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A la conquista del río Jalacingo en kayak

Un grupo de kayaquistas, determinados a explorar uno de los cauces más espectaculares del país, te presenta su crónica de los eventos ocurridos en medio de la tupida selva veracruzana. ¡Síguela!

Para los amantes del kayak, los desafíos no se miden tanto en distancia, sino más bien, en el desnivel que puede tener un río desde su put it (lugar donde inicia el descenso) hasta el take out (donde finaliza). Obviamente, cuanto mayor sea el desnivel en relación a la distancia recorrida, mayor el desafío y el atractivo para los que buscan grandes retos. La geografía de México, gracias a las diversas cadenas montañosas que lo atraviesan a lo largo y a lo ancho, y en particular del estado de Veracruz, lo hacen uno de los lugares más vertiginosos en el mundo para el kayaking extremo.

Una de las razones por las cuales no dudé ni un segundo en presenciar esta aventura, fue cuando supe del nivel de atletas que estarían involucrados. El grupo estaba encabezado por Rafa Ortiz (máximo exponente de kayak extremo en México), pero junto a él estarían remando Nick Troutmann (campeón mundial de freestyle kayaking), Eric Jackson (cuatro veces campeón mundial de freestyle kayaking, atleta olímpico y propietario de Jackson Kayaks), Dane y Emily Jackson (ambos campeones mundiales de freestyle kayaking, en sus categorías respectivas).

Esta no sería la primera vez que se haría el descenso del Jalacingo, de hecho, tres años atrás, el mismo Rafa junto a otros kayaquistas lo hicieron. “Empezamos en el El Colihui y salimos en la confluencia con el río Alseseca —me recuerda Rafa—, entonces nos tomó una semana completa. En algún punto tuvimos que esconder los kayaks en un platanar y salir caminando para no pasar la noche en el río”. Habían remado desde los 1,200 hasta los 300 msnm, en casi 10 km (es decir, descendiendo unos 100 metros de altura por cada kilómetro de recorrido).

Esta vez, la idea era hacer el trayecto completo en un sólo día. El paso constante sería vital, pues al no llevar equipo de campamento, comida o abrigo limitarían el descenso únicamente a las horas de luz, en pocas palabras, la llegada de la noche a medio río sería un grave problema.

Todos los minutos cuentan

Salimos temprano de Tlapacoyan rumbo al Colihui y alrededor de las 10:00 horas, los botes ya estaban en el agua listos para comenzar a bajar. El río en esta zona a veces se reduce mucho, lo cual obliga a tener que salir del agua y caminar algunas secciones. Tras 15 minutos que sirvieron de calentamiento, hubo que salir del agua y hacer la primera “porteada”.

Después de arrastrar y cargar los kayaks, Rafa y los demás regresaron al río, sus ojos brillaron al ver las cascadas, el descenso comenzaba a tener buen sabor y las sonrisas se dibujan tras cada salto. Algunas alcanzan los 10 metros y todos los superan con destreza y certidumbre.

La diversión iba en aumento y el río se revelaba como un parque de diversiones (lo que hace al Jalacingo tan especial). Arrastra menos de 500 pies cúbicos por segundo (o sea, muy poco caudal), pero el paso del agua en millones de años ha labrado un perfecto canal en el suelo rocoso formando resbaladillas que lo convierten en un perfecto parque de juegos para los kayaquistas.  

A pesar de que el kayak en río es considerado un deporte de riesgo, evitar el peligro radica en la correcta toma de decisiones. He visto en innumerables ocasiones cómo los atletas pueden pasarse horas, días y hasta meses observando una cascada antes de intentar bajarla. Conocer el movimiento del agua y el comportamiento del afluente es vital para evitar accidentes. Muchas veces, esto implica tener que salir del agua y hacer rappeles o simplemente caminar para no meterse en problemas. Así sucedió en la segunda y tercera porteada del día, para eludir dos rápidos muy peligrosos.

La sección media del río Jalacingo fue excitante y rápida; empezó con un tobogán precedido por un tronco atravesado. Luego un brinco de 15 m. Para entonces, el cansancio y la tensión comenzaban a hacerse presentes y Emily decidió caminar esta sección. El equipo sacó las cuerdas para escalar un pequeño cerro y continuar. Y fue entonces que se llegó a “Bukaki”, una de esas cascadas improbables geológicamente, casi imposible, pero perfecta. En la jerga del kayak, se suelen bautizar los rápidos y las cascadas con el fin de reconocerlos y “Bukaki” es uno de ellos.

Llegó la gran porteada, media hora de trekking para evitar toda una sección del río. No habían descansado hasta entonces y tampoco podían darse ese lujo. Al ver el reloj, supimos que sólo quedaban tres horas de luz y bastante por recorrer. ¿Serían suficientes? Remar a oscuras es muy peligroso y un riesgo que no estábamos dispuestos a asumir. Era el momento de decidir si continuar o no.

La luz se atenuaba, al igual que sucede en el teatro, justo antes de que la mejor escena suceda. Llegó el brinco más grande del día llamado “Twisted pleassure”, un pequeño tobogán que conecta con una intimidante caída de 20 m de altura. Pero la cuenta regresiva no paraba y todos corrían la cascada sin problemas, excepto Eric, quien estaba detrás de ésta, en una línea riesgosa. Una de las razones de formar un equipo de kayaquistas para descender un río como éste es justamente para ayudarse y cuidarse, por lo que entre todos, auxiliaron a Eric y logró pasar caminando el siguiente brinco. Así es que el “Dirty Sánchez” y sus 15 m verticales sólo lo bajaron Nick, Dane y Rafa. De nuevo con Eric en el agua, enfrentamos la última sección de resbaladillas y un salto de 10 m. Era una carrera contra reloj, el momento de remar fuerte y sin parar.
 
Sacamos cuerdas y bajamos nuestros kayaks los 35 m que quedaban. Con tan sólo 30 minutos de luz natural disponible, remamos una sección de rápidos de clase II hasta la camioneta. No sólo un kayac, amigos y la necesidad de adrenalina hacen posibles aventuras como ésta. Además de mucha habilidad y valor, se necesita trabajar en equipo y tener un profundo respeto por la naturaleza y los límites que ésta pueda definir. Cada línea de horizonte es una nueva cascada para este tipo de atletas, para quienes la única forma de seguir adelante es remando.   

Rafael Ortiz
Hace quince años, el récord mundial de caída libre en kayak era de poco más de 20 m y en el pasado mes de abril, Rafa igualó el descenso más grande de una cascada al bajar los 56 m (189 pies) de Palouse Falls, Washington. ”Es increíble ese momento en que todo se congela: el tiempo, las gotas que caen con tu mismo vuelo, la siguiente remada para mantener el ángulo de caída. Y definitivamente, no existe para mí mejor momento: ya estando abajo, volteo hacia atrás para ver el monstruo que acabo de conquistar”, nos comentó en exclusiva para la revista el joven kayaquista. Definitivamente, una perspectiva que a muchos sólo nos queda sólo en la imaginación.

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