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La expansión del Reino Purépecha

A mediados del siglo XIV de la cuenta cristiana, Tariácuri, cazonci de Pátzcuaro, reunió a sus tres sobrinos, Hirepan, Tangaxoan e Hiquingaje, en una ceremonia secreta celebrada en la montaña Thiuapu, “el lugar del copal”.

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Tariácuri, había luchado afanosamente por consolidar su dominio en la región central de Michoacán, tras la muerte de su hijo sintió que pronto también él habría de morir, por lo que reunió a sus tres sobrinos, Hirepan, Tangaxoan e Hiquingaje, en la montaña Thiuapu. Ante los ojos azorados de los jóvenes príncipes, el cazonci les mostró sus futuros reinos en la forma de tres montículos de tierra, sobre los cuales colocó una piedra y una flecha. El primer elemento representaba la figura de Curicaueri, el dios supremo, mientras que el segundo simbolizaba el destino que les esperaba a los príncipes: la guerra y el dominio sobre los pueblos comarcanos.

En su solemne discurso, Tariácuri los exhorta a que organicen expediciones hacia los cuatros rumbos del universo con el propósito de conquistar nuevas tierras, apoderándose de sus riquezas e imponiéndoles tributos que aseguren el futuro de los purépechas. Además, así cobrarían venganza por las viejas afrentas y maltratos que sufrieron sus antepasados cuando llegaron a la región lacustre de Pátzcuaro.

Después de la ceremonia, Tangaxoan retorna a Tzintzuntzan e inicia los preparativos de su expedición, y para ello convoca a los guerreros más valientes y se aprovisiona de armas suficientes para las próximas batallas. Con sus parientes más cercanos y con el capitán de su guardia, sube por la ladera norte hasta la parte más elevada del cerro Yahuarato. Desde ahí contempla el hermoso paisaje y agradece a los dioses las dádivas otorgadas a su pueblo, comprendiendo que el universo natural había sido pródigo en el altiplano michoacano.

Junto a su ciudad se extiende el lago de Pátzcuaro, en cuyas aguas se encuentran varias islas, entre ellas Pacanda, Yunuén, Tecuén, Jarácuaro y Janitzio. Sus habitantes se dedican básicamente a pescar animales acuáticos, en especial el sabroso pescado blanco, debido a la escasez de tierras cultivables en sus pueblos.

Los purépechas levantaron sus ciudades más importantes en las riberas del gran lago; en la vertiente oriental se hallaba Tzintzuntzan; un tramo más adelante –hacia el suroeste– Ihuatzio, llamado por los mexicas Cuyuacan, o “lugar de coyotes” (debido a la abundancia de imágenes pétreas con la forma de este animal); al sur se encontraba Pátzcuaro; mientras que Erongarícuaro se ubicaba en la parte occidental.

En esa luminosa mañana, Tangaxoan señalaba a sus acompañantes la serranía de Nahuatzen, la cual rodea y protege al lago como un muro natural que va de noreste a suroeste, uniéndose por el sur con la serranía de Pichátaro, que cumple las mismas funciones. Las montañas, cubiertas de bosques, proporcionaban la madera necesaria para construir la viguería que soportaba los techos palaciegos, y aun los humildes campesinos la aprovechaban para levantar sus casas.

Desde estas alturas, a lo lejos, dirigiendo su vista hacia el noreste, el grupo de guerreros podía observar el lago de Cuitzeo, en cuya ribera se asentaban las ciudades de Huandacareo, Zinapécuaro, Araro, Chucandiro, Jeruco, Tarímbaro y la propia Cuitzeo, que daba su nombre al embalse, hasta entonces independientes del dominio de Tariácuri.

El amplio espacio que separaba ambas cuencas no presentaba mayores elevaciones que el cerro Zirate, ubicado al norte de Pátzcuaro, de altura considerable. La región, en su vastedad, se veía salpicada por campos de cultivo, principalmente de maíz, frijol y calabaza. El capitán de Tangaxoan comentó que el año había sido muy abundante en cacería. Los animales del bosque, principalmente el venado, proporcionaban carne y piel, mientras que con sus astas, muy apreciadas entre los navajeros de obsidiana, se hacían las puntas y lanzas que se utilizaban en la guerra.

Desde los tiempos de Thicátame (a quien algunos llamaban Hireti-Ticátame), fundador de la dinastía de los cazonci, se consideró a esta región de lagos y montañas el lugar de residencia de los purépechas, donde gobernaría el águila-sol, ave sagrada de este pueblo. Michoacán era famoso por la abundancia de aves rapaces y de muchos otros pájaros cuyo plumaje aportaba el colorido material con que se elaboraban los tocados y otros ornamentos de la nobleza.

Con el fin de preparar su estrategia de conquista, Tangaxoan requirió del consejo de los ancianos, quienes por experiencia sabían de las remotas regiones que rodeaban el reino de las montañas y los lagos. Los ancianos le dijeron que hacia el sur se hallaba la región de Tierra Caliente, cruzada por el caudaloso río Tepalcatepec, que une sus aguas a las del río de Las Balsas. En esa área se encontraban las ciudades de Uruapan, Ario, Tacámbaro y Apatzingán, de donde venían numerosos productos tropicales, como el cacao, el tabaco y el algodón con el que se tejían todas las prendas y vestidos tanto de la nobleza como del pueblo.

El río Balsas era el límite natural que separaba a los pueblos purépechas de los asentamientos nahuas, yopis y chontales ubicados al oriente de la región costeña. Los exploradores de Tangaxoan habían informado que al sur del río Tepalcatepec se levantaba una imponente cadena montañosa, la Sierra Madre del Sur, la cual dificultaba el tránsito de los ejércitos. Sólo algunos avezados mercaderes se atrevían a cruzarla de tiempo en tiempo, para traer los valiosos productos marinos, principalmente conchas y caracoles que los artesanos de la región lacustre transformarían en elegante joyería, como brazaletes y collares para uso de los señores.

La misión de Tangaxoan y los otros dos sobrinos de Tariácuri se fue cumpliendo puntualmente. Hacia el norte, por el rumbo de Cuitzeo, cayeron sobre las poblaciones de Hiuacha, Coyinguaro, Tetepeo y Turipitío. Uno de los propósitos principales de esta expedición era asegurarse el control sobre Zinapécuaro y Ucareo, al oriente del lago de Cuitzeo, donde se localizaban las valiosas minas de obsidiana, el filoso cristal volcánico con el que antes del desarrollo masivo de la metalurgia se elaboraban muchas de las herramientas de trabajo y principalmente las armas que usaban los ejércitos purépechas. Tangaxoan, aconsejado por los viejos militares, sabía que el control sobre esta importante materia prima aseguraría a su pueblo no sólo el dominio militar sobre la región, sino que la obsidiana traería riquezas, puesto que era un elemento de gran valor en el intercambio comercial.

En otra campaña, con dirección al sureste, cuyo destino final era la ribera del río Balsas, los ejércitos conquistaron Cumachen, Naranjan, Cheran y Zacapu. A estas victorias se sumó la triunfal ruta de regreso a Tzintzuntzan, la cual determinaron que cruzara diversos pueblos habitados por grupos hablantes de náhuatl; así, se apoderaron de Huacauato, Zizupan, Chenengo, Uacapu, Teriyaran, Yiriri, Hopacutio y Condebaro.

En sus recorridos por el río Balsas, los purépechas conocieron la importancia estratégica de muchas poblaciones de lengua matlatzinca que, con vistas al futuro, conformarían la línea estratégica que defendería el sureste del imperio contra el ataque de pueblos enemigos. Así lo constatarían, años más tarde, los descendientes de Tangaxoan, quienes detendrían los avances mexicas en cruentas batallas ocurridas por el rumbo de Taximaroa.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 8 Tariácuri y el reino de los purépechas / enero 2003

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