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La llegada de los hombres blancos

Aquel día por la mañana Moctezuma Xocoyotzin se levantó atemorizado.

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Las imágenes de un cometa y de los aparentes incendios naturales de los templos de Xiuhtecuhtli y Huitzilopochtli, así como de otros sucesos extraños que habían acontecido en la ciudad y sus alrededores, presagiando, según los sabios, tiempos funestos, dominaban la mente del soberano tenochca. Buscando despejar de su cabeza aquellos pensamientos, Moctezuma abandonó las habitaciones de su real palacio y se dispuso a dar un paseo junto con su corte por el bosque de Chapultepec, en las cercanías de la ciudad capital.

Durante el trayecto el tlatoani advirtió que sobre ellos volaba majestuosamente un águila, y de inmediato recordó que hacía muchos años, sus antepasados, encabezados por el sacerdote Tenoch, habían fundado Tenochtitlan justo en el sitio donde encontraron un ave semejante, que indicaba a los migrantes el final de su recorrido y el principio de una impresionante historia guerrera que permitiría al pueblo mexica alcanzar la verdadera grandeza imperial, de la cual él, Moctezuma, era ahora su máximo representante. Por la tarde, de regreso en su palacio, el tlatoani fue notificado una vez más de la presencia de extrañas “casas” flotantes que semejaban islas, las cuales se movían por los mares de la costa este, cerca de Chalchihuicueyecan, en la región habitada por el pueblo totonaco. Asombrado, el gobernante escuchó los relatos de sus mensajeros, quienes, desplegando un papel amate sobre el suelo, le mostraron la recreación pictórica de aquellas extrañas “islas” habitadas por hombres de piel blanca, que se acercaban a tierra firme. Cuando los mensajeros se retiraron, los sacerdotes hicieron ver a Moctezuma que aquél era uno más de los nefastos augurios que presagiaban el fin de su reinado y la total destrucción del imperio mexica. Rápidamente aquellas terribles noticias se difundieron por todo el reino.

Por su parte, los barcos capitaneados por Hernán Cortés se detuvieron en la costa de Veracruz, donde establecieron los primeros contactos con los habitantes de la Totonacapan, quienes relataron a Cortés y a sus hombres asombrosas historias sobre México-Tenochtitlan, despertando en los europeos la idea de penetrar al territorio en busca de las fabulosas riquezas que les eran descritas. Durante el trayecto seguido por la expedición, el capitán español se encontró con algunos pueblos nativos que opusieron resistencia a los ataques de sus aventurados soldados, pero tlaxcaltecas y huexotzincas, por el contrario, decidieron unírsele, buscando con esa alianza librarse del férreo yugo que la corona mexica había impuesto sobre ambos pueblos.

A través de la abrupta serranía de los volcanes, los soldados españoles y sus aliados nativos avanzaron hacia Tenochtitlan, deteniéndose momentáneamente en Tlamacas, lugar que ahora se conoce como “Paso de Cortés”, desde donde observaron a lo lejos la imagen de la ciudad-isla en todo su esplendor y magnificencia. El largo recorrido de las huestes aliadas culminó el 8 de noviembre de 1519, cuando Moctezuma les dio la bienvenida y las alojó en el palacio de su padre, Axayácatl; ahí, según los historiadores, los extranjeros se percataron de que detrás de un muro falso se encontraba oculto el incalculable tesoro de la familia real azteca, perteneciente ahora a Moctezuma.

Pero no todo transcurrió en paz: aprovechando que Cortés tuvo que retornar a las costas de Veracruz para enfrentar a la expedición punitiva de Pánfilo de Narváez, Pedro de Alvarado sitió a la nobleza mexica en el recinto amurallado del Templo Mayor, en el marco de las festividades indígenas del mes de Tóxcatl, y dio muerte a un gran número de guerreros desarmados.

La suerte estaba echada. Cortés, a su regreso, intentó retomar el control de los acontecimientos, pero su acción fue paralizada por los ataques que dirigía el joven guerrero Cuitláhuac, quien ocupara brevemente el trono mexica tras la infeliz muerte de Moctezuma.

Huyendo de Tenochtitlan, Cortés se dirigió a Tlaxcala y ahí reorganizó a sus huestes, para después avanzar hacia Texcoco, desde donde preparó hábilmente el asalto final, por tierra y por agua, a la ciudad de Huitzilopochtli. Los ejércitos mexicas, ahora encabezados por el valiente Cuauhtémoc, nuevo tlatoani mexica, fueron vencidos luego de una heroica resistencia que culminó con la toma y destrucción de Tenochtitlan y su gemela Tlatelolco. Fue entonces cuando los españoles incendiaron los templos de Tláloc y Huitzilopochtli, reduciendo a cenizas la antigua gloria mexica. Los emprendedores esfuerzos de Cortés y sus hombres por hacer realidad el sueño de la conquista de México habían logrado su objetivo, y tocaba ahora construir sobre las ensangrentadas ruinas una nueva y flamante ciudad que sería la capital de la Nueva España. Aquella águila que Moctezuma viera cruzar el cielo infinito, una vez herida de muerte, no pudo levantar más el vuelo.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 1 El reino de Moctezuma / agosto 2000

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