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La cerámica plumbate

La inquietud que durante largo tiempo agobió al señor 7 Flor, jefe de los comerciantes de Tula, desapareció de inmediato cuando varios mensajeros le llevaron la noticia del arribo de los mercaderes procedentes de las lejanas tierras de Guatemala. La algarabía que se desató entre la bulliciosa población anunciaba el advenimiento de este grupo de esforzados pochtecas que habían tardado muchos ciclos lunares en cruzar peligrosos territorios para traer, además de preciados objetos, noticias de allende las altas montañas del sur.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.

La inquietud que durante largo tiempo agobió al señor 7 Flor, jefe de los comerciantes de Tula, desapareció de inmediato cuando varios mensajeros le llevaron la noticia del arribo de los mercaderes procedentes de las lejanas tierras de Guatemala. La algarabía que se desató entre la bulliciosa población anunciaba el advenimiento de este grupo de esforzados pochtecas que habían tardado muchos ciclos lunares en cruzar peligrosos territorios para traer, además de preciados objetos, noticias de allende las altas montañas del sur.

Después de haber cumplido con los ceremoniales que requería el protocolo de bienvenida a los viajeros, y especialmente la realización de ofrendas y rituales a los dioses protectores, en particular al numen del comercio, los sirvientes procedieron a desempacar la preciosa carga, mostrando una a una las piezas que en conjunto poseían un alto valor comercial y que servirían para intercambiar con la nobleza, en el mercado o en forma particular, por materias primas de gran demanda en el mundo maya, así como por esclavos, por textiles o por jóvenes doncellas que serían destinadas al matrimonio en lejanas tierras para afianzar las alianzas políticas y comerciales.

Además de los ornamentos de jade que luciría el señor de Tula en las próximas festividades dedicadas a Quetzalcóatl, los comerciantes toltecas esperaban ansiosos las delicadas vasijas de color plomizo que se utilizaban en los ritos particulares de los guerreros. A estos recipientes se les atribuían un elevado valor mágico, pues se pensaba que la fuerza del personaje o del animal sobrenatural se guardaba ahí mismo. Por esta razón, cada año los toltecas y otros pueblos de la región central solicitaban a los artesanos de Guatemala la elaboración de vasijas muy especiales con las imágenes de los númenes patronos o de los ancestros.

El elevado valor que se le confería a esta cerámica derivaba de su exclusiva producción en la región sur del mundo maya; el alto contenido de elementos vítreos y agregados férreos en la arcilla, cuyo cocimiento requería, además, del empleo de hornos de alta temperatura, daban como resultado que los vistosos recipientes mostraran un brillo metálico y un vidriado único en el arte alfarero de toda Mesoamérica.

En esta ocasión, a solicitud de los toltecas se habían traído vasijas con la representación de jaguares en solemne actitud ritual, mostrando sus fauces abiertas, dispuestos a emitir feroces rugidos, como los gritos de los guerreros cuando atacaban a sus enemigos. También trajeron coyotes y perros en actitud fálica destinados a las ceremonias de iniciación de los jóvenes que ingresaban a la escuela de los nobles. Entre todas las vasijas destacaban dos, una con la forma de un guajolote, animal que tenía que ver con el fuego y con la guerra, y la otra semejaba a un guerrero coyote; esta última había esperado largo tiempo a que los artesanos que trabajaban la concha la recubrieran con diminutos mosaicos de madreperla y cuyo resultado final sería un ornamento precioso con su enigmático brillo blanquecino, destinado como ofrenda a un sacrificio de carácter guerrero.

Muchas centurias más tarde, en pleno siglo XX, los arqueólogos finalmente descubrieron los sitios de producción de esta peculiar cerámica en la zona fronteriza de Guatemala y México y determinaron la existencia de dos etapas estilísticas y de creación en este material; a la primera la llamaron San Juan y corresponde al final de la época clásica, mientras que la otra tiene como nombre Tohil y define temporalmente al mundo tolteca, por lo que se le considera uno de los marcadores cronológicos más definitivos del Posclásico temprano, cuyos eventos se desarrollaron con posterioridad al siglo X después de Cristo. Mientras la vajilla San Juan es exclusiva del sur del mundo maya, la cerámica plumbate estilo Tohil se encuentra dispersa por un amplio territorio del ámbito mesoamericano.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 6 Quetzalcóatl y su época/ noviembre 2002

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