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Isla Ángel de la Guarda

Uno de los lugares más bellos de nuestro México desconocido es sin duda alguna la isla Ángel de la Guarda. Enclavada en el Mar de Cortés es, con sus 895 km, la segunda isla más grande de este mar.

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Está formada por un enorme conjunto montañoso que emerge del fondo marino, y alcanza su máxima altura (1315 msnm) cerca del extremo norte. Lo accidentado del terreno crea una variedad inimaginable de fantásticos paisajes, en los cuales predominan los tonos sepias debido a la aridez del lugar.

Ubicada a tan sólo 33 km al noreste del poblado de Bahía de los Ángeles, en Baja California, está separada del continente por el profundo Canal de Ballenas, el cual tiene un ancho de 13 km en su parte más angosta, y se caracteriza por la constante presencia de diferentes ballenas, de las cuales la más frecuente es la ballena de aleta o rorcual común (Balenoptera physalus) que sólo es superada en tamaño por la ballena azul; ésta es la razón por la que se conoce esta porción del mar como un Canal de Ballenas. La gran riqueza de esta agua permite que exista una población de estos inmensos mamíferos marinos, que a lo largo de todo el año se alimenta y reproduce sin tener que migrar en búsqueda de alimento, como sucede en otras regiones.

También es común observar grandes grupos de diversos delfines que se acercan a las costas de la isla; la especie más abundante, la del delfín común (Delphinus delphis), se caracteriza por formar enormes manadas de cientos de animales; también se encuentra el delfín nariz de botella (Tursiops truncatus), que es el que deleita con sus acrobacias a los visitantes de los delfinarios. Probablemente estos últimos sean un grupo residente.

El lobo marino común (Zalophus californianus) es uno de los más distinguidos huéspedes de Ángel de la Guarda. Se calcula que en la temporada reproductiva el número de estos animales representa 12% del total existente en todo el Golfo de California. Se encuentran distribuidos en dos grandes loberas principalmente: la de Los Cantiles, situada en el extremo noreste, que agrupa aproximadamente a 1100 animales, y la de Los Machos, donde se han censado hasta 1600 individuos, que está ubicada en la parte media de la costa oeste.

Otros mamíferos que habitan la isla son las ratas, dos especies diferentes de ratones y murciélagos; estos últimos no se sabe si permanecen todo el año o si sólo se quedan por temporadas. También se pueden encontrar 15 especies diferentes de reptiles, entre los que destacan dos subespecies de víboras de cascabel que son endémicas (término que caracteriza a los organismos exclusivos de un lugar), la cascabel moteada (Crotalus michaelis angelensis) y la cascabel roja (Crotalus ruber angelensis).

Ángel de la Guarda también es un lugar paradisiaco para los amantes de las aves, que pueden encontrar ahí infinidad de ellas. Entre las que llaman la atención por su belleza podemos mencionar las águilas pescadoras, los colibríes, las lechuzas, los cuervos, los pájaros bobos y los pelícano.

También los botánicos pueden satisfacer sus exigentes gustos, ya que se observa un gran número de las más hermosas plantas del desierto sonorense, y no sólo eso: la isla cuenta con cinco especies exclusivas.

Parece ser que el hombre nunca ha habitado de manera permanente en Ángel de la Guarda; la presencia de los seris y probablemente de los cochimíes se limitó a breves visitas para cazar y recolectar plantas. En 1539 el capitán Francisco de Ulloa llegó a Ángel de la Guarda, pero por ser tan inhóspita no hubo intentos posteriores de colonización.

Atendiendo a rumores de que en la isla se observaban fogatas, en 1965 el jesuita Wenceslao Link (fundador de la misión de San Francisco de Borja) recorrió sus costas, pero no encontró pobladores ni rastros de éstos, lo que atribuyó a la carencia de agua, por lo cual no hizo intentos por adentrarse y conocer mejor la isla.

Desde mediados de siglo este lugar ha sido ocupado temporalmente por pescadores y cazadores. En 1880, los lobos marinos ya eran intensamente explotados, para obtener su aceite, piel y carne. En la década de los sesenta sólo se extraía el aceita animal, con el único fin de diluir el aceite de hígado de tiburón, por lo que 80% del animal se desperdiciaba, y convertía la caza de los lobos en un acto absurdo e innecesario.

En la actualidad, se establecen temporalmente campamentos de pescadores de pepino de mar, así como pescadores de tiburón y de otras especies de peces. Dado que algunos de ellos, no están conscientes del peligro que esto representa para la conservación de la especie, cazan a los lobos para utilizarlos como carnada, y otros colocan sus mallas en zonas donde hay un alto tránsito de animales, provocando que éstos queden atrapados y, en consecuencia haya una alta mortandad.

Actualmente se ha incrementado el número de barcos con “pescadores deportivos”, que se detienen en la isla para conocerla y retratarse de cerca con los lobos marinos, lo cual de no regularse puede perturbar en un futuro la conducta reproductiva de estos animales y llegar a afectar a la población.

Otros asiduos visitantes de Ángel de la Guarda son un grupo de investigadores y estudiantes del Laboratorio de Mamíferos Marinos de la Facultad de Ciencias de la UNAM, que desde 1985 realizan estudios de los lobos marinos, durante el periodo de mayo a agosto, por ser ésta la época de su reproducción. Y no sólo eso, si no que con el valioso apoyo de la Armada de México amplían las investigaciones de estos animales en las diferentes islas del Mar de Cortés.

Recientemente, y debido a la importancia que representan estos ecosistemas, se decretó Reserva de la Biosfera la Isla Ángel de la Guarda. Este primer paso ha sido muy importante, pero no es la única solución, ya que además es necesario llevar a cabo acciones inmediatas como la reglamentación y la custodia de embarcaciones; programas para el aprovechamiento adecuado de los recursos pesqueros, etc. Sin embargo, la solución no está en resolver problemas, si no en prevenirlos a través de la educación, así como fomentar la investigación científica para respaldar el manejo adecuado de estos valiosos recursos.

Fuente: México desconocido No. 226 / diciembre 1995

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