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La casona, rescate de un inmueble deteriorado (Distrito Federal)

Resulta poco usual en nuestros días adquirir una propiedad en avanzado estado de deterioro para convertirla, gracias al esfuerzo y la creatividad, en un espacio novedoso que brinda al visitante la oportunidad de remontarse al pasado, aunque con las comodidades de la vida moderna.

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Lo que más afecta a un inmueble, además de los fenómenos naturales y el paso del tiempo, es el abandono; la habitabilidad de un espacio se ve reducida gradualmente en cuanto no se vive en ese lugar, por lo que la parte primordial de un rescate se basa en el uso que va a devolver a los espacios perdidos una utilización nueva y congruente.

Los usos, la imaginación, y la visión que se tengan, ante la oportunidad que dan generosamente estos espacios, son la base del aprovechamiento natural e inteligente y la afirmación concreta de que es mejor reutilizar que tirar para volver a empezar.

Sin embargo la escasa variedad de propuestas de uso, oficinas, museos, o el pequeño restaurante, (o los servicios de moda), han limitado muchas oportunidades. ¿Por qué no pensar en un hotel o en cualquier función diferente a lo tradicional?

En el caso de La Casona, el licenciado Rodolfo Roth, quien adquirió este inmueble, propuso y logró algo fuera de lo común: un pequeño hotel en el corazón de la Ciudad de México funcionando en una casa de principios de siglo, algo que parecería descabellado y que hoy es un hecho. Mientras tanto, algunas viviendas de los alrededores que se derrumban en el abandono o piden otro uso, con el tiempo, tal vez nos reserven una agradable sorpresa.

Quisiera citar dos pensamientos que dan respuesta a la problemática del rescate de este tipo particular de vivienda y que sirven como reflexión, a quien quiera aventurarse, ya sea como arquitecto, o bien como promotor en una inversión similar.

En el número 10 de la revista México en el Tiempo, en el artículo “La conservación de la Arquitectura del pasado”, el arquitecto Víctor Jiménez esboza entre otras ideas, que “cualquier restauración, es una intervención contemporánea, aunque no lo confiese”.

Por otro lado, y respecto al mismo asunto, me gustaría citar un párrafo del libro ” ¿De que tiempo es este lugar?”, de Kevin Linch, donde nos habla de “recordatorios fragmentarios”, “…Por ello, no es preciso que nos preocupemos excesivamente de la conformidad perfecta con la forma pasada, sino más bien de buscar un uso para los restos que fortalezca la complejidad y el significado del escenario actual…”.

La Casona es un conjunto de 8 viviendas localizado en la esquina que forman las calles de Cozumel y Durango, en la colonia Roma de la Ciudad de México, es decir a una cuadra de donde antaño se ubicaba la plaza de Toros de la Condesa, solar ocupado actualmente por una tienda departamental. Según se puede ver, hay una placa que indica que la construcción fue realizada por el ingeniero M. Hernández Cabrera, en el año de 1923.

Las casas forman una unidad, ya que están construidas como un solo edificio, sobre una superficie aproximada de 720 m2 de terreno que comprenden 1300 m2 entre construcciones originales y algunas modificaciones posteriores.

Originalmente, el edificio se distribuía en dos plantas, con algunas ampliaciones en las azoteas, y tenía un frente de 36 metros hacia la calle de Cozumel y 20 metros hacia la calle de Durango, con una altura promedio sobre el nivel de banqueta de 9 metros, un primer entrepiso de 3.30 metros, promedio de altura, y el segundo nivel con 3.90, también promedio de entrepiso, completando la altura total el pretil en azotea. Se trata de una fachada “ecléctica”, típica de las casas porfirianas de finales del siglo XIX y principios del XX, y aunque fechada en 1923, es tal vez una de las últimas construcciones totales de este estilo, ya que en las edificaciones cercanas y sobre todo a causa del crecimiento de la ciudad hacia la colonia Hipódromo Condesa, es más común encontrar las primeras manifestaciones del art- deco, y otras con modos eclécticos.

Debido al abandono que padecía el inmueble y a que sólo una de las viviendas continuaba habitada en 1994, además del local de la esquina ocupado como una accesoria de venta de vinos, los acabados estaban en pésimo estado, habían desaparecido casi todos los cielos rasos de tela y los que no, se veían abombados por la humedad y la falta de mantenimiento; los trabajos de yesería en remates se habían desprendido o simplemente no existían; las instalaciones hidráulicas sanitarias y eléctricas, habían dejado de ser útiles hacía ya varios años y los acabados de los baños y muebles en la mayor parte de los casos habían desaparecido. De las puertas, obscuros y ventanas de madera se pudieron seleccionar y reparar casi la mitad de las que había originalmente.

Lo más dañado de la construcción era sin duda la fachada en la esquina de las dos calles, ya que los accesos y las ventanas de la calle se habían modificado y destruido totalmente, para abrir claros horizontes, con el fin de colocar cortinas metálicas para el comercio y también se había un letrero de cajón de luz neón que ocultaba parte de la balaustrada y de los detalles de la fachada.

Las viviendas estaban enlazadas con muros divisorios comunes y distribuidas en torno a un acceso con un vestíbulo alargado, mitad pasillo, mitad escalera de una sola rampa. El salón daba hacia la fachada y el comedor hacia el patio interior o directamente ventilado e iluminado hacia la cocina y la azotehuela que formaba el patio de iluminación interior. Tenía además un área de servicio y lavado y las escaleras conducían a la planta alta, con un arribo al centro del espacio dejando así un baño común y la recámara principal hacia las fachadas a la calle; algunas de las otras habitaciones daban a patios interiores. Estas distribuciones originales se encontraban afectadas por ampliaciones y sobre todo por el uso del patio de servicio como depósito de basura, baño y, en algunos casos, cuartos para empleados domésticos.

Partiendo de esa unidad edificada, había que proyectar un hotel con un mínimo de treinta cuartos, todos con baño, espacio de roperías y almacén, una sala lobby, un comedor exclusivo para huéspedes, con una cocina y espacios ejecutivos, así como un pequeño gimnasio. Además era necesario regenerar los patios interiores existentes.

La solución propuesta fue a grandes rasgos, localizar una escalera en el punto más céntrico posible del edificio, pues había seis escaleras, una para el acceso de cada vivienda. De estas, sólo una se conservó en su posición con el fin de tener una salida de emergencia del primer nivel hacia la calle. La distribución de los cuartos se planteó con base a un pasillo que uniera centralmente los espacios con las habitaciones a los lados, gracias a la presencia de los patios, este pasillo posee iluminación y ventilación natural en sus dos plantas, lo cual le da una riqueza de composición a la sucesión de cuartos y sus accesos, iluminación y ventilación, de las que carecen por lo general los hoteles modernos. La distribución que ya tenía la casa favoreció a la colocación de un puente-galería realizado en metal y vidrio que logró, además de romper la monotonía normal de un pasillo, que todos los cuartos tuvieran ventilación e iluminación natural, y que los baños contaran con esta misma característica de confort, cosa que no es usual en los hoteles contemporáneos.

Las áreas comunes fueron surgiendo a medida que los patios quedaron liberados de las mencionadas construcciones de servicio.

Era necesario restituirle a la fachada su aspecto original. Además se recuperaron los vanos y se realizó la cancelería en madera, se hizo de nuevo el trazo de los sillares coloreándolos para destacar los marcos, las cornisas y las balaustradas de la fachada. Colocando una jardinera exterior con reja, lo que se consiguió resguardar los elementos expuestos. Con eso, la residencia lució de nuevo como una gran casona de principios de siglo con un aspecto que tal vez ni en sus mejores días tuvo.

En la azotea y con materiales ligeros se construyeron el gimnasio, el área de oficinas, el centro ejecutivo y los servicios para los empleados. Estas construcciones no lesionan visualmente el conjunto total.

Por la calle de Durango, se accede al hotel por un antevestíbulo, de ahí sigue la recepción, la sala de lobby y el patio azul que con su muro de máscaras antecede la entrada al salón comedor. Al fondo de éste se localiza el patio principal con una terraza cubierta y un área exterior, desde la cual se aprecia la galería-puente de metal y vidrio, la fuente de cantera y lámina con acabado óxido y el volumen semicircular que forma la ampliación de baños. Todos estos elementos están enmarcados por áreas jardineras, y gracias a los trabajos de recimentación se aprovechó uno de los cajones para hacer la cava del hotel y un pequeño espacio para degustación de vinos.

El hotel y su temática

Se pensó que la música fuera el tema principal del hotel, pero poco a poco se fue enriqueciendo con otros elementos como la idea de la sorpresa y la fantasía, la personalización de los cuartos, diversos temas, el descubrimiento y reutilización de espacio, la compre de muebles antiguos.

Para concluir, me gustaría reiterar que el hotel cuenta con los servicios más modernos. Es una muestra de lo que puede lograrse con inmuebles similares recuperando zonas deterioradas para restituir al paisaje de la Ciudad de México algo de la magia de un pasado ya desaparecido.

Fuente: México en el Tiempo No. 17 marzo-abril 1997

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