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La astronomía entre los zapotecos

En Oani Báa, uno de los primeros edificios que se construyeron en la plaza principal fue el Edificio I; se erigió para observar el movimiento de las estrellas, de la Luna y del Sol.

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Este edificio fue construido en forma de punta de flecha, con la punta orientada hacia el grupo de estrellas de El Soplador (constelación de Orión).

A través de la observación los sabios aprendieron a identificar los ciclos de la Luna, del Sol y de Venus, conocimiento indispensable para llevar un control exacto del tiempo y un registro de los eventos celestes, como los eclipses, las lluvias de estrellas y el paso de los cometas que presagian buenos o malos augurios.

Saber leer la posición de las estrellas nos permite predecir los cambios de las estaciones del año y cuándo los días serán más largos o cuándo más cortos.

El observatorio astronómico se hizo tomando como modelo uno construido por otros zapotecos, antecesores de nosotros, que vivieron en el Valle de Tlacolula 250 años antes de la fundación de Monte Albán, en el pueblo de Caballito Blanco; ellos nos heredaron gran parte del conocimiento que los dioses le han dado al hombre.

En la plaza principal de Monte Albán no sólo se ha levantado un edificio para la observación del cielo, también aprovechamos otros espacios que nos sirven para vigilar el movimiento deI Sol por las sombras que se reflejan en ciertas áreas de los edificios.

En el centro de la escalinata del Edificio P y en la parte superior del Edificio H se construyeron dos cámaras que nos permiten observar la luz que proyecta el Sol en su interior. En dos fechas a lo largo del año el Sol pasa por la parte más alta del cielo, en el cenit, y un rayo de luz penetra por un ducto para hacernos saber con exactitud el momento en que hay que realizar la ofrenda a Cocijo, a fin de que nos mande suficiente lluvia que humedezca la tierra y llene los nacimientos de agua, y a Pitao Cozobi, diosa del maíz, para que tengamos abundantes cosechas y nuestro pueblo no pase hambre.

También el conjunto de montañas que nos rodean lo utilizamos como referencia para registrar el movimiento de los habitantes del cielo.

Para enseñarnos, a los jóvenes, el gran sacerdote se sienta en el quicio de la entrada del observatorio, con las herrainientas necesarias para leer las estrellas: algunas jícaras llenas de agua que reflejan el cielo y que nos dejan observarlo sin mantener la mirada fija en él, y cordeles de hilo de algodón de los que cuelgan péndulos de piedra, con los que puede calcular el desplazamiento de cada una de las estrellas o de los grupos de estrellas; otra herramienta útil es una cruz elaborada con madera o hueso, que es usada como compás: se sujetan dos de sus extremos y se abren o cierran .según el caso, haciéndose más amplio o más reducido el ángulo por el que se observa.

Para que estos datos no se pierdan hemos tenido la necesidad de crear un sistema de registro que cualquiera de nosotros pueda entender. Los datos los dejamos plasmados en piedras talladas, telas, pieles de animales, madera, huesos o cerámica, e inventamos símbolos que copian los elementos de la naturaleza que nos rodea pero que en realidad representan fechas calendáricas basadas en los fenómenos astronómicos, como cuando el Sol se come a la Luna o cuando las estrellas se caen del cielo.

De todos los jóvenes nobles que asistimos a recibir el conocimiento de los ancianos, sólo unos cuantos resultaremos elegidos para hacernos cargo de la casa de las estrellas y de la sabiduría que se guarda en ella.

Dicen los sabios que siempre debemos estar observando el cielo, porque a través de él los dioses se comunican con nosotros, nos envían mensajes, nos anuncian los malos presagios y nos enseñan a vivir en armonía con la naturaleza que nos rodea y con nosotros mismos. Por eso siempre tomamos un momento para observar el cielo, en el día y en la noche, y así vamos aprendiendo a adivinar, a conocer cuál será nuestro destino al día siguiente o durante nuestra vida, así como los diferentes eventos que protagonizará nuestro pueblo, nuestra raza, que es eterna.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 3 Monte Albán y los zapotecos / octubre 2000

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