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Fiesta de San Francisco Encuentro en Puebla

El centro de Cuetzalan se convierte en un verdadero mosaico de color, donde las danzas, la música y la devoción con claras reminiscencias prehispánicas y coloniales se dan cita durante la fiesta de San Francisco.

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El pueblo de Cuetzalan, en la Sierra Norte de Puebla, se convierte durante los primeros días de octubre en el espacio idóneo para que un gran número de comunidades indígenas manifieste lo más rico y profundo de sus tradiciones artísticas y religiosas. La fiesta de San Francisco de Asís, el 4 de octubre, da pie para que los pueblos vecinos de Cuetzalan inunden el centro de la población en un mar de color, flores, incienso, devoción, alegría, música y danzas.   

LA FERIA DEL HUIPIL   

Paralela a la fiesta patronal se lleva a cabo la Feria del Huipil, cuyo evento culminante es la elección de una reina entre las jóvenes de las comunidades indígenas pertenecientes al municipio de Cuetzalan. Para ello, el presidente municipal convoca a las juntas auxiliares de cada comunidad a fin de que elijan a una joven que reúna los requisitos que el certamen exige, como tener entre 14 y 20 años de edad, hablar náhuatl y español, saber tejer su huipil en telar de cintura de origen prehispánico y poseer la pureza y la belleza de los rasgos autóctonos. Las participantes deben ir vestidas con su traje tradicional, sin ningún elemento ajeno a su cultura.  Luego de que el jurado da a conocer su veredicto, se inicia la Danza de los Voladores en el centro del atrio parroquial, rindiendo, de esta manera, honores a la nueva representante de la belleza indígena, y dando inicio a una larga jornada de música y danzas en honor de San Francisco. Simultáneamente, frente a la presidencia municipal se realiza un Encuentro de Huapango organizado por la radiodifusora del Instituto Nacional Indigenista. En él se dan cita los huapangueros más afamados de la región, que se han desplazado desde sus comunidades para compartir en este día lo más selecto de su repertorio musical.   

LA DANZA DE LOS VOLADORES     

Esta es una de las pocas danzas de origen prehispánico que sobrevivió a la mano inquisidora de los conquistadores, tal vez porque consideraron que se trataba de un juego acrobático, pues los indígenas supieron disfrazar muy bien su significado religioso. Actualmente esta danza se sigue practicando en algunas comunidades de origen nahua, totonaca y otomí. En la región de Cuetzalan la danza conserva mucho de su significado religioso. A diferencia de otros lugares, el tronco se continúa plantando después de realizar una serie de ceremonias y danzas. En el agujero donde se va a plantar el palo se depositan diversas ofrendas, que consisten principalmente en tamales, un guajolote vivo de color negro con todos los ingredientes para hacer mole, y aguardiente, el cual se rocía en forma de cruz.

El día de la fiesta de San Francisco los danzantes acuden primero a la iglesia, donde rezan y bailan frente al altar, y después inician el ascenso al palo, mientras el capitán de la danza interpreta el “Son del Perdón” con su flauta de carrizo y su tamborcillo de doble parche. En la danza participan cinco personas, cuatro de ellas representan los puntos cardinales, y el quinto danzante el centro de la tierra. Una vez en la parte superior del palo los cuatro danzantes se sientan sobre un bastidor de madera para amarrarse las sogas a la cintura; a su vez, el capitán de la danza saluda a los cuatro puntos cardinales tocando sus instrumentos e inclinándose peligrosamente hacia atrás para saludar al sol. A una señal de éste, los cuatro danzantes se arrojan de cabeza al vacío, mientras el capitán toca el “Son del Descenso”, parado sobre la pequeña base del palo llamada “manzana” o “tecomate”. Son trece vueltas las que da cada danzante en su viaje a tierra firme, que multiplicadas por los cuatro dan un total de 52, número que representa los años que componían el siglo en el calendario nahua prehispánico. Finalmente el capitán baja para reunirse con sus compañeros y bailar alrededor del palo el “Son de Despedida”.   

LA DANZA DE LOS QUETZALES   

Esta danza está estrechamente relacionada con la anterior, pues también posee marcadas reminiscencias prehispánicas relacionadas con rituales cosmogónicos y solares; es la más representativa y popular de Cuetzalan. Resulta un verdadero espectáculo ver a los ejecutantes bailar y sostener el equilibrio, portando enormes penachos circulares que imitan el colorido del quetzal. Esta danza se compone de 52 sones y los danzantes la ejecutan formados en dos filas, con un capitán o caporal en medio. Cuando bailan avanzan con pequeños pasos sencillos, doblando alternativamente las rodillas y dibujando el signo de la cruz con los pies. Se desplazan, de norte a sur y de oriente a poniente, marcando los cuatro puntos cardinales y entrelazándose para formar una cruz.

Su traje es muy similar al de los voladores: pantalón rojo hasta la pantorrilla con flecos de color dorado, camisa blanca, cruzada transversalmente por un triángulo de tela rojo y una capa pequeña en los hombros, de color rojo o azul. A diferencia de los voladores calzan huaraches y sostienen sobre su mano derecha una sonaja con la que marcan el ritmo de la danza. Llevan un cinturón que es muy característico entre los varones de la región cuetzalteca, llamado “dispayo” o “xochipayo”. Pero el elemento más espectacular de su atuendo es, sin lugar a dudas, el impresionante penacho que llevan sobre la cabeza, el cual consiste en un armazón circular de carrizo montado sobre una base cónica. En el bastidor de carrizo se entretejen listones de colores y sus puntas superiores se decoran con plumas blancas de gallina. Todo este conjunto forma un enorme disco multicolor que constituye quizás uno de los pocos elementos del traje original que sobrevivieron a la conquista. La danza es acompañada por un músico que toca la flauta de carrizo y el tambor de doble parche, otros dos elementos precolombinos.   

SANTIAGUEROS, NEGRITOS Y TOREADORES   

 Estas tres danzas, dos de ellas de clara influencia colonial y una tercera dedicada a las faenas del campo, completan las manifestaciones dancísticas dedicadas en este día a San Francisco.  La Danza de los Santiagos es una de las más populares en México y en América Central. Representa la batalla entre cristianos y moros, aunque estos últimos son interpretados de muchas maneras en las numerosas variantes que existen. La danza constituye una elocuente muestra de la mano evangelizadora de los frailes españoles, ya que en estas apartadas comunidades totalmente ajenas a los conflictos medievales se sigue recordando, aunque adaptadas a las costumbres locales, la epopeya del triunfo del cristianismo sobre las huestes de Mahoma. Santiago era también el santo patrono de los conquistadores españoles, de ahí su impacto entre los indígenas mesoamericanos para asociarlo con las danzas llamada del ciclo de la conquista. La variante que se baila en Cuetzalan consiste en la lucha que sostienen las fuerzas cristianas, encabezadas por el Santo Santiago montado sobre un caballo blanco de madera, contra los Pilatos, que representan a una especie de demonios. La danza se acompaña con flauta de carrizo de cinco tonos y un tambor grande.   

La de los Negritos es otra danza que tiene su origen durante la época colonial. Según cuenta la leyenda, hacia el año de 1550 convivían en el patriarcado de Papantla un numeroso grupo de totonacas y esclavos negros traídos del continente africano. Un mal día, una víbora mordió a un niño negro; al ver esto la madre del niño corrió a llevar al pequeño ante los demás negros, quienes realizaron una extraña ceremonia entre bailes y gritos, esperando el milagro de que el niño se salvara. Dice la tradición que los totonacas observaron sorprendidos este baile y más tarde lo imitaron. En la actualidad, la danza consiste en dos líneas de ejecutantes comandados por un caporal que va en el centro. Participa también una “maringuilla”, que es un hombre vestido de mujer que representa a la Malinche. El resto de los danzantes ejecuta complicados pasos que remarcan vigorosamente sobre el pavimento, dándole mayor lucidez a este estruendoso zapateado. Acompañan a la danza dos músicos que con guitarra y violín interpretan alegres sones, conocidos como “la Entrada”, “el Trapiche”, “la Víbora”, “el de la Calle” y “la Despedida”. 

Finalmente, la Danza de los Toreadores representa las faenas del campo, en la que dos o tres líneas de danzantes bailan de norte a sur y viceversa, mediante un vigoroso zapateado. Se inclinan y hacen reverencias mientras agitan un paño que llevan en su mano derecha. Los ejecutantes van vestidos con sombrero y traje de charro de llamativos colores, y el caporal o capitán de la danza generalmente lleva lentes oscuros. Son acompañados por dos músicos que tocan la guitarra y el violín.   

UN ENCUENTRO DE CULTURAS   

Así como el atrio parroquial sirve de escenario para que se manifieste este sincretismo religioso de culturas, el centro de la población es convertido en un inmenso mercado que se extiende hasta las calles vecinas. En él conviven mestizos, nahuas y totonacas que ofertan o adquieren los más diversos productos, y que van desde los artículos regionales como la panela, la cera, el tabaco y el café, y los de fábrica, como cobijas, plásticos y mercerías, hasta los recuerdos propios para el turismo. Es una plaza multicolor en la que destaca el blanco del ropaje indígena en su constante ir y venir por los estrechos corredores; es un verdadero universo de aromas y sabores amenizado por los huapangueros, que en fondas y cantinas acompañan los aguardientes regionales como el “yolixpan” y “maracuya”. Y cuando cae la noche, los danzantes se retiran a descansar y los indígenas regresan a sus comunidades, pero la fiesta continúa para aquellos que se deciden amanecer, en una plaza ya dormida, quieta, que habrá de renacer el próximo 4 de octubre para honrar a San Francisco.   

SI USTED VA A CUETZALAN   

Saliendo de la ciudad de Puebla siga la autopista núm. 150 y en la caseta de Amozoc desvíese por la carretera federal núm. 129 hasta Zaragoza, ahí tome el entronque con la carretera estatal núm. 575 que le llevará a Zacapoaxtla y más adelante a Cuetzalan del Progreso, dentro de la misma Sierra Norte de Puebla.   

Fuente  : México desconocido No. 284 / octubre 2000 

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