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La fiesta de la Santa Cruz en San Francisco Ozomatlán (Guerrero)

La fiesta de la Santa Cruz es la celebración religiosa más importante que se celebra en San Francisco Ozomatlán, Guerrero.

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A pesar de sus formas rituales heredadas desde la conquista, esta tradición conserva varios elementos que son propios de las religiones agrícolas prehispánicas. 

LA POBLACIÓN  

San Francisco Ozomatlán es una comunidad nahua de cerca de dos mil habitantes que se localiza en la zona noreste del estado de Guerrero, a orillas del río Mezcala, afluente del Balsas. Es de clima caluroso y de tierra semiárida. Los cultivos de temporal son la base de su subsistencia: una cosecha al año es el único sustento que la tierra brinda hasta el siguiente ciclo. Esta dependencia llevó a los pobladores a buscar otras actividades productivas, y una de ellas consiste en la elaboración de máscaras, lo cual proporciona algunos ingresos a numerosas familias. La religión que predomina entre la población de San Francisco es la católica; la iglesia es organizada por dos fiscales y las celebraciones religiosas por mayordomos o padrinos, que van cambiando en cada festividad. La fiesta de la Santa Cruz dura tres días, del 1º al 3 de mayo, y consiste en llevar ofrendas a las cruces que se localizan en la cima del cerro del Tepehuizco, para luego marchar en procesión hasta la iglesia del pueblo, todo esto acompañado de música, danza y diversas representaciones, como la del tecuán y el hueyquiztle. 

EL RITUAL EN EL CERRO 

El día último de abril se termina de repintar la máscara y la ropa que usará el tecuán durante los siguientes tres días. Los danzantes se reúnen al anochecer para ensayar los diálogos, los pasos y la secuencia de la danza. El primero de mayo los comisarios se encargan de organizar la salida al cerro del Tepehuizco. Desde el medio día y durante el resto de la tarde, mujeres, hombre y niños se dirigen al cerro, acompañados de sus burros o machos, llevando agua, alimentos y los demás objetos que ofrendarán a las cruces. Al pie de las cruces los objetos ofrendados forman un altar protegido por un montón de piedras apiladas. En tanto que uno de los fiscales se encarga de arreglarlo, en el otro lado de la cumbre se sacrifican unas aves de corral, torciéndoles el cuello y colgándolas de un arbolito pico abajo para que la sangre escurra hasta el suelo.

Los niños se encargan de desplumarlas mientas unas mujeres preparan el mole y otras, hincadas frente a las cruces, cantan y rezan. Ya entrada la noche se completa la ofrenda con fruta rebanada, gallos, gallinas y guajolotes ya guisados, chocolate de agua y muñequitos de pan. Las cruces se adornan con cadenas de flores y pan. Como a las nueve de la noche la banda empieza a tocar, truenan algunos cohetes y los danzantes inician su representación. Como a las tres de la madrugada se reparte a todos los asistentes el chocolate y el pan de la ofrenda; un poco antes del amanecer, el mole y los tamales, y ya amaneciendo, la fruta y la reliquia, que consiste en una ofrenda de flores primicias. 

LA PROCESIÓN Y LA DANZA 

El dos de mayo por la mañana regresa la gente del cerro del Tepehuizco. Colocan las cruces adornadas a la entrada del poblado y antes del medio día ahí se reúnen para venerarlas. Las mujeres cubiertas con su rebozo e hincadas frente a las cruces rezan un rosario, y en los intervalos la banda toca; a unos metros de distancia se escuchan la flautita y el tambor mientras los danzantes y demás personajes hacen sus representaciones. Al terminar los rezos se inicia la procesión hacia la iglesia: adelante va el tecuán, corriendo y brincando con movimientos propios de un felino; le sigue el hueyquiztle bromeando o gritando junto con los tecuancimarrones (animales de monte) que danzan; después van las pastoras cantando y las mujeres orando, y finalmente las cruces y la banda. El tres de mayo los danzantes continúan con sus representaciones por las principales calles del poblado. Suenan la flautita y el tambor; la danza inicia con la participación de los tecuancimarrones. El hueyquiztle es otro de los personajes que aparece con máscara, su función es divertir a la gente así como guardar el orden dentro de la danza, y también es el encargado de matar al tecuán. El tecuán es el personaje más importante de la danza: aparece repentinamente, con máscara de madera y ropa pintada que simula la piel de un tigre; corre y brinca manipulando un chicote hasta que finalmente lo mata el hueyquiztle. 

LA EXÉGESIS  

 Algunos de los participantes nos dicen que las ofrendas a las cruces son para pedir “a Dios Nuestro Señor que nos traiga buenas cosechas pues ya se acerca el temporal de lluvias”. Otros dicen que el hueyquiztle llega al cerro de noche y le grita a los aires para que vengan y traigan la lluvia. Las gallinas se matan para que con su sangre se alimenten estas entidades del aire. Al parecer el tecuán es considerado un animal depredador, porque puede entrar a las huertas a robarse las frutas o a las tiendas a robar o a pedir cualquier cosa, y con su chicote puede golpear a quien sea. El hueyquiztle cumple la función de cazador, y después de matar al tecuán es ayudado por otros animalitos para meterlo en una casa y conjurar el peligro. 

LA INTERPRETACIÓN 

La fiesta de la Santa Cruz es un ejemplo de la religiosidad presente en una comunidad nahua. A continuación enumeramos algunos elementos religiosos de origen prehispánico que de una u otra manera prevalecen es esta festividad. Un primer elemento es la fecha en que se lleva a cabo, en relación con el antiguo calendario nahua. El padre Durán nos dice que en el cuarto mes, que iniciaba el treinta de abril, se realizaba la fiesta llamada hueytozoztli, que quiere decir “la gran punzada”. “Los indígenas iban a sus casas y sacrificábanse las orejas, los molledos, las pantorrillas, todos sin quedar alguno que aquel día no se sacrificase y se punzase los lugares dichos, a cuya causa le llamaban la gran punzadura, porque se sacrificaban los grandes y los chicos.

Este día se celebraba la grande y solemne fiesta de Tláloc, que es el dios de las lluvias… en el monte donde este dios estaba, mataban niños, y en la laguna, a la diosa de las aguas una niña, en medio de la laguna”. El primero de mayo, en el cerro del Tepehuizco, el sacrificio de las aves sigue proporcionando la sangre necesaria para que se efectúe el rito. En las ofrendas aparecen muñecos de pan que bien podrían ser representaciones de los tlaloques, dioses de las lluvias.

A este respecto encontramos el dato siguiente: “Tienen y hacen tres géneros de ídolos, unos chiquitos de piedra para dentro de sus troxes, otros hacen de copal o de masa de tzoal y éstos envían a la cumbre de los cerros a donde están los altares que llaman momoztli”. En la cumbre del cerro del Tepehuizco las cruces se levantan sobre un montón de piedras apiladas que nos recuerdan estos antiguos altares, lugar donde el fiscal presenta la ofrenda y cumple el papel de los antiguos sacerdotes. “Otro modo de idolatría, sacrificio de sí mesmos, usaban y en algunas partes se ha visto ahora, y es el que hacían en la cumbre de los cerros y lomas altas, cuyos caminos vemos oy tan señalados… y van a pasar en algún montón de piedras o cerro de ellas donde ellos hacían su adoración, sacrificio y plegarias”. La ofrenda se reparte entre todos los asistentes, no hay quién se quede sin comer. La reliquia que se distribuye al final será esparcida en los surcos, antes de la siembra, para que la cosecha sea copiosa. Otro elemento más que nos recuerda los antiguos ritos prehispánicos es la hora de la celebración en el cerro: la parte más importante del ritual se desarrolla a lo largo de la noche. “Los más de los sacrificios de los indios son después de la medianoche o al alba, y así en las fiestas de sus advocaciones a santos antes que amanesca an ya almorsado y es este modo que a las gallinas les cortan las cabesas delante del fuego”.

El hueyquiztle grita en el cerro en un acto mágico, para llamar a las lluvias; después se transforma en una especie de bufón que a la vez se encarga de cuidar el orden dentro de la danza, y finalmente hace el papel de cazador para matar al tecuán. La muerte del tecuán, en realidad, no significa el aniquilamiento de un animal depredador, sino un sacrificio como ofrenda al dios jaguar. Al tecuán, símbolo central dentro de los ritos de la fertilidad, lo encontramos en la antigua cultura olmeca como dios jaguar, animal totémico, rodeado de un simbolismo mágico vinculado a la tierra, y como protector de los recién nacidos.  Las cruces permanecen en el cerro como uno de los símbolos representativos de la religión cristiana, y aunque en esta festividad la cruz sea el principal motivo de adoración en el ritual, la gente recuerda aún la imagen de piedra que estaba en el cerro y que ahora se ubica en la iglesia. La festividad del tres de mayo conserva las características de un ritual propiciatorio para la llegada del temporal de lluvias. La adoración a la Santa Cruz tiene su origen en los ritos y advocaciones ofrecidos a las deidades de la lluvia y de la tierra, posiblemente Tláloc, los tlaloques, Toci y Centéotl, como dioses de la lluvia, de las aguas, de la tierra y del maíz, permaneciendo así los principales elementos de las religiones del México antiguo, que eran sustancialmente agrícolas, mediante la celebración de ritos y festividades encaminados a lograr la fertilidad de la tierra y el sustento de los hombres. 

SI USTED VA A SAN FRANCISCO OZOMATLÁN 

Para llegar a San Francisco Ozomatlán se toma la carretera federal núm. 95 a Acapulco. Después de pasar Iguala, a 45 km aproximadamente, se localiza Xalitla, poblado en donde inicia una terracería hacia el oriente que pasa por los pueblos de Ahuehuepan, Ahuelican, San Agustín y San Miguel. Después de un recorrido aproximado de 35 km se llega a San Francisco Ozomatlán. 

Fuente: México desconocido No. 267 / mayo 1999

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