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La cosecha de la miel. Ceremonia ancestral de la cosmogonía maya

En las entrañas del edén de Xel-Há se encendió la magia. Era medio día, justo al inicio del verano cuando fuimos invitados a presenciar un ritual maya extraordinario, lleno de símbolos, religiosidad y sincretismo.

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Asistir a la ceremonia de la cosecha de la miel de la abeja maya es una experiencia inolvidable por el misticismo implícito, por la carga emocional de una tradición que se defiende para seguir viva, por el misterio que conlleva el día elegido y porque la selva nos permitió adentrarnos en sus secretos. Ante ese panorama, me atrevería a decir que hasta al más escéptico se le mueve algo en su interior.  
   
La ceremonia fluyó con su propio ritmo y cronología. Tiene un sentido particular y un objetivo específico: que no se extingan las abejas de la especie melipona (Xunaan Cab), y que no se muera esta costumbre prehispánica, en la que se preparan ofrendas para que los dioses protejan y favorezcan una abundante cosecha de la miel.   
  
Junio y diciembre son los meses que enmarcan este ritual que se realiza cuando hay luna llena, días antes o días después.  
  
Así lo vivimos  Recorrimos, “lugar donde nacen las aguas”, protegido por tres guardianes: la iguana que cuida la tierra, la guacamaya que resguarda el aire y el pez lora que defiende las aguas, hasta cruzar el invernadero y llegar a un rincón selvático en donde colocaron el meliponario, una choza con una construcción piramidal a base de madera en donde tienen las colmenas, que están dentro de unos troncos llamados hobones, los cuales se abren únicamente en estas ceremonias para extraer la preciada miel.  
  
Cuatro bacabes (dioses de los cuatro puntos cardinales) protegen las esquinas del meliponario que cuenta con un altar adentro; a unos metros de distancia se encuentra el altar principal. En ellos están colocadas cruces cubiertas con pequeños vestidos indígenas bordados que dan cuenta del sincretismo presente en gran parte de las celebraciones en nuestro país.  
  
El ritmo  El rito tiene tres fases: en la primera, el sacerdote se prepara, ayuna y reza en su comunidad; en la segunda se disponen las ofrendas (13 hostias, 13 jícaras, 13 velas… por ser los niveles del supramundo maya); finalmente, la tercera es la ceremonia que presenciamos.  
  
Antes de iniciar, hicimos una meditación colectiva, teniendo como fondo los cantos de aves que habitan la región y el poder evocador del copal que purifica el lugar y aleja los espíritus malignos. Al llegar, el sacerdote maya bendijo a los presentes, mientras en otra sección se elaboraban guisos, entre los que destacaba un platillo a base de carne de pollo, chile habanero, masa, manteca de cerdo, especias, achiote, jitomate y cebolla, algo parecido al mucbipollo, plato típico de la región. Sobre los altares reposaban bebidas en jícaras y hostias, que son panes en los que se intercalan capas de masa y de pepita. Mientras el sacerdote seguía bendiciendo a las personas, las ofrendas y el meliponario, al fondo se abrieron los troncos para extraer la miel que empezó a fluir poco a poco, como el tiempo que se vuelve pausado místico y se prendieron las velas en los altares.   
   
La invocación  Los mayas tenían un dios de la abeja y de la miel llamado Ah Muzencab, a quien se le menciona en el Popul Vuh, en algunos libros del Chilam Balam y en códices como el Dresde; la divinidad está representada en y en Cobá como dios descendente en la pirámide, que cuida y guarda la miel. Oraciones en español y en maya, así como la invocación a dioses de ambas culturas son emitidas por el sacerdote, mientras con agua bendita y hojas de sipché bendice el recinto del insecto sagrado, objeto de veneración.  
  
El sacerdote nos tradujo después sus oraciones a los dioses, en las que les pide que venga la lluvia, que cuide a las abejas, que tengan comida y que no se mueran.  
   
A lo largo de la ceremonia, los músicos con violín, tarola y bombo interpretaron la llamada Maya Pax, considerada “la música de dios”, que empieza en un tono de alabanza hasta llegar finalmente al festivo, incluyendo ritmos de jarabes, fandangos y sones. “Los violines también rezan”, nos dijo uno de los músicos.  
  
Al final se limpiaron los hobones y se cerraron con una pieza de madera circular y con hojas de chaká que rellenan los bordes. Luego se sellaron con tierra roja para que no penetren plagas que puedan afectar los panales. Después de esto, se nos convidó a probar los guisos, las hostias y a beber el sacab (maíz con miel) y el baalché (madera de un árbol del mismo nombre, fermentada con miel).  
  
El valor  Para entender el clamor porque esta abeja no se extinga, es importante mencionar que se trata de una especie que poliniza las flores que están en lo más alto de la selva, de tal manera que si desaparece afectaría al ecosistema. ¡Y quedan tan pocas!, además de que su producción es mínima. En Xel-Há se producen en total entre 60 y 100 litros de miel al año, además la escasa cosecha hace que no sea financieramente viable para muchas familias que prefieren criar otro tipo de abejas, como la europea.   
   
Esperamos que los centros de Yucatán, que están tratando de intensificar la producción de miel, encuentren nuevas alternativas para cuidar esta maravillosa especie y que cada  seis meses, siglo tras siglo, se siga realizando esta ceremonia que revela la riqueza de la cosmogonía maya.  
   
Xel-Há  Es un parque ecoturístico en la Riviera Maya conformado por una laguna turquesa, un río y una exuberante jungla junto al mar. En impresionante acuario natural, los visitantes pueden nadar y hacer esnórquel, entre miles de peces multicolores. Más de hermosas 100 especies de aves, 230 diferentes plantas, flores y árboles y casi un centenar de especies marinas conforman el hábitat de esta maravilla natural en la que también se encuentran antiguos cenotes. Con la ceremonia a la que asistimos, este parque se propone promover y sensibilizar sobre el cultivo y conservación de la abeja melipona, así como rescatar, pero sobretodo difundir esta tradición maya. 

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