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La elaboración de los códices prehispánicos

El joven pintor se apresuró a llegar al templo del barrio de los artesanos; venía del mercado, en donde había comprado los materiales para preparar las pinturas.

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México Desconocido

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Este era el día en que los mercaderes se instalaban en la plaza del Santuario del Ocre Rojo, o de la Tierra Quemada, Ñu Ndecu o Achiutla, para vender sus productos. Entre los mercaderes estaban los tintoreros, que traían la grana cochinilla para el rojo brillante o quaha, el negro de humo o tnoo, que era el hollín que se raspaba de las ollas, el azul o ndaa que se extraía de la planta de añil, y el amarillo o cuaa de las flores, así como la mezcla de estos últimos, que producía el fresco verde o yadza, y otros más.

Cuando cruzó el patio, el joven miró a otros aprendices que habían traído las pieles de venado con que se hacían los libros o tacu, estaban limpias, suaves y flexibles. Los curtidores las estiraban sobre tablas de madera y las recortaban con filosos cuchillos de pedernal, pegando luego unos pedazos con otros para formar una larga tira de varios metros de largo.

En una esquina depositó su bolsa de red sobre una estera de tule y sacó de ella la pasta de color que venía en forma de duros panes, los cuales trituró y molió hasta hacerlos polvo; después este polvo lo pasó por una tela que servía de coladera para obtener sólo lo más fino. De la misma manera trató el trozo ambarino de resina cristalizada extraída del árbol del mezquite, o del pino, y que se empleaba para adherir el pigmento de color sobre la superficie de la piel, previamente cubierta con una fina capa de yeso blanco.

Cerca estaba un fogón formado por tres piedras, y sobre éste una gran olla de barro en la que hervía el agua. Con ella, cada uno de los materiales era diluido y vuelto a cernir varias veces, hasta lograr un líquido espeso, que era mezclado con cierta tierra blanca y un poco de goma, quedando así lista la pintura.

Entonces se llevaba las pinturas en unas pequeñas vasijas hacia el portal, ya que bajo su sombra se encontraban varios pintores dedicados a hacer los libros, o tay huisi tacu, sentados en el suelo sobre esteras de petate. Uno de ellos, el maestro del oficio o tay huisi, estaba dando forma a las figuras sobre la blanca tira, que había sido plegada a manera de biombo, pues con cada doblez se formaban las páginas, y sobre ellas había trazado varias líneas gruesas con pintura roja que servían de renglones o yuque, para distribuir los dibujos.

Una vez hecho el esbozo con una tinta negra diluida, enviaba el libro a los coloristas o tay saco, quienes se encargaban de aplicar los planos de color o noo que correspondían a cada figura, con una especie de pinceles. Ya seca la pintura, regresaba el códice al maestro, quien delineaba con negro los contornos definitivos.

El delicado proceso para elaborar uno de estos manuscritos se realizaba con tal esmero que tomaba varios meses e incluso el año para completarlo. Y a su término, tan preciosa obra se conservaba cerrada y se envolvía en una manta nueva del más fino algodón blanco; luego se guardaba en una caja de piedra, de madera o de alguna fibra vegetal, para su protección, quedando bajo la custodia de un sacerdote guardián.

A estos valiosos objetos, considerados incluso como divinos, se les llamaba Ñee Ñuhu o Piel Sagrada, ya que el conocimiento de las técnicas para su elaboración, así como de la realización de sus figuras, habían sido inventadas por el Gran Espíritu Taa Chi o Tachi, el Dios del Viento Ñu Tachi, en el tiempo de los orígenes. Esta deidad también era conocida como Serpiente Emplumada o Enjoyada, Coo Dzavui, patrono de los artesanos y los escribas, que celebraban varios rituales en su honor. Entre ellos estaban los preparatorios para escribir pintando, ya que al reproducir las figuras de los códices o taniño tacu, se estaba utilizando un instrumento impregnado del carácter divino de su creador.

Asimismo, se cuenta que este dios había dado principio a las dinastías gobernantes de la Mixteca, a las cuales también protegía; por ello, para ser entrenados como pintores de libros, se escogía entre los jóvenes nobles, hombres y mujeres, aquellos cuyos padres hubieran tenido este oficio; sobre todo que tuvieran habilidades para el dibujo y la pintura, pues esto quería decir que tenían al dios dentro de su corazón, y que el Gran Espíritu se manifestaba a través de ellos y de su arte.

Es probable que su entrenamiento comenzara desde los siete años, cuando iban a un taller, y que a los quince se fueran especializando en algún tema, ya fuera que se dedicaran a ser escribas de los templos o de los palacios de los señores, quienes encargaban y patrocinaban la confección de estos manuscritos. Pasarían por varios niveles, hasta llegar a ser un maestro de pintores, que era un sabio sacerdote o ndichi dzutu, y tomarían bajo su tutuela a varios aprendices que memorizaban las historias y tradiciones de la comunidad, al mismo tiempo que adquirían conocimientos sobre su entorno y el universo.

Así, entre otras cosas, aprendían a observar en la noche el movimiento de los astros, y a seguir de día el camino del Sol, a orientarse en la tierra reconociendo los ríos y las montañas, las propiedades de las plantas y el comportamiento de los animales. Además debían conocer el origen de su propio pueblo, de dónde había venido y qué reinos había fundado, quiénes eran sus ancestros y las hazañas de los grandes héroes. Asimismo, sabían de los creadores del universo, de los dioses y sus distintas manifestaciones, además de las ofrendas y los rituales que debían llevarse a cabo en su honor.

Pero sobre todo se les enseñaba el arte de escribir pintando, al que también se decía tacu, y que abarcaba desde la preparación de los materiales hasta la técnica para pintar y la práctica del dibujo de las figuras, ya que había reglas sobre cómo debían ser reproducidas las imágenes de los seres humanos y los animales, la tierra y las plantas, el agua y los minerales, incluyendo los astros del cielo, el día y la noche, las deidades y los seres sobrenaturales que representan a las fuerzas de la naturaleza, como el temblor de tierra, la lluvia y el viento, y muchos de los objetos creados por el hombre, como casas y templos, adornos y vestidos, escudos y lanzas, etcétera, que ocupaban un lugar importante entre los mixtecos.

Todas ellas conformaban un conjunto de cientos de figuras, que no sólo eran pinturas de seres y objetos, sino que cada una también correspondía a una palabra de la lengua mixteca dzaha dzavui, o sea que formaban parte de una escritura en la que las imágenes transcribían términos de este idioma, y su conjunto integraban los textos de las páginas, que a su vez componían el libro.

Así, entonces, era parte de su oficio el conocimiento de su lengua y el altamente estimado arte de expresarse bien; al respecto, gustaban de los juegos de palabras (sobre todo de aquellas que sonaran casi igual), de la formación de rimas y ritmos y de la asociación de ideas.

Seguramente los códices se leían en voz alta para las personas presentes, utilizando un lenguaje florido, aunque formal, para poder recrear una lectura rica e inspirada a través de sus figuras.

Para ello, el libro se abría en dos o en cuatro páginas a la vez, y casi siempre se leía de derecha a izquierda, comenzando en la esquina de abajo a la derecha, siguiendo las figuras que se distribuían entre las líneas rojas en zigzag, como el movimiento de una serpiente o coo, que caminara a lo largo del manuscrito, subiendo y bajando. Y cuando se terminaba todo un lado, se volteaba para continuar con la parte de atrás.

Por su contenido, los códices o libros antiguos eran de dos tipos: unos hacían referencia a los dioses y a su organización en el calendario ritual; a estos manuscritos, donde estaba la cuenta de los días o tutu yehedavui quevui, se les puede llamar también Ñee Ñuhu Quevui, Libro o Piel Sagrada de los Días. Por otro lado, estaban aquellos que trataban sobre los semidioses o los descendientes del dios del Viento, es decir los nobles señores ya difuntos y el relato de sus hazañas, a los que podríamos nombrar como Ñee Ñuhu Tnoho, Libro o Piel Sagrada de los Linajes.

Así, la escritura inventada por el dios del Viento se empleó para tratar sobre las demás deidades y los considerados sus descendientes, los hombres-dioses, o sea, los supremos gobernantes.

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