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La cueva que se convirtió en Qanat (Jalisco)

La espeleología proporciona un sinfín de satisfacciones, desde aquellas relacionadas con los retos mentales, como vencer la claustrofobia y el miedo a las grandes profundidades, hasta el gozo que envuelven esos momentos cuando se concluye la topografía de una cueva luego de interminables horas de trabajo entre lodo, guano, agua y frío.

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Por otra parte, es indescriptible la sensación de llegar al final de una de esas cavernas a las que los buscadores de tesoros osaron ir tan sólo unos metros adentro.

Recientemente descubrimos que, en la espeleología, pueden encontrarse sorpresas insospechadas. Por ejemplo, lo que parecía una cueva resultó algo completamente diferente.

Cuando, en 1985, establecimos nuestra residencia en Pinar de la Venta, Jalisco, nos mantuvimos alerta ante todo lo que indicara presencia de “cuevas”. Un día observamos algo así en las proximidades de La Venta del Astillero, y decidimos investigar.

La entrada se presentaba como una gran boca en forma de arco, de 17 m de alto por 5 de ancho, la cual conducía a un cuarto enorme iluminado con los rayos de luz que penetraban por tres aberturas perfectamente redondas -de 50 o 60 cm de diámetro- localizadas a lo largo del techo. ¡Fascinante!, pensamos. Esta cavidad resultó de 70 m de fondo, 10 de ancho y 20 de altura y parecía que su final lo determinaba un enorme montículo de tierra procedente de un derrumbe en la superficie, lo cual comprobamos al subir. La gran fosa parecía haberse formado a propósito (aparentemente con explosivos). Nos llamó igualmente la atención que, del otro lado del montículo, la caverna parecía continuar en un túnel angosto (3 o 4 m de ancho); como no contábamos con equipo de descenso tuvimos que dejar esa tarea para otra ocasión. De todas formas, hicimos un recorrido en la dirección a donde la caverna parecía continuar. Para aumentar nuestra sorpresa, unos metros adelante encontramos un orificio igual a los de la gran cavidad, y ayudados por nuestras linternas y por las piedrecillas que arrojamos al interior estimamos una profundidad de 20 metros. Además, notamos una línea recta que se formaba a partir de la entrada a la cueva y el derrumbe. Caminamos un tanto más y encontramos otro orificio igual con una profundidad similar.

Días después, en compañía del geólogo Henri de Saint Pierre, habíamos encontrado un total de 75 orificios misteriosos, dispuestos en línea recta hacia el norte, con una distancia de 11 y 12 m entre uno y otro, de los primeros 29. La distancia entre los demás variaba. A los 260 m la línea se convirtió en una “Y”. Una sección se desvió hacia el poniente en dirección del cerro El Tepopote. La otra, se dirigió hacia el nordeste, pero debido a la maleza no pudimos investigarla. Esa tarde trazamos con Henri un mapa de la superficie del extraño lugar.

¿Qué era todo eso? Si se había formado por razones naturales, como Henri lo consideraba probable, ¿cómo había ocurrido? Si se debía a la mano del hombre, ¿cuál pudo ser la finalidad de una obra tan extraña? De la manera que fuese, la única realidad válida en ese momento era que habíamos encontrado una cueva con 75 entradas en un área de aproximadamente un kilómetro.

La sonda que bajamos por uno de los orificios demostró la existencia de agua en el fondo, así como residuos de heces humanas en las áreas cercanas a una ranchería. A partir de ese momento, la idea de continuar con la investigación quedó en el olvido.

Otro día, sin embargo, realizamos un descenso en el lugar del derrumbe. Obviamente lo que encontráramos en nuestro camino determinaría la expedición.

Al poner los pies en el suelo y no percibir ningún olor desagradable, nuestra atención se enfocó hacia el lugar mismo. No nos habíamos equivocado. Era una cavidad en forma de túnel muy bien delineado, esculpido en la compacta ceniza volcánica que con el correr de los siglos se había convertido enjal(de donde proviene la palabra “Jalisco”). La luz del sol descendía por las aberturas redondas del techo, como brillantes columnas doradas, y tenuemente iluminaba las paredes del lugar para luego reflejarse en el arroyuelo que, con dificultad, se abría paso entre algunas ramitas piedras y vieja basura acumulada en algunos puntos. Iniciamos la caminata hacia el oscuro interior que 11 o 12 m después volvía a iluminarse. Unos 150 m adelante, el suelo sucumbía para formar una zanja que nos obligó a “chimenear” un buen trecho. Encontramos luego una construcción cúbica hecha de ladrillo y trozos de una vieja tubería. El hallazgo corroboró lo que habíamos escuchado de algunas personas en La Venta: “Se dice que durante mucho tiempo el agua que venía de ahí abastecía al pueblo”. Alguien aseguró que, todavía en 1911, el agua era colectada para el uso de las locomotoras de vapor que se detenían ahí. Nadie, sin embargo, nos proporcionó información que nos acercase a situar el origen de la cueva. La exploración de ese día terminó cuando nos encontramos con una cantidad considerable de basura que incluía más de un animal en estado muy avanzado de putrefacción.

LOS ARQUEÓLOGOS ENTRAN EN ACCIÓN

Era ya el verano de 1993 cuando conocimos al arqueólogo Chris Beekman, quien había venido a realizar algunos trabajos en el área del mismo bosque. Chris se estableció en Pinar de la Venta y, desde entonces, lo seguimos en algunas de sus exploraciones, ávidos de información sobre los logros de nuestros antepasados.

En una ocasión lo invitamos a nuestra fabulosa “cueva de las 75 entradas”. Al atravesar el umbral, el “gran cuartoazud”, Chris miró asombrado a su alrededor. “Mmmm. Esto, no parece natural”, dijo como hablando consigo mismo, y nosotros, curioso, lo seguimos. “¿Ven esas hendiduras alargadas allí?”, nos preguntó, señalando hacia el techo, a un lado de uno de los agujeros redondos. “Parecen estar hechar con un pico o una herramienta parecida”, continuó, y las dudas comenzaron a danzar sobre nuestras cabezas. Luego, al pedir su opinión sobre el origen de los orificios, fijó la vista en una de esas aberturas por las que, tiempo atrás, maravillados, habíamos observado descender los rayos del sol.

“Bueno… pues… ¡Ajá!”, y nos instó a observar los hoyuelos a lo largo de los túneles, excavados posiblemente para posar pies y manos. “Esto es más que una cueva”, comentó con una expresión de triunfo en los ojos.

En sólo unos instantes estábamos convencidos de que en esa caverna había intervenido la mano el hombre; que esa caverna era… otra cosa.

Cuando Chris informó al experimentado arqueólogo Phil Weigando sobre el lugar, sospechando algo especial, no perdió el tiempo.

“No hay duda. Esto es unqanat”, nos comunicó Weigand en cuanto entró en el lugar. “Y, de hecho, tiene una importancia muy especial por la información que nos proporcionará acerca de este tipo de sistemas e irrigación en América durante la época colonial”, continuó. Hasta ese momento era el primerqanatidentificado en el occidente de México.

Unqanat(palabra árabe) es un acueducto subterráneo a través del cual el agua realiza una trayectoria de un punto a otro. El túnel es excavado en forma descendente por debajo de los freáticos y llega a su fin en aquellos lugares donde el agua se requiere. Los orificios de la parte superior proporcionan ventilación, así como un fácil acceso al túnel para su mantenimiento. Una vez que el sistema comienza a funcionar, dichos orificios quedan sellados por una roca, que casi siempre encontramos prácticamente enterrada a un lado de éstos. Finalmente el agua se colectaba en elazud.

Según las investigaciones de Weigand, para algunos historiadores losqanatprovienen de Armenia (siglo XV a.C.); para otros, de los desiertos de la antigua Persia, ahora Irán. Elqanatmás largo en esas regiones alcanza 27 kilómetros. Esta ingeniosa tecnología, creada para aplicarse en situaciones climatológicas adversas en extremo, se extendió desde el Medio Oriente hasta África y fue traída a México por los españoles, quienes la aprendieron de los marroquíes. Entre losqanatdescubiertos en México, algunos se encuentran en el valle de Tehuacán, en Tlaxcala y en Coahuila.

Chris Beekman estimó en esteqanatuna extensión de 3.3 km aunque, apoyado en las versiones de los lugareños, considera que pudo haber alcanzado cerca de 8 km. el conducto principal se enlazaba con tres fuentes de agua distintas y desembocaba en una vieja estancia en La Venta, donde desempeñó un papel crucial para la agricultura durante la época de secas, cuando es imposible mantener niveles favorables de agua si tomamos en cuenta que el terreno es poroso por naturaleza. Desde un punto de vista económico, como afirma Weigand, durante la época colonial, la excavación -de la cual surgieron 160 000 toneladas de tierra- tuvo una importancia sobre todo práctica.

El trabajo en el que intervinimos espeleólogos, geólogos y arqueólogos en elqanatde La Venta, podría atraer el interés de los historiadores locales para iniciar un proceso enfocado tanto a la conservación como a la protección de lo que es parte de un legado histórico. La repercusión de dicho trabajo significaría, entonces, dar a otras personas la oportunidad de caminar por esos pasajes y, a la mitad del día, maravillarse cuando los rayos del sol descienden por esos orificios redondos que forman hermosas columnas doradas.

Fuente: México desconocido No. 233 / julio 1996

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