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La recuperación de nuestros orígenes en Santa Rosa Ixtampak (Campeche)

La primera vez que un occidental visitó Santa Rosa Ixtampak fue en 1841.

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Ese occidental era el explorador norteamericano John L. Stephens, un enamorado de aquellos sitios donde las arenas del tiempo cubren los vestigios de la grandeza de la civilización maya; abogado, diplomático y hombre de negocios nativo de Shrewsbury, New Jersey, que se había propuesto en aquel tiempo recorrer las zonas arqueológicas de Centroamérica y Yucatán.  Los resultados de sus aventuras los escribió el expedicionario en dos volúmenes que fueron presentados junto con las ilustraciones de Frederick Catherwood, su compañero de viaje.Estos trabajos tuvieron gran reconocimiento en Estados Unidos y en Europa, ya que la crónica de su recorrido influyó notablemente en el mundo científico.Su obra,Incidentes de un viaje a Yucatán,fue traducida más tarde al español por Justo Sierra O’Reilly.  Hacia finales del sigo XIX (1891), la zona arqueológica que nos ocupa fue visitada nuevamente, esta vez por el fotógrafo y explorador austriaco Teobert Maller, quien además de sus descripciones realizó algunos dibujos sobre las características arquitectónicas de los monumentos del sitio.Al asentamiento prehispánico. Maller lo registró con el nombre de Xalabpak de Santa Rosa, y reportó la existencia de interesantes pinturas murales y grafitos en el interior de algunas bóvedas de sus edificios, como por ejemplo el conocido como El Palacio. 

Medio siglo después, concretamente en 1936, Harry Pollock identificó el Xlabpak de Maller como santa rosa Ixtampak, nombre con el que se conoce hasta la actualidad y que hace referencia a los viejos muros de los edificios. Pollock fue el primero en levantar un plano del lugar, aunque en 1940 los investigadores George Brainerd, Lawrence Roys y Karl Ruppert hicieron un nuevo mapeo más elaborado. Dichos especialistas también recolectaron cerámica de la superficie del sitio a fin de iniciar un registro cronológico.  En los últimos años, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo (en 1968-1969) y el investigador George Andrews (en 1978), han realizado trabajos similares y complementarias a las ya mencionadas.  Por nuestra parte, recientemente conocimos este interesante sitio, situado en el sector noreste del estado de Campeche cerca de loso límites políticos con Yucatán, en el municipio de Hopelchén, a 25 km de la cabecera municipal del mismo nombre. 

Junto con la fotógrafo Paulina Hermosillo, interesada profesionalmente desde hace algún tiempo en el área maya, nos propusimos visitar este asentamiento prehispánico para identificar sus características histórico-culturales (pertenecientes al estilo Pucc) y tomar algunas placas que nos dejasen testimonio visual de nuestro recorrido por uno de los lugares menos conocidos de la entidad y del país.  Pese a que quien escribe estuvo durante algunos años entre 1982 y 1985) trabajando con el doctor Román Piña Chan y el doctor William J. Folan en labores de mapeo, prospecciones, excavaciones, salvamento y consolidación arqueológica en sitios como Calakmul, Xpujil, Becán, Chicanná y Los Guarixés – pertenecientes a los municipios de Champotón, El Carmen y Hopelchén – no había estado jamás en Santa Rosa Ixtampak, lo cual aumentó mi interés y la emoción del viaje.   

Salí muy temprano con Paulina de la ciudad de Campeche y tomamos la carretera hacia Mérida rumbo a nuestroobjetivo.Llevábamos todos los implementos necesarios, vestimenta adecuada y un jeep de doble tracción que haría más viable el arribo a los apartados, húmedos y selváticos parajes donde está Ixtampak, tan poco accesibles sobre todo en el invierno o en época de lluvias.  Hasta Hopelchén, el vehículo llegó sin necesidad de esfuerzos adicionales.En este lugar viramos hacia el suroeste con dirección al rancho de Santa Rosa, desde donde continuaríamos hacia el sitio arqueológico propiamente dicho, sobre un camino que es en parte brecha abierta y en parte monte bajo que se confunde con el resto de la floresta, por lo cual se corre el riesgo de desviar el trayecto.  Por lo inaccesible del terreno, se nos vino a la memoria que las runas de Ixtampak fueron ocupadas como escondites por los indígenas mayas rebeldes durante la guerra de castas de Yucatán, la cual se inició en 1847 y habría de durar 55 años. Todavía muchas de las paredes de los edificios arqueológicos muestran palabras y frases en maya y dibujos alusivos a la esclavitud que fueron dejados allí por los insurgentes.Estos grafitos deben de ser las pintas reportadas por Teobert Maller en 1891, al igual que las representaciones, muchas de las cuales se asemejan a las de algunos de los libros del Chilam Balam, particularmente el de Tizimín. 

El aislamiento de aquellas “salvajes florestas”, como les llamara en el siglo decimonónico John L. Stephens, nos trajo a colación las referencias de este explorador estadounidense sobre Santa Rosa Ixtampak, hechas durante la primera mitad de dicha centuria.En aquel entonces 81841), en los claros de las puertas de entrada del edificio principal (El Palacio), el aventurero de New Jersey encontró hamaqueros que hablaban de “asentamientos recientes”.Pero, ¿cuál podría ser la explicación de aquello?  Cuando elcólera morbuscayó como un fatal azote sobre la zona, los habitantes de los pueblos y los ranchos huyeron hacia las partes más montañosas y selváticas y el sitio arqueológico de Santa Rosa Ixtampak fue uno de los lugares que ocuparon.

El desolado edificio que había permanecido siglos vacío se habitó de nuevo, y sus elevadas cámaras fueron la mansión de algunas familias espantadas por la presencia de tales calamidades.Allí, en cuarentena voluntaria, en inhóspito ambiente y padeciendo duras privaciones, aquellos hombres y mujeres esperaron que pasara el ángel de la muerte.  Hoy, al igual que hace siglo y medio, volvió a resultar una especie de sacrilegio perturbar el reposo en que se encuentran éste y los demás edificios del Clásico maya cantarócense de esta ciudad.Por eso, al mover un gramo de escombro, una hoja, una rama caída, (la mortaja que cubre sus monumentos), experimentamos la más viva y gloriosa de las emociones.  Nos paseamos en completa soledad durante varios días, a lo largo de las terrazas, de las plataformas piramidales, de las escalinatas y de los juegos de pelota.

Caminamos entre los templos, junto a las estelas, los mascarones, los glifos y demás representaciones decoradas con las técnicas de grabado, pintura, incisiones o estuco.  La compañera fotógrafa y quien redacta estas líneas, nos nutrimos también de las charlas de los lugareños delárea de Hopelchén y del solitario custodio delINAH, quien en apostólica actitud recibe siempre con renovada inquietud a los esporádicos visitantes.Don José, nos platicó en algún momento sobre la estructura en cuya decoración de la fachada “…en su parte más alta muestra parcialmente a Ixchel como diosa de la maternidad y en posición de parto, resaltando las funciones del edificio como El Hospital de Santa rosa Ixtampak…”  La tradición popular ha instruido también a don José para sostener que “desde El Palacio, atrás del templo y entrada la noche, sale un sacerdote maya que dirige a su pueblo –concentrado en la plaza adyacente- un mensaje mesiánico”. Igualmente asegura que era “en el complejo arquitectónico de El Cuartel donde se entrenaba a los guerreros de Ixtampak para las batallas”.   

Además de los edificios de El Palacio, y El Cuartel, con su decoración de losmonumentos más sobresalientes estudiados por los especialistas en esta zona, está el juego de Pelota, una estructura central que presenta tres elevaciones en su cima, y la Plaza del Sur, con la mayor concentración de estelas del lugar.Además de lo anterior, hay en el sitio una enorme cantidad de chultunes donde se almacenaban el agua y los granos, y un extendidosacbéo camino de cal con altares. 

 Al término de nuestro recorrido por este apasionante lugar y sus palacios olvidados, comprendimos, como Stephens, Maller, Pollock y otros, la excitación que provoca el cruzar en todas direcciones un centro urbano ya desaparecido, enterrado, milenario.  Cada vez que volvemos a visitar o a trabajar como profesionales una zona arqueológica o cualquier monumento histórico, cuando, como delincuentes reincidentes, entramos a estas reserva, intentamos vivir la experiencia de nuevo: descubrir los misterios que todavía envuelven a nuestro pasado, particularmente a la civilización maya de la que tratamos de despejar una y otra vez los escombros entre los que yacen sepultadas tantas ciudades en la más completa ruina y soledad.   

Fuente:   México desconocido No. 222 / agosto 1995   activo no

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