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La fiesta de los Lunes del Cerro de Oaxaca

Las fiestas de los “Lunes del Cerro” se celebran en la ciudad de Oaxaca los dos lunes siguientes al 16 de julio, y constituyen un acontecimiento en el que participa todo el pueblo sin distinción de clase social.

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Al parecer, estas fiestas tienen su origen en la época colonial y están relacionadas con la llamada fiesta del Corpus del Carmen Alto que se celebraba los días domingo, lunes y martes siguientes al 16 de julio y se repetía ocho días después en la llamada “octava”.

Las fiestas de Corpus seguían fielmente la tradición española y se celebraban como parte del ritual de los templos católicos que tenía la ciudad, entonces llamada Antequera. El ciclo ritual se realizaba siguiendo un calendario anual y consistía en sacar en procesión a las imágenes de los santos patronos titulares de sus respectivos templos para recorrer con ellos el barrio correspondiente a su patronato. Acompañaba a la figura del santo patrón una custodia con el Corpus, hecho que le daba a las celebraciones su nombre genérico. El Corpus del templo del Carmen se celebraba el domingo posterior al 16 de julio, fecha señalada por el calendario litúrgico para la festividad de la Virgen del Carmen.

El Corpus del Carmen era muy productivo para el comercio y para algunos ramos de artesanos que vendían gran cantidad de géneros, calzado y demás piezas de vestir, pues por costumbre se creía una especie de obligación estrenar muy especialmente en la procesión y su legendario paseo del cerro.

La fiesta del Carmen causaba especial alboroto, pues los vecinos del barrio se esforzaban por hacerla lo más solemne posible y organizaban “convites”, que eran procesiones mediante las cuales los vecinos recorrían las calles para anunciar la “novena” de rosarios que se rezaban los nueve días anteriores a la fecha de la fiesta se esmeraban igualmente para organizar la “calenda”, que era otro desfile realizado dos días antes de la fecha principal para invitar al pueblo a unirse a la festividad, y en el cual se tronaba los más espectaculares fuegos artificiales (que se quemaban la víspera), para el regocijo popular.

En las calendas de los barrios aparecían las imágenes de los santos patronos y en sus inicios, las procesiones eran muy solemnes y las imágenes sagradas iban bajo palios acompañadas de los funcionarios del respectivo templo y de las congregaciones devotas de los santos, quienes portaban velas y rezaban.

A estas festividades, que en un principio fueron exclusivas de los españoles de la ciudad de Antequera, pronto se agregó el entusiasmo de los indígenas residentes en los pueblos vecinos, particularmente los del barrio de Xochimilco, que había sido fundado en 1521 por órdenes de Hernán Cortés, al norte de la mencionada ciudad. Ellos mantenían sus propias tradiciones y celebraban dos festividades: una dedicada a Xilomen, diosa del maíz tierno o elote, a quien le dedicaban grandes honores y ofrendas, y para quien las doncellas recogían las más bellas flores para ofrecérselas como símbolo de castidad y pureza de su alma, y otra llamada la fiesta de los señores que se hacía en honor de Ehécatl, dios del viento, nombre que llevaba el actual Cerro del Fortín. En los ocho días que duraban las celebraciones que daban comienzo el día 13 Técpatl del octavo mes llamadoHuey Tecnilhuitl(que corresponde al mes de julio de nuestro actual calendario) se verificaban extraordinarios bailes, danzas y la música no cesaba.

La coincidencia entre ambas fiestas, la indígena y la española, facilitó el sincretismo que dio lugar a las fiestas de los Lunes del Cerro, en las que aún se conserva la tradición de los oaxaqueños con gran entusiasmo, lo cual, además, está claramente relacionado con la creencia popular de que los lunes son días propicios para los ritos festivos.

Es posible que a esta tradición náhuatl le haya precedido otra ceremonia que está muy arraigada en las costumbres de los pueblos mesoamericanos en general, y que muy particularmente se manifiesta entre los zapotecos y los mixtecos, pueblos que coexistían en el valle de Oaxaca a la llegada de los españoles. Según estas costumbres, es necesario propiciar a las deidades del agua que residen en las cumbres de los cerros, para que escuchen los ruegos de que la lluvia caiga oportunamente, sin exceso, sin viento y sin granizo.

Aunque la conquista española aparentemente interrumpió la tradición indígena al imponer la religión cristiana, lo que ocurrió en realidad fue que mientras en la ciudad de Antequera los españoles reproducían fervorosamente su ritual católico, en los pueblos indígenas circundantes se mantenían, más o menos encubiertas, las prácticas rituales de su religión animista. Sin embargo, la inevitable interrelación de los grupos y el empeño de los evangelizadores por hacer aceptable la imposición de los ritos católicos, hizo posible el fomento de un culto en el que se incorporaron elementos de la tradición indígena, haciendo más festivos y espectaculares los actos litúrgicos externos.

A mediados del siglo XVIII, cuando la población española empezó a diluirse en el mestizaje, gobernó la Diócesis de Antequera el obispo don Tomás Montaño y Aarón, quien imitó los bailes de Tarasca que se organizaban en Corpus en España con gigantes cabezudos. Él fue quien estableció la usanza de celebrar un baile de gigantes y buscó los medios para costearlo. Los gigantes debían bailar las tardes del domingo posterior al 16 de julio en el atrio del Carmen Alto ante una selecta concurrencia, después del paseo de Corpus, y para el pueblo dispuso el obispo otra sesión que se celebraría al día siguiente en “el petatillo” del Cerro de la Soledad. El primer lunes que los gigantes bailaron en el cerro fue en el año de 1741.

Con la aplicación de las Leyes de Reforma, los gigantes dejaron de ir al cerro, pero la gente no dejó de asistir y después de la función religiosa del lunes en la iglesia del Carmen Alto, la concurrencia, estrenando ropa, se dirigía a pie al cerro, donde se entretenían haciendo ramos con las azucenas silvestres que nacían espontáneamente por esas fechas. Poco a poco se fueron estableciendo vendedores que ofrecían fruta y golosinas, así como puestos de chone que era una bebida de maíz teñida con achiote. La fiesta terminaba generalmente con la lluvia, que era considerada por la gente una bendición, al grado de que en lugar de molestarse porque se les arruinaba la ropa nueva, festejaban este hecho y le dieron el nombre de “remojo”.

En 1878, a solicitud de los parroquianos, el gobernador Francisco Meixueiro dio permiso al barrio del Carmen Alto para organizarse, hacer nuevamente los gigantes y bailarlos en el cerro con música ejecutada por bandas militares.

En el marco de estas festividades que, como queda dicho, fueron evolucionando a lo largo de la historia, se inscriben las actuales fiestas de los Lunes del Cerro, en las que destaca el espectáculo de música, danzas, bailes y cantos llamado Guelaguetza.

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