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Juan Soriano, en diálogo con la vida

Con motivo del noveno aniversario de la muerte de este notable pintor y escultor jalisciense, te presentamos una semblanza que uno de nuestros expertos realizó del creador de “La Paloma”.

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Juan Soriano tiene setenta y siete años (esta semblanza es de 1997). Ha viajado por todo el mundo, ha vivido en muchas ciudades y siempre regresa a su tierra, a sí mismo y a su tradición.

Nacido para ser artista, el papel, la tinta, los títeres, los pinceles y el barro fueron sus juguetes cuando era niño.

“Tú vas a ser pintor”, le dijo a los ocho años otro gran pintor mexicano: Alfonso Michel. Lo cierto es que el mundo de su niñez, se pobló de imágenes extraídas de la mitología griega, de la religión cristiana y de la vida jalisciense; ese mundo al que nunca quiso regresar pero que siempre está en su obra.

Pintor consagrado, ha expuesto en México, Estados Unidos, Canadá, Italia, Francia, España, Portugal, Japón. En 1957 recibió el premio José Clemente Orozco del gobierno de Jalisco. En 1985 Bellas Artes organizó una exposición en homenaje a sus cincuenta años en el arte. El gobierno francés lo condecoró por sus méritos artísticos. En 1987 el gobierno mexicano le otorga el Premio Nacional de Artes. Pinta y trabaja incansablemente y el pasado mes de abril inauguró una muestra retrospectiva 1937-1997 en el Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, que incluye pinturas, esculturas, dibujos y obra gráfica.

“Yo nací en Guadalajara y desde muy niño empecé a dibujar, primero solo y después bajo la dirección de maestros”.

A los catorce años participa en una exposición colectiva y al año siguiente viaja a la capital, donde vive con unos parientes en condiciones difíciles.

“Llegué a México en el año 35, venía de Guadalajara. Tenía quince años y tardé cuarenta en volver, me causó tal sufrimiento dejar Guadalajara que le tomé odio. Entonces no quería apegarme a nada. Para mí la ciudad de México era el extranjero: difícil, gigantesca, inhóspita. Sufría mucho la pérdida de mis amigos y tenía muy viva la imagen de la provincia. Yo sufrí mucho de niño, no me gustaba ser niño. Vine a vivir en casa de mis tíos porque quería alejarme de mi familia, ¡no la soportaba! Todo lo que yo hacía les molestaba, les parecía que mis aficiones de pintor me iban a llevar a la perdición, a convertirme en un paria”.

A sus pocos años Soriano era un niño prodigio. Rápidamente se relacionó con el medio artístico de la capital y fue muy bien acogido por los grandes de la época: Rivera, Frida, Orozco, Álvarez Bravo, María Izquierdo, Villaurrutia.

Se interesa en la escultura, la escenografía y el teatro. Ilustra libros, contrae nuevas amistades, se hace hombre: “llevaba una vida depravada, bebía, vagaba por la ciudad y frecuentaba antros, cantinas, prostíbulos…”.

“La persona que más me marcó fue Chucho Reyes Ferreira, ¡tan amigo, tan sencillo! La vida en su taller era muy agradable, sin compromisos. Fue un excelente maestro sin proponérselo… su vida, su casa, sus hermanas, sus amigos, me enseñaban más que si hubiera ido a la escuela”.

A su llegada a México, Soriano se encuentra con mucha gente de Jalisco, amigos de su familia. Le llueven las invitaciones a comer y cenar… “eran personas con cierta educación, más simpáticas, hablaban más en mi idioma…”.

“Yo no podría decir cuándo empecé a ser invitado a exposiciones y a pintar retratos. Yo tenía muchísimo pudor, no quería enseñar lo que hacía y me daba vergüenza. Tampoco quería exponer en galerías, no quería comprometerme, deseaba ser libre. Además no daba importancia a mis cuadros, para mí eran un experimento: yo estaba aprendiendo. Me pasaba las horas dibujando una mano, una silla, un desnudo; aprendiendo la perspectiva. Me entusiasmaba dibujar una nube. Se me iban las horas contemplando cómo cambiaba de forma y se transformaba con la luz, y me desesperaba por no poder copiar ese fenómeno. Yo trataba de crear una técnica para expresarme y poder fijar lo que veía; ¿qué es?, ¿cómo lo puedo repetir? y ¿cómo lo voy a transmitir para que tú entiendas lo que yo siento?.

“Dibujaba y dibujaba hasta que sentía que estaba diciendo algo. “Nunca me tracé una meta, un camino. Pintar es algo que me pide el cuerpo o la inteligencia o la sensibilidad. No sé en qué lugar se origina ese deseo de hacer un cuadro o una escultura.

“Trabajo igual que siempre: empiezo con gran entusiasmo pensando cómo voy a resolver los problemas de una nueva obra, todo el tiempo mantengo un diálogo con las cosas y así me he pasado la vida.

“Las obras salen como quieren, no es mi voluntad. Yo sigo una idea y ésta adquiere vida propia y se transforma”.

Juan Soriano, como un moderno Ulises, regresa a su patria muchos años después, Ha sobrevivido a las tempestades, ha enfrentado las asechanzas y vencido las tentaciones. Finalmente se ha encontrado consigo mismo.

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