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La colección Guarijía del Museo Nacional de Antropología

Desde hace varios siglos, la gran región de barrancas que forma los afluentes del río Mayo Alto ha sido el hábitat de uno de los grupos indígenas menos conocidos del noroeste mexicano: los guarijíos.

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La población habitante de guarijío habita en algunas localidades al sur de los estados de Chihuahua y Sonora; se calcula que son cerca de mil en las comunidades sonorenses y en las de Chihuahua tres mil.  Es posible que el término guarijío derive de wari, vocablo que en su lengua designa a los cestos de palma elaborados cotidianamente por las mujeres para ser utilizados como recipientes y contenedores. Pero ellos se llaman a sí mismos makuráwe, palabra que nos ha sido traducida de dos maneras distintas: “los que agarran tierra ” o “los que están lejos”  Por su parte, los estudios lingüísticos clasifican al guarijío como una lengua de la familia yutoazteca, muy cercanamente emparentada con el tarahumar; sin embargo, la variante hablada por los guarijíos de Sonora presenta también muchas similitudes con Ias Ienguas cahitas, especialmente con el mayo.  Situados en eI corredor de barrancas por eI que descienden hacia eI mar Ios cauces deI Mayo y eI Fuerte, Ios guarijíos prehispánicos debieron tener contactos con Ios pimas al norte, con los cahitas al sur-sureste y con Ias avanzadas tarahumaras al oeste y suroeste.

Aunque de manera tal vez incipiente, esos grupos cultivaban maíz, lo que hace posible suponer que Ios guarijíos también debieron hacerlo. La ascendencia común y Ios intercambios se manifiestan, además, en Ia existencia de conceptos religiosos y prácticas rituales que revelan una herencia compartida, como es eI caso deI complejo ceremonial llamado tuburi o dutuwuri. 

La necesidad de aprovechar al máximo Ios exiguos recursos que se obtienen con Ias tecnologías nativas produjo Ia fragmentación y dispersión de los núcleos poblacionaIes. A su vez, esto fomentó Ia ausencia de estructuras de organización social operantes en el nivel intercomunitario. Solamente los núcleos de población más cercanos, territoriaI y afectivamente hablando, se reunían en contadas ocasiones, casi siempre para guerrear o celebrar aIguna actividad ceremoniaI. Además, Ia sujeción económica y política a Ia que fueron sometidos los indígenas por los patrones yori también contribuyó a restringir los contactos intercomunitarios y a reforzar ese patrón de aislamiento.  Las crónicas coloniales no son claras cuando mencionan aI grupo: híos, varohios, uarijios, macoyahuis y otros nombres más hacen vaga referencia a indígenas que no fueron domeñados totalmente por el sistema colonial. El jesuita Andrés Pérez de Ribas dice que en 1632, aliados a Ios guazapares, Ios varohios dieron muerte a dos sacerdotes de esa orden y quemaron Ia misión de Chínipas. Después, ante Ia represión española, se dispersaron por Ias partes más intrincadas de Ia sierra y allí se mantuvieron reluctantes a establecerse bajo el régimen misional; desde entonces, Ios guarijíos fueron considerados como una especie de cimarrones.   

Los subgrupos guarijíos     

A pesar de que Ias misiones deI rectorado jesuita de Chínipas se volvieron a edificar hacia principios deI siglo XVIII, el alcance de Ia penetración colonial en Ia zona fue muy desigual. Esto provocó una división que se encuentra con frecuencia en Ia etnohistoria de todo el noroeste de México: por un lado, Ias comunidades centradas en torno a Ia misión, muchas veces con población intertribal integrada al sistema económico y tecnológico colonial; por el otro, aquellas poblaciones que más bien se mantenían periféricas al régimen misional y que se reproducían sin depender demasiado de Ios elementos materiales y sociales introducidos por los españoles. Desde luego, el resultado general del contacto europeo-indígena fue el desarrollo de un proceso sincrético, pero Ias formas particulares de ese proceso adquirieron un alto grado de variabilidad en los diferentes grupos y subgrupos. Esta dinámica se puede apreciar en el caso de los guarijíos. En efecto, Ias comunidades de Chihuahua, que tienen por núcleo lugares que antaño fueron sede de misiones jesuitas y que presentan una serie de sugerentes similitudes con sus vecinos tarahumaras, se diferencian sensiblemente de aquellas donde habitan los guarijíos más occidentales, quienes en Ias comunidades sonorenses se han mezclado con mayos y tienen influencias de ellos en varios aspectos culturales. 

Los guarijíos de Chihuahua festejan Ia Semana Santa y Ias fiestas patronales como fechas muy importantes de su calendario ceremonial; en cambio, Ios de Sonora centran su sistema ceremonial en Ios rituales conocidos como Cava Pizca, Tuburi y Velación para muertos, Ios cuales mantienen profundas características de origen no cristiano, a pesar de que algunos símbolos de Ia nueva religión aparezcan de manera preponderante. Esta diferencia en Ios sistemas ceremoniales de ambos subgrupos guarijíos no sólo es importante en el acomodo deI calendario festivo, sino también sugiere que el subgrupo sonorense rituaIiza casi exclusivamente Ios momentos culminantes de los ciclos agrícolas y de vida, mientras que el subgrupo de Chihuahua celebra fiestas que claramente destacan el papel del núcleo ceremonial centrado en Ia iglesia y el pueblo. Además, el sistema de cargos asociado a cada tipo de ceremonias muestra que también hay diferencias en el sistema de organización social. 

Hasta hace algunos años, los guarijíos de Sonora vivían bajo un régimen de peonaje muy cercano a Ia esclavitud, sin tener propiedad legal de su tierra ni Ia posibilidad de fortalecer Ias relaciones entre Ias diversas rancherías. Sin embargo, a fines de Ia década de Ios setenta, Iuego de una intensa Iucha en Ia que estuvieron involucrados grupos guerrilleros, Ios indígenas obtuvieron dotaciones de tierra, constituyendo Ios ejidos de Mesa Colorada, Guajaray y Los Conejos; en esos años, el Instituto Nacional Indigenista comenzó a canalizar recursos institucionales para atenderlos.

En cuanto a su actual modo de vida, podemos decir que Ias familias guarijías habitan dispersas, distantes varios kilómetros entre cada pequeña ranchería. Sus casas son de adobe y troncos, con techos de varas y palma. Hasta hace no mucho tiempo se utiIizaban cuevas naturales como moradas. Aunque hay escuelas primarias en Bavícora, Los Bajíos y Mesa Colorada, no existen servicios como electricidad, agua entubada o clínicas. Cuando Ias necesidades de abasto, atención médica o de realizar algún trámite los obligan a ir a San Bernardo, deben caminar o cabalgar por varias horas, o incluso días si viven muy lejos, pues no hay otro transporte que los vehículos particulares o de gobierno que, de vez en cuando, transitan Ia brecha San Bernardo-Mesa Colorada.   

Los guarijíos enfrentan un medio físico hostil, poco adecuado para Ia agricultura. Viven fundamentalmente deI cultivo de maíz, frijol, chile y calabaza. Complementan su producción con Ia cría de animales, Ia recolección de plantas silvestres y Ia caza de algunas especies de Ia fauna local. Su tecnología agrícola no ha cambiado mucho en cientos de años. EI mawechi, es decir Ia milpa, se hace desmontando el terreno con hacha y machete, y después queman Ia maleza cortada para fertilizar el suelo con Ia ceniza. Para sembrar utilizan una barra de fierro, pues Ia tierra es rocosa y no permite el uso deI arado. Los mawechis se hacen en Ias laderas de los montes para aprovechar mejor los escurrimientos de Ias lluvias. Pero si éstas faltan o Ias heladas aparecen muy temprano, no hay cosecha. Entonces los guarijíos tienen que buscar trabajo como vaqueros y peones en los ranchos yoris de los alrededores o, si Ia situación se vuelve más apremiante, emigran temporalmente hasta los grandes campos de cultivos comerciales en Ias zonas costeras de Sonora y Sinaloa donde se emplean como jornaleros. 

La vestimenta actual es de factura industrial, similar a Ia que utilizan los campesinos pobres de todo el norte de México, y su reducido menaje doméstico (petates, ollas, cucharas, canastas, comales, platos, sillas, etcétera), lo fabrican con materiales que consiguen en sus tierras o en zonas no muy alejadas. La madera, Ia piedra, el cuero, Ia palma y algunas fibras vegetales constituyen casi todo el repertorio de materiales disponibles. Para todos los demás instrumentos, arreos, utensilios y productos dependen de los yoris.   

La colección guarijía deI Museo Nacional de Antropología   

En los años sesenta, al crearse el Museo Nacional de Antropología, se encargó a los antropólogos Fernando Cámara Barbachano y Ricardo Pozas realizar Ias investigaciones preliminares para hacer el montaje museográfico de Ia sala “EI Noroeste”. Como parte de ese proyecto, en mayo de 1961 Margarita Nolasco trabajó en Arechuyvo, Chihuahua, y allí adquirió algunas de Ias primeras piezas que integran Ia colección guarijía deI museo. A fines de 1978, Silvia González visitó San Bernardo, Guaiparín, EI Carrizal y Bavícora, donde consiguió cesteria, menaje doméstico, textiles e instrumentos musicales. En conjunto, Ias adquisiciones hasta ese momento sumaban 40 piezas.   

En 1991, un equipo interinstitucional trabajó en San Bernardo, Mesa Colorada, Guajaray, Bavícora y Los Bajíos para documentar ceremonias y adquirir materiales para el museo. A las máscaras, cestería, arreos y monturas, menaje doméstico, juguetes, indumentaria e instrumentos musicales, que engrosaron con 60 piezas más el catálogo de Ia colección guarijía, se suman también Ios registros fotográficos y documentales deI ciclo anual de Ia Cava Pizca.  Este complejo ritual incluye danzas y música (pascola y tuburi), procesiones y quema de cohetes, rezos y cantos no católicos, elaboración de cruces y altares presididos por Ias primeras mazorcas cosechadas y, como punto culminante, Ias representaciones humorísticas llamadas “Ios juegos”, en Ias que Ios pascoleros llevan el ambiente lúdico a su máxima expresión al recrear paródicamente el entorno vital de Ios guarijíos. Así, además de sacramentar Ia renovación deI ciclo anual, los guarijíos se reúnen para reafirmar sus Iazos y su identidad étnica. 

La colección guarijía deI Museo Nacional de Antropología nos permite atestiguar aspectos significativos de Ias principales actividades económicas deI grupo, Ias diferentes materias primas que Ies proporciona su medio ambiente y Ias técnicas que han desarrollado para trabajarlas. Otros aspectos que se reflejan en ella son el ceremonial y el lúdico, pues la colección cuenta con varias muestras de instrumentos musicales y parafernalia ritual. Finalmente, algunas piezas permiten apreciar las influencias externas que han incorporado los guarijíos en su propia cultura. Aunque no es muy numerosa ni espectacular, la colección es importante porque su análisis puede contribuir a un mejor conocimiento de los procesos de cambio, estabilidad y préstamo cultural por los que han pasado los makuráwe.  

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