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La Capilla del Ochavo de la Catedral de Puebla

A diferencia de otros monumentos de su género, la Basílica Catedral de Puebla de los Ángeles conserva prácticamente intactas sus instalaciones y anexos.

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Ediflcada a partir de 1575, la obra fue levantada con suma lentitud, debido, entre otras cosas, a lo ambicioso del proyecto, a la carencia de recursos y a la existencia de una primitiva iglesia que no hacía tan urgente la nueva. Para principios del siglo XVll apenas si se levantaban un poco los muros laterales y se tenía la cantera para los monumentales machones o columnata. Era tal la lentitud de la construcción, que los morosos decían “te pagaré cuando concluyan la catedral” .

Y esto fue hasta 1640, cuando, habiendo arribado de España don Juan de Palafox y Mendoza, hombre de bríos y gran organizador, logró concluir a marchas forzadas la obra negra e interiores, para consagrar solemnemente el preciado recinto, el 18 de abril de 1649, en presurosa ceremonia, puesto que tenía que partir a un destierro político que le impusiera el rey por su pugna con la Companía de Jesús.

Tuvo tiempo, no obstante, para iniciar y dejar muy avanzada la “Sala de Cabildos”, de gran capacidad y con formidables bóvedas y cúpula. Originalmente, entre este edificio y la propia iglesia mayor se planeó un claustro a la manera de las catedrales españolas, proyecto que se desechó muy pronto, debido a las necesidades de espacio y a que la construcción había abarcado la totalidad de la manzana.

En la esquina sudeste del conjunto se ideó, desde un principio, un recinto fuerte que hiciera las veces de sala del “tesoro”, pues la mayoría de las iglesias de este tipo lo requiere. Se trata de un espacio donde se guardan todos los objetos de culto y de ornato elaborados con metales preciosos y joyería, en pocas palabras, lo que hoy llamaríamos una bóveda tipo bancaria.

En la sesión del cabildo de julio de 1674 se aprobó la obra, encargando su construcción al afamado arquitecto don Carlos García Durango, muy conocido en Puebla, ya que había intervenido en el cerramiento de algunas bóvedas y concluyó felizmente la torre norte.

El diseño fue muy de la época: una sala, a manera de capilla, de planta octagonal; que en aquellos tiempos se denominaba “ochavada “, inscrita en un casi cuadrado de 10 m por lado, de tal forma que cada uno de sus ocho lados tiene 3.20 m de ancho, por 7.30 m de altura, hasta la base de la cúpula sin tambor que remata el recinto, y la cual es de muy suaves lunetos, acentuados por cenefas de yesería doradas. Vista desde fuera, la capilla tiene un aspecto agradable, es la esquina de la manzana que ocupa la Catedral, y su cimborrio, aunque bajo, llama la atención por el recubrimiento de ladrillos que arrancan de una especie de entablamento, y la linternilla tiene remates de cerámica de Talavera, terminando en una veleta de hierro elegantemente forjada.

El “Ochavo” se hizo famoso desde su conclusión, dando nombre a una de las calles que se esquinan (hoy 5 Oriente y 2 Sur). Además, la posterior construcción de los aposentos para padres y servidumbre que rodean a la capilla, no le hizo perder su forma llamativa.

El ingreso se hizo deliberadamente difícil ya que hacía las veces de caja fuerte. Se puede llegar a ella a través de un pasillo ancho al que se le llama “el claustro “, como recuerdo del que ahí se iba a construir; aunque la palabra no pudo ser rnejor aplicada, dado su significado de “cerrado “Si quisiera entrarse desde la calle, se tendría que abrir la reja exterior, muy gruesa, con una impresionante cerradura, luego subir unas gradas para salvar el desnivel propio del terreno en esta área de la ciudad, abrir otra reja de pesados barrotes y luego una de madera muy sólida; inmediatamente, y en el mismo acceso, otra reja de igual magnitud, de tal forma que en una sola puerta hay tres impedimentos, dos de hierro y uno de madera. Salvando estos obstáculos, ingresa uno al “claustro” o pasillo descrito. La puerta de la capilla es amplia, aunque ciertamente baja, enmarcada en unas jambas y dintel de piedra; en época reciente se ha colocado en ella un letrero que dice: “Capilla del Espíritu Santo”, puesto que se usa para ceremonias privadas, y se le ha agregado un altar que no tuvo antes.

Tiene una reja mucho más gruesa que todas las de la Catedral, de dos hojas con barrotes que se cierran aún más por roleos o adornos barrocos. La cerradura es fuerte y sigue funcionando con una llave muy gruesa, pero corta. Debido al peso de las hojas, tienen que deslizarse sobre sendos rieles curvos. lnmediatamente está la puerta propiamente dicha, de varias tablas gruesas reforzadas con clavos de hierro.

Los muros son realmente gruesos, casi de un metro, de tal forma que el vano permite un espacio reducido para que se guarden las puertas al estar abiertas, y tener un cancel de anchos vidrios, también de dos puertas.

En el interior, el espacio es muy agradable, pues, aunque relativamente reducido debido a la altura, proporciona una sensación de comodidad; la iluminación natural es profusa, puesto que entra en la linternilla de la cúpula y por las cuatro ventanas, reforzadas por doble reja de hierro y cristales. Hay que insistir en el afán de seguridad, toda vez que alojaba las alhajas y objetos valiosos acumulados a través de los años, como fuera la voluntad de un canónigo pudiente, don Juan Rodríguez de León Pinelo, quien desde 1633 testó a favor de su construcción, herencia que determinó en mucho la riqueza del recinto.

Desde el principio se diseñaron cuatro alacenas del tamaño de cada muro, aunque no tan altas, pero de mucha capacidad, con compartimientos apropiados para contener cálices, custodias, coronas, resplandores, ramilletes, blandones, cofones, crismeras, cruces procesionales, pectorales, anillos y demás alhajas propias de las grandes celebraciones. Por ejemplo, cuando se hacía función solemne, se sacaban los candelabros y demás adornos de plata que materialmente cubrían el altar mayor; la imagen patronal de la lnmaculada Concepción era revestida de un manto de perlas, corona de oro con pedrería y resplandor del mismo aurífero metal. Concluidas las solemnidades, se guardaba todo este tesoro en la bóveda dispuesta para tal efecto.

Esos armarios se cierran con puertas de dos hojas, de finos entablerados, y están limitados por “yarda china” y laqueados como era la moda “orientalista” del siglo XVll en Puebla. Dejan un espacio abierto con barrotes torneados para respiración interior, muy necesaria en donde se guardan cosas de plata, oro y bronce, y todas las puertas se afinnan con su buena cerradura.

Se dice que al principio los muros estaban desnudos, apenas si pintados imitando mármol, con algunos cuadros colgados de los mismos, lo que la hacía pobre a la vista, y es por ello que otro insigne canónigo, de buen gusto y mejor bolsa, el maestrescuela don José Salazar Baraona, decidió decorarla decentemente, obsequiando las pinturas de su colección privada, más otras que ya existían en la iglesia.

Puesto que eran numerosas las obras, aunque de reducidas dimensiones -prácticamente un lote de miniaturas-, se hizo preciso ubicarlas cuidadosamente, con el estilo de moda. El simple enmarcado no era suficiente, por lo que se pensó en separarlas en tres partes o lotes, aparentemente sin ningún patrón iconográfico, buscando cierta simetría y distribuyéndolas en espacios que abarcaban desde las cornisas hasta el piso. Con el fin de dignificar las obras y realzarlas, se fueron envolviendo en una maravillosa talla de madera de cedro y ayacahuite, esta última de gran resistencia a las termitas y demás insectos. Quedaron así el equivalente de tres retablos de maravilloso trabajo, compuestos de roleos muy atrevidos que se entrelazan en una magnífica complicación, pues sobresalen considerablemente del muro, dando la sensación de áureas nubes en un prodigioso espacio celestial, que se abren solamente para dejar ver pinturas, relicarios y otras cosas devotas. En cada uno de los tres elementos se talló en el centro un conjunto de tres angelitos que sostienen la base de lámparas que desaparecieron con el tiempo.

La madera, escrupulosamente trabajada en curvas y retruécanos, fue recubierta con oro de veintitrés y medio kilates, tal y como indicaban los cánones exigentísimos del barroco exuberante. En cada retablito se colocaron los cuadros, cuidadosamente enmarcados en “yarda china”, un acabado profusamente ondulado y laqueado en negro para contrastar con el dorado. Como era preciso dar simetría. No pudo respetarse una estricta disposición iconográfica, de tal forma que imperó más el tamaño que el significado, lo cual no va en detrimento del conjunto, toda vez que no había culto en el recinto.

Aunque seria prolijo enumerar las obras de pintura y otros materiales que adornan esos elementos, describiremos algunas de ellas. Primeramente una colección de pinturas sobre lámina de cobre con escenas de la vida de la Virgen Maria, llamadas comúnmente “Misterios”, entre las que destacan “Maria y José pidiendo posada”, que representa a la Virgen embarazada, lo cual era un asunto tan delicado que siempre se evitaba; “La Visita de la Virgen a su Prima Santa lsabel”, de gran fuerza, y con la misma desenvoltura de la anterior, pues en ésta las dos mujeres muestran su muy desarrollado embarazo; “El Nacimiento del Niño Jesús”, “La Presentación del Niño Jesús en el Templo”, “La Huida a Egipto”, con un perfecto dominio de la luz que parte de la antorcha portada por el ángel, Otras de la misma serie que por su estilo, composición y detalles, se deduce que son flamencas, son de la misma colección quizá que las que se exhiben en el Museo de San Agustín de Querétaro y en la Pinacoteca de la Academia de San Carlos o en el Museo Universitario de Puebla, Las magníficas escenas siempre tienen un detalle propio del maestro pintor; por ejemplo, en la mayoría aparece un perro, que nada tendría que hacer en el asunto pero que da el toque exótico, Estas obras son las de mayor tamaño.

El canónigo Salazar debió conocer muy de cerca, dado el número de cuadros que poseía, al afamado maestro don Juan Tinoco, poblano de origen y que llenó toda una época de la pintura virreinal, ya que los retablos del “Ochavo” tienen numerosas escenas pintadas con exquisito cuidado. Son de llamar la atención, entre otras, un Santiago Apóstol en brioso corcel blanco, como manda la tradición, de mucha fuerza y expresividad, a tal grado que fue seleccionada para estar en una exposición temporal en Compostela, Galicia, España, con motivo del Año Santo. Su contraparte es un San Femando a caballo, en plena acción de ejecutar a los moros invasores. Un San Felipe de Jesús, entonces sólo beato, muy emotivo, martirizado en la cruz por unos japoneses de ojos muy grandes, puesto que el autor debió desconocer sus rasgos faciales. Una Santa Catalina de Sena recibiendo los estigmas de Cristo, y por encima de todas y quizá la más importante obra del maestro en este recinto, el “San Miguel del Milagro ” , en donde el indio tlaxcalteca Diego Lázaro de San Francisco observa cómo el Arcángel Miguel hace brotar una fuente milagrosa en las inmediaciones de Cacaxtla. El aborigen está envuelto en la penumbra, como corresponde a su categoría de no santo, que, por lo tanto, no debe llamar mucho la atención.

En los tres retablos se acomodaron cuadritos con diminutas pinturas llamativas por sus cortas dimensiones (apenas 3 por 3 cm), que se “adornaron” con fragmentos y astillas de huesos humanos, presumiblemente restos y reliquias de distintos santos muy antiguos. Afortunadamente, en algunas de ellas encontramos las firmas de los autores, los miniaturistas Luis y Antonio Lagarto, el primero granadino de gran fama, que llegó a Puebla a finales del siglo XVl, elaborando y miniando las letras capitulares de los antifonarios del coro catedralicio.

De gran calidad resultan las otras pinturas pequeñas, todas sobre lámina de cobre, de claro origen de Flandes (hoy Bélgica y Países Bajos), como una que representa “La Cena de Emaús”, digna de presumirse en el más afamado museo, cuyos detalles llegan a plasmar las vajillas, alimentos y adornos, quizá del siglo XVl, sobre una mesa.

Tienen un lugar especial los ” Agnus “, medallones de cera tomada del “Cirio Pascual”, que fueron moldeados con una estampa en relieve y la leyenda alusiva al Pontífice reinante, así como el año de pontificado del mismo, en la mayor parte del siglo XVl.

Entre los anónimos hay uno que pretende representar “El Verdadero Retrato de la Virgen María “, que mucho se parece en realidad a la reina lsabel la Católica, lo cual indica hasta dónde llegaba la devoción por esa soberana. El retrato fue adornado con una placa de plata, del mismo siglo XVll, con la leyenda “Tota pulchra es Amica Mea” (Toda Hermosa eres amiga mía). Se le añadieron unos vidriantes como complemento. Viendo el cabildo la magnífica composición de esos retablos, solicitó al gran maestro Cristóbal de Villalpando, que por entonces trabajaba en la decoración de la cúpula del Altar de los Reyes, que pintara tres temas, dos para la pared alta de las alacenas y uno para el retablo. Se trata de “El Arca de Noé”, “El Paraíso Terrenal” y el “Martirio de Santa Catarina”, con su peculiar estilo de centellas, rayos, claroscuros y complicadas composiciones.

En los otros muros se tienen unas pinturas sobre lámina de cobre que representan “El Juicio Final” y “La Anunciación”, que por sus características, detalles y composición parecen ser obra del italiano Tadeo Zuchari, quien trabajó para el templo del “Gesú ” en Roma.

Un lugar preferente tiene un Cristo crucificado tallado en marfil, de claro origen chino y que llegó a Puebla a través de los comerciantes acaparadores de las mercaderías de la Nao de Filipinas; el rostro está muy bien logrado y sólo se pintaron el cabello, barba y ojos. La cruz es de ébano con incrustaciones.

En uno de los retablos se exhiben dos laminitas de cobre pintadas por el célebre Juan de Arrué, en una de las cuales se representa a ” Jesús y la Samaritana ” y la otra a ” Jesús caminando sobre las aguas ” .Cabe señalar que la única referencia que se tenía de este autor es que vino a la Nueva España como uno de los primeros pintores, de tal manera que creó escuela en estas tierras.

En el retablo central se encontraron, al realizar obras de limpieza y restauración, cuatro obras sensacionales de plumaria. Su calidad y caracteristicas permite fecharlas hacia finales del siglo XVl o principios del XVll. Son una estupenda Sagrada Familia, un San Pedro, un San Juan Bautista y un San Francisco. En su manufactura no interviene ningún tipo de pintura, salvo papel dorado finamente recortado; todo lo demás, incluyendo ojos, cejas, barbas, bigotes, etcétera, son aplicaciones de capas delgadísimas de plumas de distintas aves, principalmente de colibri, las que a pesar del tiempo lucen su iridiscencia. En su época de esplendor, este recinto estuvo recubierto con finísimo tapiz de terciopelo de bellos diseños, lo que debió darle un toque majestuoso.

La capilla del “Ochavo”, o Sala del Tesoro, funcionó como tal hasta el siglo XlX, en que los avatares políticos y conflictos militares obligaron al clero a resguardar su acervo en sitio más seguro.

Cabe mencionar que esta magnífica obra del arte poblano del siglo XVll es contemporánea de la Capilla del Rosario del templo de Santo Domingo, y de San Cristóbal, en la misma ciudad, por lo que no seria raro que los maestros talladores, como Esteban Gutiérrez y otros, hayan puesto su talento en la decoración de la capilla catedralicia. El “Ochavo”de la Catedral de Puebla es una de las obras arquitectónicas y artísticas más notables de la Angelópolis, en la cual, como dijera un afamado predicador del siglo XVlll, “…concurren en él para constituirle a todas luces real y majestuoso tantas cosas dignas de admiración y alabanza…envidia de la gentilidad y maravilla del orbe”.

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