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La Evangelización vista por los misioneros del siglo XVI

Sobre la labor misionera realizada durante el siglo XVI en México existe, como todos sabemos, una vasta bibliografía. Sin embargo, ese enorme acervo, a pesar del elevado nivel de erudición y de la genuina inspiración evangélica que caracterizan a la mayoría de las obras, padece de una limitación que difícilmente hubiera sido posible evitar: están escritas por los misioneros mismos.

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En vano buscaríamos en ellas la versión de los millones de nativos mexicanos que fueron objeto de esa campaña gigantesca de cristianización. De allí que cualquier reconstrucción de la “reconquista espiritual”, con base en la fuentes disponibles, siempre será un relato parcial, incluido el presente esbozo. ¿Cómo vieron las primeras generaciones de misioneros su propia actuación? ¿Cuáles fueron los motivos que según ellos los inspiraban y guiaban? La respuesta se encuentra en los tratados y pareceres que escribieron a lo largo del siglo XVI y a lo ancho del territorio de la actual República Mexicana. A partir de ellos se han hecho en el siglo XX varios valiosos estudios interpretativos, entre los cuales destacan las obras de Robert Ricard (primera edición en 1947), Pedro Borges (1960), Lino Gómez Canedo (1972), José María Kobayashi (1974), Daniel Ulloa (1977) y Christien Duvergier (1993).

Gracias a esa abundante literatura, figuras como Pedro de Gante, Bernardino de Sahagún, Bartolomé de Las Casas, Motolinía, Vasco de Quiroga y otros, no son desconocidos para la mayoría de los mexicanos leídos. Por esta razón tóme la decisión de presentar a dos de los muchos personajes cuya vida y obra quedaron en la sombra, pero valen la pena ser rescatadas del olvido: el fraile agustino Guillermo de Santa María y el fraile dominico Pedro Lorenzo de la Nada. Sin embrago, antes de hablar de ellos, conviene resumir los principales ejes de aquella empresa muy peculiar que fue la evangelización en el siglo XVI.

Un primer punto sobre el cual todos los misioneros se encontraban de acuerdo, era la necesidad de “…arrancar la arboleda de los vicios antes de plantar los árboles de las virtudes…”, como rezaba un catecismo dominico. Cualquier costumbre que no compaginaba con el cristianismo era considerada enemiga de la fe y, por ende, sujeta a ser destruida. La extirpación se caracterizó por su rigidez y su escenificación pública. Tal vez el caso más famoso fue la ceremonia solemne orquestada por el obispo Diego de Landa, en Maní Yucatán, el 12 de julio de 1562. Allí, un gran número de culpables del delito de “idolatría” fue severamente castigado y un número aún mucho mayor de objetos sagrados y códices antiguos arrojados al fuego de una inmensa hoguera.

Una vez terminada esa primera fase de “roza-tumba-quema” cultural, venía la instrucción de los indígenas en la fe cristiana y la congregación al estilo español, único modo de vivir considerado por los conquistadores como civilizado. Se trataba de un conjunto de estrategias que un misionero jesuita de Baja California definiría más tarde como “arte de las artes”. Contaba con varios pasos, empezando con la “reducción a poblado” de los nativos acostumbrados a vivir dispersos. El endoctrinamiento propiamente dicho se llevaba a cabo desde una visión mística que identificaba a los misioneros con los apóstoles y la feligresía indígena con la comunidad cristiana de los primeros tiempos. Por ser muchos adultos reacios a la conversión, la instrucción se concentraba en los niños y los jóvenes, por ser ellos como “tabla rasa y cera blanda” en donde sus maestros podían imprimir con facilidad los ideales cristianos.

No hay que olvidar que la evangelización no se limitaba a lo estrictamente religioso, sino abarcaba todos los niveles de la vida. Era una verdadera obra civilizatoria que tenía como centros de aprendizaje los atrios de las iglesias, para todos, y las escuelas conventuales, para grupos juveniles cuidadosamente seleccionados. Ninguna manifestación artesanal o artística estuvo ajena a esta gigantesca campaña de instrucción: las letras, la música, el canto, el teatro, la pintura, la escultura, la arquitectura, la agricultura, la urbanización, la organización social, el comercio, etcétera. El resultado fue una transformación cultural que no tiene igual en la historia de la humanidad, por la profundidad que alcanzó y el reducido tiempo en que se realizó.

Cabe subrayar el hecho de que se trataba de una iglesia misionera, es decir, aún no sólidamente instalada e identificada con el sistema colonial. Los frailes aún no habían llegado a ser curas de pueblos y administradores de ricas haciendas. Fueron todavía tiempos de gran movilidad, tanto espiritual como física. Fue la época del primer concilio mexicano en el cual se puso en duda la esclavitud, el trabajo forzoso, la encomienda, la guerra sucia contra los indios llamados bárbaros y otros problemas candentes del momento. Es en el ámbito social y cultural anteriormente descrito donde se sitúa la actuación de los frailes de singular estatura, agustino el primero, dominico el otro: fray Guillermo de Santa María y fray Pedro Lorenzo de la Nada, cuyos currícula vitae presentamos.

FRAY GUILLERMO DE SANTA MARÍA, O.S.A.

Natural de Talavera de la Reina, provincia de Toledo, fray Guillermo tenía un temperamento sumamente inquieto. Estudió probablemente en la universidad de Salamanca, antes o después de haber tomado el hábito agustino con el nombre de fray Francisco Asaldo. Fugó de su convento parta embarcarse rumbo a la Nueva España, en donde ya debe haber estado en 1541, ya que participó en la guerra de Jalisco. En ese año volvió a tomar el hábito, ahora bajo el nombre de Guillermo de Talavera. Al decir de un cronista de su orden “no contento con haberse venido de España fugitivo, también hizo otra fuga de esta provincia, volviéndose a España, pero como Dios tenía determinado el buen paradero de su siervo, lo trajo segunda vez a este reino para que lograse el fin tan feliz que tuvo”.

En efecto, de regreso en México, allá por el año de 1547, cambió una vez más de nombre, llamándose ahora fray Guillermo de Santa María. También dio vuelta a su vida: de un vaivén inquieto y sin rumbo hizo el paso definitivo a un ministerio de más de veinte años dedicado a la conversión de los indios chichimecas, desde la frontera de guerra que entonces era el norte de la provincia de Michoacán. Residente en el convento de Huango, fundó, en 1555, el pueblo de Pénjamo, en donde aplicó por vez primera lo que sería su estrategia misionera: formar poblados mixtos de tarascos pacíficos y chichimecas rebeldes. Repitió el mismo esquema al fundar el poblado de San Francisco en el valle del mismo nombre, no muy lejos de la villa de San Felipe, su nueva residencia después de Huango. En 1580 se alejó de la frontera chichimeca, al ser nombrado prior del convento de Zirosto en Michoacán. Allí murió probablemente en 1585, a tiempo para no ser testigo del fracaso de su obra de pacificación debido al regreso de los chichimecas semireducidos a la vida insumisa que antes llevaban.

A fray Guillermo se le recuerda sobre todo por un tratado escrito en 1574 sobre el problema de la legitimidad de la guerra que el gobierno colonial estaba librando contra los chichimecas. La estima que les tenía a los insumisos llevó a fray Guillermo a incluir en su escrito varias páginas dedicadas a “sus costumbres y manera de vivir para que, sabido mejor, se vea y entienda la justicia de la guerra que se les a hecho y hace”, como dice en el primer párrafo de su obra. En efecto, nuestro fraile agustino estuvo en principio de acuerdo con la ofensiva española contra los indios bárbaros, pero no de con la manera en la cual ésta se llevaba a cabo, ya que se aproximaba mucho a lo que ahora conocemos como “una guerra sucia”.

He aquí, como final de esta breve presentación, la descripción que hizo de la total falta de ética que caracterizaba el comportamiento de los españoles en su trato con los indios insumisos del norte: “quebrantando la promesa de paz y perdón que se les ha dado de palabra y que se les ha prometido por escrito, violando la inmunidad de los embajadores que vienen en paz, o emboscándolos poniendo por cebo la religión cristiana y diciendo que se junten en pueblos para que vivan quietos y ahí cautivarlos, o pedirles que les den gente y ayuda contra otros indios y dándose a prender a los que vienen a ayudar y hacerlos esclavos, cosas todas que han hecho contra los chichimecas”.

FRAY PEDRO LORENZO DE LA NADA, O. P.

Por los mismos años, pero en extremo opuesto de la Nueva España, en los confines de Tabasco y Chiapas, otro misionero también se dedicaba a hacer reducciones con indios insumisos en una frontera de guerra. Fray Pedro Lorenzo, autodenominado De la Nada, había llegado de España alrededor de 1560 por el camino de Guatemala. Después de una breve estancia en el convento de Ciudad Real (la actual San Cristóbal de Las Casas), trabajó con algunos compañeros suyos en la provincia de Los Zendales, región limítrofe con la selva lacandona, la cual era entonces territorio de varias naciones mayas insumisas de habla chol y tzeltal. Pronto dio señales de ser un misionero excepcional. Además de excelente predicador y “lengua” fuera de lo común (logró dominar por lo menos cuatro lenguas mayenses), mostró un talento particular como arquitecto de reducciones. Yajalón, Ocosingo, Bachajón, Tila, Tumbala y Palenque deben a él su fundación o, por lo menos, los que se considera su estructuración definitiva.

Igual de inquieto que su colega fray Guillermo, fue en búsqueda de los indios rebeldes de El Petén guatemalteco y de El Lacandón chiapaneco, con el fin de convencerlos de trocar su independencia por la vida pacífica en un pueblo de factura colonial. Tuvo éxito con los pochutlas, habitantes originarios del valle de Ocosingo, pero fracasó ante la intransigencia de los lacandones y la lejanía de los asentamientos itzáes. Por razones desconocidas se fugó del convento de Ciudad Real y desapareció en la selva rumbo a Tabasco. Es posible que su decisión tuviera que ver con el acuerdo que el capítulo provincial de los dominicos tomó en Cobán, año de 1558, a favor de una intervención militar contra los lacandones que habían asesinado a varios frailes poco tiempo antes. Desde ese momento, fray Pedro fue considerado por sus hermanos religiosos como “ajeno a su religión” y su nombre dejó de aparecer en las crónicas de la orden.

Buscado por los tribunales de la Santa Inquisición y la Audiencia de Guatemala por igual, pero protegido por los indios zendales y El Lacandón, fray Pedro hizo del pueblo de Palenque su centro de operación pastoral. Logró convencer a Diego de Landa, obispo de Yucatán, de sus buenas intenciones y gracias a ese apoyo franciscano, supo continuar su labor de evangelización, ahora en las provincias tabasqueñas de Los Ríos y Los Zahuatanes, pertenecientes a la jurisdicción eclesiástica de Yucatán. Allí volvió a tener serios problemas, esta vez con la autoridad civil, por su decidida defensa de las mujeres indígenas en contra del trabajo forzado en las haciendas de los españoles. Su indignación llegó al punto de excomulgar a los culpables y pedir su castigo ejemplar por parte de la Inquisición, la misma institución que lo había perseguido a él unos años antes.

Fue tal la admiración de los indios tzeltales, choles y chontales por su persona, que después de su muerte en 1580 empezaron a venerarlo como santo. A finales del siglo XVIII, el cura párroco de la villa de Yajalón recogió la tradición oral que sobre fray Pedro Lorenzo circulaba y compuso cinco poemas que celebran los milagros que se le atribuían: haber hecho brotar un manantial de una roca, golpeándola con su báculo; haber celebrado misa en tres lugares diferentes al mismo tiempo; haber transformado en gotas de sangre unas monedas mal habidas en las manos de un juez tirano; etcétera. Cuando en 1840, el explorador norteamericano John Lloyd Stephens visitó Palenque, se enteró que los indios de aquel pueblo seguían venerando la memoria del santo padre y conservaban todavía su vestido como sagrada reliquia. Trató de verlo, pero debido a la desconfianza de los indios, “yo no pude lograr que me lo enseñaran”, escribió un año después en su famoso libro Incidents of Travel in Central America, Chiapas y Yucatan.

Guillermo de Santa María y Pedro Lorenzo de la Nada son dos misioneros españoles que dedicaron lo mejor de su vida a la evangelización de los indios insumisos que vivían en la frontera de guerra que por los años 1560-1580 limitaba el espacio colonizado por los españoles, al norte y al sur. Trataron de dar también a ellos lo que otros misioneros habían ofrecido a la población nativa del altiplano mexicano y que Vasco de Quiroga llamó “la limosna de lumbre y de pan”. La memoria de su entrega es digna de ser rescatada para los mexicanos del siglo XX. Así sea.

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