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La ofrenda mortuoria en El Zapotal

Durante 1971 las noticias acerca del hallazgo de grandes figuras de mujeres y de diosas modeladas en arcilla circulaban entre los campesinos que vivían en los alrededores de la Laguna de Alvarado, en el municipio de Ignacio de la Llave, Veracruz.

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Todos sabían que esta región era muy rica en vestigios arqueológicos; de tiempo en tiempo, cuando se araba la tierra o se excavaban zanjas para edificar las viviendas o instalar desagües, se hallaban fragmentos de vasijas y de figurillas que se enterraron junto con los difuntos de épocas prehispánicas. Pero los rumores ahora hablaban de algo extraordinario.

En efecto: al poco tiempo llegaron a la región los arqueólogos de la Universidad Veracruzana, quienes averiguaron que algunos pobladores del paraje conocido como El Zapotal, ubicado al oeste de la Laguna de Alvarado, habían efectuado excavaciones clandestinas en un conjunto de montículos, algunos de hasta 15 metros de altura; la gente los había bautizado como los cerros del gallo y de la gallina, y precisamente en una plataforma entre ambos montículos alguien metió sus palas, descubriendo las tan comentadas terracotas.

El arqueólogo Manuel Torres Guz­mán dirigió la exploración durante algunas temporadas que cubrieron aquellos años de la década de los setenta, logrando descubrimientos cada vez más sorprendentes. En la actualidad sabemos que el hallazgo corresponde a un santuario dedicado al dios de los muertos, donde se ofrendaron multitud de figuras modeladas en arcilla, así como cerca de un centenar de individuos, constituyendo el más complejo y fastuoso rito funerario del que conservamos noticia.

Aquella gran ofrenda, que cubrió varias capas estratigráficas, fue dedicada al señor de los muertos, cuya imagen, también modelada en arcilla, curiosamente se quedó sin cocer. El dios al que los hablantes de náhuatl llamaban Mictlantecuhtli se encuentra sentado en un trono fastuoso, cuyo respaldo se integra al enorme tocado que luce el numen, donde están presentes cráneos humanos de perfil y cabezas de lagartos y jaguares fantásticos.

Frente a esta figura se vive una experiencia terrible y admirable a la vez: el miedo a la muerte y el disfrute de la belleza se entremezclan en nuestras emociones cuando se contempla por primera vez este increí­ble testimonio del pasado prehis­pánico. Lo que se conserva es un segmento del santuario, cuyas paredes laterales estuvieron decoradas con escenas de procesiones de sacerdotes sobre fondo rojo, y con la figura del dios, su trono y su tocado; se con­servan también algunos segmentos pintados del mismo color.

Tal como lo representaron otros pueblos del México prehispánico, el señor de los muertos constituía la esen­cia y la unión de la vida y la muerte, por lo que se le representaba como un muerto viviente; algunas secciones de su cuerpo, el torso, los brazos y la cabeza se mostraban sin carne y sin piel, advirtiéndose las articulaciones de los huesos, las costillas de la caja torácica y el cráneo. Esta figura de El Zapotal, el dios, tiene las manos, las piernas y los pies con sus músculos, y los ojos, de algún material que se ha perdido, mostraban la viva mirada del numen.

Ya conocíamos una imagen del señor de los muertos, descubierta en esta área central veracruzana, en el sitio de Los Cerros, y aunque de dimensiones más pequeñas es un ejem­plo de la maestría con que trabajaban estos artistas costeños. Mic­tlantecuhtli se muestra también en posición sedente con todo el cuer­po esquelético, a excepción de sus manos y sus pies; su alta jerarquía se acentúa por el enorme tocado de forma cónica.

En El Zapotal, el descubrimiento de los arqueólogos muestra una gran complejidad en la disposición de las ofrendas. En un nivel por encima del santuario del señor de los muertos, ubicado en el área más profunda, se hallaron cuatro entierros secundarios, en los que destacaba la presencia de figurillas sonrientes, algunas de ellas articuladas, acompañadas por esculturas de barro más pequeñas que representaban animales.

Encima de este conjunto fueron colocados grupos de figurillas modeladas en arcilla y ricamente ataviadas, recreando sacerdotes, jugadores de pelota, etcétera, junto con pequeñas representaciones de jaguares con ruedas. Lo más sorprendente fue el descubrimiento de una especie de osario de dimensiones extraordinarias, que en algunos casos alcanzó hasta los 4.76 metros de altura, y que a manera de sacra y monumental columna vertebral, estaba consti­tuido por 82 cráneos, huesos largos, costillas y vértebras.

Más cerca de la superficie, en lo que arqueológicamente se definió co­mo una segunda capa o estrato cultural, se encontró una multitud de esculturas en arcilla, de pequeño y mediano formatos, del estilo artístico que se ha definido como “figuras de rasgos finos”, destacando la imagen de un sacerdote que carga un jaguar sobre sus espaldas, dos individuos que llevan una caja ritual y la representación de un devoto del dios de la lluvia. Parecería que la intención de quienes realizaron la ofren­da era recrearse a ellos mismos en el momento culminante de la ceremonia.

En el primer estrato dominaba la presencia de las llamadas Cihua­te­teo, representaciones de deidades fe­me­ninas, con los torsos desnudos y ata­viadas con tocados zoomorfos y faldas largas que se sujetaban con cinturones de serpientes. Ellas simbolizan a la tierra, que cubre el reino del inframundo, y son la síntesis de la fertilidad femenina que acoge también el cuerpo de los difuntos en sus primeros pasos por el camino de la oscuridad.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 5 Los señoríos de la Costa del Golfo / diciembre 2000

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