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Idealización del pasado prehispánico

En las últimas décadas del siglo pasado, debido a la importancia que la historia antigua adquiere en los momentos en que se programa políticamente la conciencia nacional, ocurre la revaloración del pasado prehispánico de México.

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Esta revisión y posterior puesta en valor de los acontecimientos pretéritos, y muy especialmente del tiempo anterior a la conquista europea de nuestro país, es el resultado de varias empresas culturaIes que rinden sus frutos en este momento.

En primer término, debe destacarse la importancia que cobró el Museo Nacional; éste, a partir de su instalación en el hermoso palacio de la época de Felipe V, ubicado en las calles de la Moneda, Centro Histórico de la capital mexicana, se convirtió en repositorio de los numerosos objetos arqueológicos e históricos que se habían rescatado de la incuria; además de los que fueron donados por particulares y los que como producto de interés académico se recibían de lejanas regiones, excavados por comisiones científicas de esa época.

De esta manera, el público culto y los curiosos admiraban los monumentos de la antigüedad mexicana, de los que poco a poco se iba descubriendo su oculto significado. Otro de los elementos que contribuyó a la difusión del pasado indígena fue la publicación de algunas obras históricas monumentales que hacían referencia a la época prehispánica, así lo menciona Fausto Ramírez, quien apunta entre las obras principales el primer volumen de México a través de los siglos, cuyo autor fue Alfredo Chavero, Historia Antigua y de la Conquista de México, de Manuel Orozco y Berra, y los interesantes y bien ilustrados artículos de tema arqueológico que enriquecían los Anaies del Museo Nacional. Por otra parte, ya se habían editado las viejas crónicas e historias y códices que informaban a los lectores acerca de los pueblos autóctonos y sus expresiones plásticas más significativas.

De acuerdo con los especialistas en el arte mexicano del siglo XIX, el Estado emprende un programa ideológico que requería de un conjunto de obras artísticas que respaldara Sus planes de gobierno, por esta razón impulsó a los estudiantes y maestros de la Academia de San Carlos para que participaran en la creación de trabajos cuyos temas tuvieran una referencia precisa a nuestra nación y que hicieran un relato visual de algunos de los episodios más significativos de la historia que poco a poco fue adquiriendo carácter oficial. Las composiciones pictóricas más conocidas son las siguientes: Fray Bartolomé de las Casas, de Félix Parra, El Senado de Tlaxcala y el Descubrimiento del pulque, entre otras.

Para Ida Rodríguez Prampolini ” Los grandes cuadros de tema indigenista pintados en el último cuarto de siglo por artistas salidos de la academia, correspondían más al pensamiento ilustrado de los criollos que lograron la independencia, que al de los mestizos que, como clase en pugna, habían alcanzado el poder después de Ias guerras de reforma y la gesta heroica de los liberales en torno a Benito Juárez. El grupo criollo que alcanzó el poder después de la guerra de independencia sintió la necesidad de reivindicar un pasado glorioso y digno para oponerlo al pasado colonial que vivían como lo ajeno y lo impuesto”. Esto explicaria esta peculiar producción pictórica de vena indigenista que, según la misma autora, se extiende hasta la última década deI siglo XIX y culmina con el cuadro del artista Leandro Izaguirre El suplicio de Cuauhtémoc, pintado en 1892, fecha en la que la Academia de San Carlos termina, prácticamente, con la producción de estas alegorías históricas.

Esta necesaria referencia histórico-artística al gran arte oficial de carácter prehispánico mexicano nos permite revalorar las encantadoras cromo-litografías que ilustran el libro titulado La Virgen del Tepeyac, del español Fernando Álvarez Prieto, impreso en Barcelona por I. F. Parres y Cía. Editores.

La obra consta de tres gruesos volúmenes en los que se intercalan 24 láminas que dan vida al pesado relato, escrito muy al estilo de aquellos tiempos; el tema, como su nombre lo indica, está dedicado a relatar acontecimientos y diversas historias en torno a las apariciones de la Virgen de Guadalupe. A través de sus páginas el lector puede enterarse de la antigua religión indígena -ahí se pone énfasis, naturalmente, en lo que el autor consideraba aberrante: el sacrificio humano–, y en algunas costumbres de Ia época, ello entretejido con historias de aventura, traición y amores que hoy se antojan inimaginables -como los de un noble guerrero azteca con una española y Ios de Ia hija de un noble tenochca con un caballero peninsular.

Queremos destacar la gracia y colorido, así como la ingenuidad de estas imágenes que, como podemos imaginar, debieron hacer la delicia de los lectores; los grabados tienen como marca de producción la litografía de Lavielle de Barcelona, en ellos se aprecia que intervinieron diversos artistas con diferente dominio del oficio, algunos de ellos acusan una gran ingenuidad. Del gran conjunto hemos destacado aquellas cuyo tema prehispánico remite de inmediato a una idealización de la historia antigua de México y en particular a los acontecimientos deI momento inmediato a la conquista europea del país. Estas imágenes tienen puntos de convergencia con los óleos de gran formato que hemos mencionado párrafos arriba.

Por un lado están aquellas que se refieren a los personajes ficticios de la obra: la princesa indígena, el «cruel» sacerdote, el intrépido joven y el noble guerrero. Sus vestimentas semejan más el vestuario de una obra teatral: el disfraz deI guerrero águila es por demás operístico, las alas deI ave rapaz, imaginadas de tela, se mueven al compás de su severa actitud, y qué decir deI ropaje deI sacerdote, túnica y falda larga, como correspondía a la vestimenta de los actores de Ias obras del siglo pasado.

La escenografía ubica a los personajes en una ciudad irreal, en la que liberalmente y sin mayor conocimiento de los sitios arqueológicos, se toman elementos decorativos mayas y mixtecos y se entreteje con ellos una arquitectura fantástica en la que los edificios lucen elementos decorativos que de alguna manera podríamos interpretar como grecas o casi grecas, además de Ias llamadas «falsas celosías» que, sabemos, identifican a los edificios mayas del estilo Puuc.

Mención particular merecen los monumentos escultóricos y otros elementos rituales presentes en las composiciones: en algunos casos el grabador dispuso de información verídica -esculturas y recipientes ceremoniales de la época azteca- y así los copia; en otros casos tomó como patrón las imágenes de Ios códices, a las que dio tridimensionaIidad. Por cierto, la misma intención se aprecia en los óleos de autores académicos.

En las cromolitografías que relatan hechos históricos verídicos se aprecian diversas formas de manifestarlos; ello se debe, indudablemente, a las diferentes fuentes de información. El primer ejemplo, en que se relata el encuentro entre Moctezuma y los españoles, lleva de inmediato al tema tratado por Ios artistas barrocos mexicanos que pintaron los llamados «biombos de la conquista» , que ornamentaban las casas de los conquistadores, muchos de aquéllos fueron enviados a España. En el grabado se da un carácter entre romano y aborigen deI Amazonas al señor de Tenochtitlan y a sus acompañantes.

Por lo que se refiere al martirio de Cuauhtémoc, es notable la convergencia en la composición utilizada, tanto por Gabriel Guerra, como por Leonardo Izaguirre y nuestro artista anónimo, éste utiliza una enorme cabeza de serpiente emplumada que sirve de descanso aI atormentado rey indígena. Seguramente, su fuente de inspiración fue el grabado correspondiente del ya mencionado volumen del libro México a través de los siglos, también editado en Barcelona.

Por último, destaca la deliciosa imagen de la huida de Quetzalcoatl de tierras mexicanas, que ubica al personaje en la ciudad de Palenque -al estilo de los grabados de Waldeck- sólo que inmersa en un imposible paisaje desértico, testimoniado por las numerosas plantas xerófitas, entre las que no podría faltar el maguey, del que fue extraído el pulque con el que se embriagó Quetzalcoatl, motivo de la pérdida de su imagen de poder.

Aquí Quetzalcoatl es una especie de santo cristiano con largos cabellos y barbas de color blanquecino que luce un vestuario teatral, muy parecido al de un sacerdote de la vieja Judea, cubierto completamente con las enigmáticas cruces que hicieron que los primeros cronistas imaginaran a Quetzalcoatl como una especie de Santo Tomás, medio vikingo, que intentó, sin lograrlo, antes de los viajes colombinos, la conversión de los indios a la cristiandad.

En muchas de esas publicaciones del siglo XIX se esconden tesoros de la gráfica que deleitaron a sus lectores e idealizaron el pasado que se reinterpretaba: condenaron a los pueblos antiguos y justificaron la conquista europea, o exaltaron la valentía y martirio de sus héroes a manos del conquistador español.

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