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Las aguas rosas de un pueblo fantasma en Campeche

Muy cerca de la Isla Arena se encuentran estas aguas de color rosa que son parte de la hacienda Real de Salinas, un lugar que tienes que explorar en tu próximo viaje a Campeche.

Foto: Paulo Jimenez
Arturo Torres Landa

Arturo Torres Landa

Isla Arena de isla tiene casi nada, pues en realidad se trata de una península, unida al continente por tallos testarudos del manglar. Donde su nombre no se equivoca es en la segunda parte, pues su litoral tiene una extensión de casi 4 kilómetros cubiertos por conchas y corales pulverizados que forman una arena fina. La sensación de escape isleño está asegurada y podemos hacernos de la vista gorda con los detalles geográficos. Lo verdaderamente importante es que este paraíso es la puerta de acceso a una de las reservas naturales más bellas e importantes de México.

Isla Arena se ubica prácticamente en el último rincón del norte de Campeche, a pocos kilómetros de Yucatán; a su vez, está incrustada en la Reserva de la Biosfera Ría Celestún cuyos 70 kilómetros de ríos y 282 mil hectáreas de humedales colindan al sur ya con territorio yucateco.

Paulo JiménezFoto: Paulo Jiménez

Para arribar se atraviesa un puente que une el costado sur de la isla con el municipio de Calkiní. Al volver a tocar tierra, la población pesquera de Isla Arena se va develando poco a poco en forma de viviendas con techos de palma y lámina. Entre casa y casa se alcanza a ver la línea del mar y se antoja mojar los pies en esa agua que parece imperturbable.

La oportunidad para hacerlo llega en el Centro Ecoturístico Carey, manejado por una cooperativa local con la finalidad de aprovechar los recursos turísticos de la isla. Allí podrás subir a un bote y remontar las aguas que atraviesan la reserva en busca del flamenco rosado.

Paulo JiménezFoto: Paulo Jiménez

A medida que te internes en el agua, verás cómo las gaviotas, los cormoranes y fragatas proyectan sus sombras sobre las olas color esmeralda pálido. Las águilas pescadoras realizan malabares en el viento antes de capturar un pez entre sus garras, y con ello anuncian la llegada al manglar, en cuyas ramas más altas montan guardia. Los muros verdes del mangle aparecen de súbito; el mar se hace angosto hasta convertirse en ría. Los manglares son importantes ecosistemas en los que las aguas marítimas se purifican, dejando en las hojas, tallos y raíces de los árboles de mangle rastros de sal cristalizada; además, sirven como barrera contra huracanes y tormentas.

En esta porción de Campeche las especies de mangle predominantes son el rojo, el blanco y el negro, con cierta presencia del mangle botoncillo, que prolifera en los bordes laguneros y se distingue por sus hojas pequeñas, tiernas y redondeadas. Compuesta por manglares y humedales selváticos, Ría Celestún es un refugio para más de 300 especies animales. De los mamíferos destacan los tigrillos, ocelotes y jaguares; a su vez, a ella arriban centenares de aves migratorias, como el pelícano blanco y la cigüeña americana, y en sus costas desovan también las tortugas blanca y carey.

Además, sobre su suelo crecen especies halófilas, de vegetación subacuática y de bosque tropical caducifolio que en conjunto suman 105 especies de las 225 para este tipo de vegetación. La reserva es también generoso con los seres humanos, pues ofrece sustento para los pescadores autorizados para trabajar en sus aguas.

A lo largo del recorrido los verás con regularidad, tirando redes desde sus piraguas y esperando a que la superficie del agua se agite; traen el rostro cubierto para protegerse del sol y del viento empapado en sal. Permanece atento a sus señales y advertencias, pues pueden indicar que el flamenco rosado ha sido divisado en las cercanías. Cuando esto sucede, se dibuja en el horizonte una línea rosa que se ensancha y difumina a medida que los centenares de flamencos danzan. La embarcación se acerca lentamente, hasta donde lo tiene permitido, y llega el momento de preparar el zoom de la cámara.

A través de él, se observan los flamencos curvando el delgado cuello hasta ver su reflejo en el agua; acicalando sus plumas para secarlas al sol; abriendo las enormes alas y alzando el vuelo en escuadrón. El rojo del interior de sus alas, las plumas negras que las rematan, añaden pinceladas de color a este paisaje de acuarela. Aunque también el rosa está presente en las charcas y salinas al norte de Isla Arena.

Podrás admirar este espectáculo cromático en la hacienda Real de Salinas, al que se arriba en bote luego de sortear los laberintos de mangle y agua de la reserva. Al ingresar en estos pasillos, te cubrirá una bóveda de ramas y follaje como si se tratara de una catedral vegetal. Los cangrejos de tierra trepan por sus nervaduras de madera y las águilas vigilan en la ramada como gárgolas vivientes.

Al final, se abre el manglar y es posible poner pie en tierra para visitar las salinas. Antes de llegar a la laguna rosa te encontrarás con vestigios construidos a mediados del siglo pasado, cuando la salinera estuvo en su apogeo. Edificadas con nada más que arena apisonada y conchuela, permanecen en pie las ruinas de una pequeña iglesia, la casa de los patrones y los dormitorios de los trabajadores; al fondo, entre arbustos espinosos, asoman los muros de un antiguo almacén para la sal. Resulta inevitable imaginar esta vieja hacienda en sus días de esplendor, cuando daba cobijo y trabajo a cientos de personas; cuando llegaban de los pueblos cercanos para participar en sus fiestas y convivios. Irónicamente, hoy estos edificios se desmoronan como bloques de sal.

El recorrido continúa a lo largo de la isla hasta que, de pronto, entre el mangle oscuro aparecen las charcas de un tono rosa profundo. En las orillas se acumula la sal formando cristales de un rosado iridiscente. Si te descalzas, podrás cumplir el anhelo de mojar los pies en el agua: sentirás que tus pies se hunden en un caldo hirviente, a causa de las altas concentraciones salinas y el calor; seguramente se quedarán atascados en el fango pegajoso, por lo que es necesario entrar con precaución. ¿La recompensa? poder recoger macizos cristales de sal en estado natural. Además, hay quienes afirman que estas aguas son curativas y benéficas para la piel.

¿POR QUÉ LAS SALINAS SON ROSADAS?

La alta concentración salina y las elevadas temperaturas de estas lagunas proporcionan las condiciones adecuadas para la proliferación de algunos microorganismos, como la dunaliella salina, los cuales producen de forma natural sustancias llamadas carotenoides, cuyo color va del rosado o rojizo al anaranjado.

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