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La granja piscícola Xoulin (Puebla)

Conocí Atlimeyaya hace unos 15 años, casi por accidente cuando, animado por un amigo, fuimos a pescar pues se rumoraba que en su río habitaban grandes truchas.

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Lo recuerdo muy bien porque en determinado momento, al no poder seguir avanzando al borde del riachuelo, decidimos rodear un caserío a orillas del poblado para seguir pescando río arriba. Debimos de haber rodeado unos 500 m y al regresar a la cañada nos llevamos una buena sorpresa… ¡el río ya no estaba ahí!.., ¡en su lugar había una brecha seca! Intrigados, decidimos investigar regresando por la cañada, hasta que llegamos a una gran peña de roca volcánica a cuyo pie se alzaba un enorme ahuehuete milenario, el más grande que hubiera visto hasta entonces. Entre la peña y las raíces del imponente árbol brotaba una gran cantidad de agua y unos metros adelante, mucha más, formando así el riachuelo donde habíamos estado pescando.

Recuerdo que permanecí a la sombra de ese ahuehuete un largo rato, admirando impresionado su entorno y pensé que a pesar de su belleza parecía un tanto triste, como abandonado. No podía creer que existiera un sitio tan “especial”, por llamarlo de algún modo, relativamente tan cerca de la ciudad de Puebla y sobre todo que yo no lo hubiera conocido hasta entonces.

Para regresar a la camioneta cruzamos a pie toda la población y recuerdo también, vívidamente, el contraste entre lo negro de su piedra y el verde de su profusa vegetación y de sus huertas a la orilla del camino. Vi unos cuantos niños y mujeres y algunos ancianos, pero en general poquísima gente, ningún joven, y tuve otra vez la misma impresión que al pie del ahuehuete; un lugar un tanto triste, como abandonado.

Tardé mucho en regresar a Atlimeyaya, pues los estudios, la familia y posteriormente los negocios me mantuvieron alejado de Puebla y durante muchos años mis visitas sólo fueron esporádicas. Pero la pasada Navidad llegué con mi familia a visitar a mis padres y sucedió que aquel mismo amigo, al saber que estaba en Puebla, me llamó por teléfono y me preguntó: “¿te acuerdas de Atlimeyaya?” “Vagamente sí” le respondí. “Pues te invito a ir mañana, no vas a creer la cantidad de truchas que hay ahora”.

A la mañana siguiente, desde temprano, esperaba impaciente la llegada de mi amigo con mi equipo de pesca listo. Ya de camino las sorpresas empezaron. Había oído hablar de la autopista Puebla-Atlixco, pero nunca la bahía recorrido, de manera que el viaje me pareció mucho más rápido de lo que esperaba, a pesar de que nos detuvimos a contemplar desde el mirador que existe en el punto más alto del recorrido una fabulosa vista de los volcanes.

De Atlixco nos dirigimos a Metepec, población que fue fundada y construida a principios de siglo para albergar una de las fábricas textiles más grandes del país; cerrada hace más de 30 años, esta fábrica fue transformada hace unos ocho, en un imponente Centro Vacacional delimss. De ahí, serpenteando por un camino un tanto angosto pero bien pavimentado, nos dirigimos a Atlimeyaya, en un viaje mucho más breve que el que hicimos por una brecha infame muchos años antes.

A nuestra izquierda se yergue majestuoso, casi amenazador, el sombrío Popocatépetl, y antes de lo que espero entramos en Atlimeyaya. Su calle y sus callejuelas me parecen hoy más anchas y más limpias; edificaciones antes abandonadas, están ahora reconstruidas, y veo buen número de nuevas construcciones; pero lo que más llama mi atención es que hay mucha más gente y al comentarlo con mi amigo me responde: “en efecto, pero, ¡todavía no has visto nada!”

Al cruzar el antiguo puente de piedra que atraviesa el río, veo que en los campos a sus márgenes, otrora huertos de aguacate, se levantan ahora grandes estructuras como palapas, que adivino son restaurantes pues voy leyendo “El Campestre” “El Oasis” “La Cabaña”. En este último, al final del camino, entramos y dejamos el automóvil. En un portón adyacente se lee “Bienvenidos a la Granja Piscícola Xouilin”. Entramos bordeando una pequeña presa, donde puedo adivinar que hay truchas por miles y pregunto: “¿aquí vamos a pescar?” “No, ten calma, primero vamos a ver las truchas” responde mi amigo. Un vigilante nos recibe, nos indica el recorrido y nos invita a pasar a un centro de información, donde se nos pasará un vídeo. Atravesando la granja hacia el lugar indicado, caminamos a la orilla de anchos estanques laterales, y mi amigo me explica que es ahí donde se mantiene a los reproductores (truchas de gran tamaño seleccionadas especialmente para la reproducción). El siguiente estanque aguas arriba es para mí una grata sorpresa; está acondicionado como un acuario al aire libre, emulando en forma excelente el hábitat natural de la trucha. En él, observo fascinado algunos ejemplares inmensos de trucha arco iris y de trucha café, pero todavía llaman más mi atención algunas truchas, ¿de colores? Nunca bahía visto truchas azules y mucho menos imaginé que existieran ejemplares amarillos casi anaranjados y hasta algunos más pequeños casi totalmente blancos.

Al escuchar mis especulaciones al respecto, se nos acercó una persona muy amable que nos explicó que esas truchas son especímenes rarísimos en los que se manifiesta el fenómeno del albinismo, mutación genética poco frecuente, que impide a los cromatóforos (células encargadas de dar coloración a la piel) producir el color normal de esta especie. Acompañados por esta misma persona, pasamos al centro de información que es como un pequeño auditorio en cuyas paredes se encuentra montada una exposición permanente con fotografías, grabados, dibujos y textos que contienen toda la información relativa a la trucha: desde su biología, su hábitat y su reproducción natural y artificial, hasta sus técnicas de cultivo y alimentación, e incluso el valor nutricio para el hombre y hasta recetas de cómo prepararla. Una vez allí, nos invitaron a sentarnos para ver un vídeo que durante ocho minutos de una excelente fotografía, sobre todo la subacuática, nos muestra y relata el proceso de producción en las granjas de trucha arco iris, y nos habla de la considerable inversión que se requiere y del alto grado de tecnología que se aplica en la cría de estos maravillosos peces. Al terminar el vídeo, hubo una breve sesión de preguntas y respuestas y finalmente nos invitaron a visitar el área de estanques de producción, conocidos comoraceways(canales de corriente rápida) y a pasear por la granja todo el tiempo que deseáramos.

En los canales de corriente rápida es donde se lleva a cabo la parte medular del sistema de producción, la fase de engorda; el agua circula con rapidez y se recarga de oxígeno mediante un sistema de rompientes (caídas); parece casi increíble el número de truchas que nadan en ellos; son tantas que no puede verse el fondo. El proceso de engorda tarda unos 10 meses en promedio. Cada estanque alberga truchas de tamaño diferente que, según se nos explica, se clasifican por talla. Además, se lleva la cuenta del número de trochas que habita en cada uno de ellos, ya que sólo así es posible predecir con exactitud la cantidad de alimento que debe dárseles (hasta seis veces al día) y el momento en que estarán listas para el consumidor. En este lugar se cosecha diariamente de acuerdo con la demanda del mercado, hecho que permite, sin vedas ni temporalidades, que el producto esté siempre disponible para el consumidor

Me siento realmente maravillado, y ya para salir, el guía, que ante nuestro gran interés nos ha acompañado siempre, nos informa que actualmente está en construcción una nueva sala de incubación en la que los visitantes podrán contemplar también el crítico proceso de reproducción e incubación a través de ventanales dispuestos para ello. Nos comenta que Xouilin es una empresa privada de capital 100% mexicano y que empezó a construirse hace más de 10 años; que hoy contiene en sus instalaciones alrededor de un millón de truchas, y que produce a un ritmo de 250 ton/año, lo que la sitúa, con mucho, en el primer lugar a nivel nacional. Adicionalmente se produce casi un millón de crías/año para venderlas a productores de muchos otros estados de la República.

Finalmente nos despedimos prometiendo volver pronto con la Familia; me siento muy contento, salvo quizá porque tenía ganas de pescar y aun cuando nos invitaron a hacerlo en un estanque destinado para ello, pensé que, aunque a mucha gente le gusta, no tendría gracia para mí.

Al llegar al estacionamiento, me sorprende la cantidad de automóviles que se encuentran ahí. Mi amigo me dice: “ven, vamos a comer” y al entrar al restaurante, mi asombro es aún mayor ante la cantidad de gente que se encuentra ahí y lo grande del lugar. Mi amigo ha ido varias veces y conoce a los dueños. Se trata de una familia asentada en Atlimeyaya durante varias generaciones y que antes se dedicaba a la agricultura. Los saluda y logra que nos consigan una mesa. Mi amigo sugiere sin más unas “gorditas”, un arroz y una trucha al epazote (la especialidad de la casa), y una chica de cara sonriente, muy joven (seguramente también oriunda de Atlimeyaya), anota diligentemente. Mientras nos llega la comida, observo a mi alrededor, cuento más de 50 meseros y mi amigo me comenta que este restaurante tiene una capacidad para 500 ó 600 comensales y que entre todos los que hay, que también pertenecen a familias de Atlimeyaya, llegan a atender a cerca de 4 000 visitantes por semana. Y aunque estas cifras me impresionan mucho, más lo hace la comida, poco complicada pero bien guisada, con un sabor muy especial, muy de ahí, muy de Atlimeyaya; y en particular la trucha, ¡excelente!, quizá porque hace poco nadaba todavía; quizá también por el epazote, cortado en el traspatio, o ¿será por la compañía de verdaderas tortillas, echadas a mano?

Llega el momento de irnos y mientras bajamos a Metepec voy reflexionando: ¡como ha cambiado Atlimeyaya! Quizá falten todavía muchas cosas, pero hay algo muy importante: fuentes de trabajo y una derrama económica considerable para la comunidad.

Pienso que ha sido un día estupendo, lleno de sorpresas. Parece temprano para regresar a casa y me atrevo a sugerir que visitemos en Metepec el Centro Vacacional, pero mi amigo responde “la próxima vez, por hoy ya no es posible, porque ahora vamos ¡a pescar!” Y así, llegando a Metepec, en la esquina del Centro Vacacional, dobla hacia la izquierda y en un par de minutos estamos a la puerta de la zona del campamento, que aunque separada de él, forma parte de las instalaciones del Centro Vacacional delIMSS. Ahí opera un proyecto de pesca deportiva, concesionado por el Instituto a la misma granja piscícola Xouilin. Para montarlo, se rehabilitó un antiguo jagüey abandonado, y se convirtió en un precioso lugar, hoy conocido como Amatzcalli.

Esa misma tarde, en tan sólo un par de horas, pesqué muchas truchas, entre ellas una bastante grande (2 kg) y hasta un par de lobinas; desafortunadamente no pude pescar ninguna trucha café (me parece que éste es el único lugar en todo nuestro país donde esto es posible) pero ya era mucho pedir; pasé un día excepcional y espero volver muy pronto.

Conocí ese jagüey hace también 15 años, pero bueno, esa historia tendrá que ser contada en una futura edición.

SI USTED VA A ATLIMEYAYA

Desde la ciudad de Puebla, diríjase hacia Atlixco, ya sea por la carretera libre o por la autopista de cuota. Una vez en Atlixco, siga la señalización a Metepec (6 km), lugar donde se encuentra un Centro Vacacional delIMSS. Continúe, siempre siguiendo el camino pavimentado, unos 5 km más y habrá llegado a Atlimeyaya.

Fuente: México desconocido No. 223 / septiembre 1995

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