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La huella de la presencia olmeca en Mesoamérica

Un evento de trascendentales consecuencias ocurrió en Mesoamérica alrededor del año 650 a.C.

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Un evento de trascendentales consecuencias ocurrió en Mesoamérica alrededor del año 650 a.C.: la presencia de elementos foráneos dentro del sistema representacional olmeca, relacionados con aves de rapiña, serpientes, jaguares y sapos o ranas; pero, aún más importante, son los rostros de tipo sonriente que empezaron a remplazar al tipo “cara de niño” como representante humano único de este arte.

En Chalcatzingo ya no es el antropomorfo compuesto que aparece en relieve dentro de la cueva y que es conocido como “El Rey”. En el mural a la entrada de la cueva de Oxtotitlán no es un antropomorfo el que está sentado sobre la imagen estilizada de un zoomorfo reptil, sino un individuo representado como ave de rapiña con símbolos que lo relacionan con el zoomorfo. En La Venta muchas estelas muestran a uno o a varios individuos ricamente ataviados en estilos desconocidos, no tradicionalmente olmecas, con imágenes del antropomorfo como ele­­mento secundario en forma de medallón, insignia o flotando a su alrededor, y la del zoomorfo como plataforma, o banda basal sobre la que el señor se asienta de pie.

Este cambio en el arte olmeca no es súbito, sino producto de una transformación gradual y aparentemente pacífica, pues no hay evidencia arqueológica de guerra o conquista. Los nuevos elementos pictóricos son incorporados directamente a la estructura existente de la representación olmeca tradicional. El intento, al parecer, fue utilizar lo que ya existía para validar y promover nuevos conceptos, cambiando lo que en esencia era un arte religioso, por uno que, obviamente, tenía una clara razón sociopolítica.

Para el 500 a.C., el arte “olmeca” ya tiene una doble función: una al servicio de los soberanos que la controlan, y la otra, la de implicaciones más religiosas, para promover la posición social de éstos. Otro elemento fundacional de este proceso, tremendo en su impacto cultural para Mesoamérica, fue la probable aparición de deidades, tal como las que conocemos del Clásico y Posclásico.

Es muy posible que la fuerza revolucionaria impulsora de estos cambios extraordinarios haya venido del sur, de los altos y de la costa del Pacífico de Chiapas y Guatemala, de donde provenía el jade y donde a lo largo de su ruta comercial encontramos gran número de esculturas y petro­glifos en un estilo modificado ol­me­ca como las de Abaj Takalik, Ojo de Agua, Pijijiapan y Padre Piedra, entre otros sitios. Durante su auge (900-700 a.C.) La Venta consumía una enorme cantidad de jade (para ellos más valioso que el oro para nosotros) en bellos artefactos tallados en forma de figurillas, máscaras, objetos ceremoniales utilitarios como hachas y pequeñas canoas, otros de uso ritual y piezas de adorno. Además, objetos de jade eran depositados en entierros o utilizados en ritos votivos a los montículos y plata­for­mas, así como para ofrendas frente a los monumentos.

Este uso excesivo del jade propició una dependencia de los señores que controlaban las fuentes de este precioso material en Guatemala. Ésa es la razón por la cual se ven influencias sureñas en las estelas, altares y otros monumentos de La Venta. Dichas influencias se hacen presentes, también, en algunos monumentos de San Lorenzo, y la Estela C y el Monumento C de Tres Zapotes. Incluso los jades llamados “ol­mecas” encontrados en Costa Rica tienen más en común con esta cultura de la costa del Pacífico que con la gente del Golfo.

Esta transformación del arte olmeca es un evento cultural revolucionario, tal vez más importante aun que la creación de un sistema visual de representación a base de creencias abs­trac­tas, como fue el propio olmeca. Más que un estilo modificado, este arte tardío “olmeca” es la base u origen del arte en el periodo Clásico del mundo mesoamericano.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 5 Los señoríos de la Costa del Golfo / diciembre 2000

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