbas, semejantes a las de los cementerios europeos del sigloxix; también por las de un lote de párvulos muertos durante una epidemia de cólera. Don Petronilo creyó oír risitas y cantos. Dijo que algunos jugaban rondas. Sentí miedo, lo confieso, pero no escuché más que el viento y la hojarasca.La neblina se cerraba, era cada vez más difícil ver lo que teníamos enfrente. Estaba nervioso pero no quería retirarme. Deseaba saber en qué terminaría la historia, la larga charla de don Petronilo.La carcajada del payaso Bell —dicen algunos ancianos del lugar— rompe el silencio en las noches de luna llena y se escucha a leguas de distancia. Recuerdan que Bell fue el único cómico que hizo reír a don Porfirio Díaz.“Vino a actuar su circo, el Gran Circo Ricardo Bell, a la Mina de Dolores y conoció este panteón; le gustó tanto que pidió a su familia que cuando muriera lo sepultaran aquí de norte a sur y no como los demás, de oriente a poniente. Aquí quedó Ricardo, según se afirma en el lugar, entre paisanos, con un clima muy parecido al de Inglaterra.”

De pie, frente a un monumento, me enteré de que el apellido Stanley se escucha en las pláticas nocturnas, cuando los viejos narran a sus nietos la historia de aquel padre desalmado que prohibió a su hija el casamiento con un mexicano. Dicen que los jóvenes decidieron unirse en la muerte y el padre, sin poder resistir su pesada culpa, murió de tristeza un mes después que ellos. El día del entierro de Stanley llovió tanto que hasta el cielo mandó un rayo sobre su tumba.  Temblando de frío, a 2 760 msnm, entre historia e historia, la noche caía. No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que llegamos. Una ligera pero fría llovizna nos mojaba, se escuchaban los grillos y los caracoles salían de entre la hierba.

Abajo, el pueblo cerraba sus puertas y ventanas para no escuchar…

Terminó la visita. Salí sosegado de este lugar de silencio, misterio y paz.Se despidió don Petronilo dándome su mano fría y pidiendo, como pago a sus favores, encender al día siguiente una vela, a la hora del toque de ánimas, para rogar por él y por quienes no tienen lo haga. Cerré la reja. Dentro quedaban los que duermen en espera de la resurrección tantas veces prometida. A través de la reja observé a don Petronilo. Tomó la veredita que conduce al fondo del cementerio y con paso lento se perdió en la neblina.

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