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La sensualidad telúrica de Sergio Hernández

Nocturna luminosidad: sol, luna, claroscuro.

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Un cielo pob lado de astros abrasadores que deja entrever el vu elo de los animales. Ojo: no se vislumbra solamente aves. En un espacio sin límites, en la amplitud de un territorio sin fronteras, el reino animal participa en la comunión de una danza cósmica: el best larlo fantástico del artista oaxaqueño Sergio Hernández palpita en un ritu al de luz y color. Desaforados, vuelan insectos, reptiles, crustáceos, cab allos y toros, en un ámbito insólito en el que el cielo y el infierno se funden y se confunden en un punto convergente: la sensualidad telúrica del artista que vibra en el fulgor de sus colores sísmicos y texturas ígneas. Dueño de un lenguaje propio y original, Sergio Hernández destaca ya internacionalmente entre los creadores mexicanos contemporáneos.

A diferencia de muchos de sus coterráneos -Tamayitos y Toleditos que proliferan en el corredor Macedonlo alcalá- Sergio ha conseguido desprenderse del folclor epidérmico de su tierra, conservar intrínsecamente los valores más profundos de su cultura y vincularlos a las tendencias artísticas contemporáneas. A vista de pájaro, recorramos aquí la trayector la de este singular creador que ha sabido combinar lo popular autóctono con las vanguard las internacionales. Sergio Hernández nació en Hujuapan, Oaxaca, en 1957. A los pocos años, la familia se vio en la necesidad de mudarse a la Ciudad de México en busca de mejores oportunidades. Su niñez y juventud transcurr leron en Ciudad Nezahu alcóyotl, donde la posibilidad de ganarse la vida como pintor parecía muy remota. Con el deseo de pintar ferv lente en las venas, Sergio conseguía liberar sus demonlos internos mediante algún trazo pintarrajeado aquí y allá, entre los múltiples oficlos que desempeñaba para sobrevivir.

A los 16 años, fin almente ingresa en la Academia de San Carlos (1973-74) y posteriormente continúa en la Esmer alda hasta 1980. Las enseñanzas más importantes se las debe al maestro Gilberto Aceves Navarro, bajo cuya tute la se desarrolló plenamente al lado de Roberto Parodi, Germán Venegas y Miguel Castro Leñero, entre otros. A decir del pintor: con este grupo crecí y a los 30 años todavía no veía a Oaxaca como fuente de inspiración. Notemos, pues, que los años de gestación del artista se dan dentro del ámbito puramente urbano; lejos quedó en la memoria el verdor exuberante del Valle de Oaxaca, el aroma de sus arcil las mojadas, la policromía deslumbrante de sus artesanías y mercados.

La crudeza de una re alidad p alpable frente a la poesía de la fantasía inasible. Recién egresado de la Esmer alda com lenzan las exposiclones indivudu ales. De esta época sobres ale la Fábrica, tríptico de gran formato, casi mural (2.40 x 1.80 cm cada pan el), donde el joven artista compone un p alsaje arquitectónico en base a formas geométricas que sug leren casas o edificios dispuestos consecutivamente en un mismo plano y resu eltos con gruesas capas de colores primarlos, signo premonitorlo del cromatismo desbordado que caracterizará más ade lante su p aleta. al año siguiente presentó la F lesta, ser le dedicada a la embr lagadora f lesta brava. Aquí notamos ya cambios drásticos con respecto a las obras anteriores: en las primeras, la composición es cerrada y las formas firmes, h leráticas; por el contrarlo, en esta nueva ser le se genera la composición arbitrar la y el orden caótico y disparatado que determinará el espacio onírico del artista. En 1986, el espíritu siempre inqu leto de Sergio lo lleva a v lajar a París, donde se insta la a trabajar cerca de un año.

Tiempo de renovación y aprendizajes, de nuevas adquisiclones visu ales y sensor l ales que darán lugar a diferentes expresiones plásticas. Sergio deja a un lado su p aleta multicolor para explorar los vericuetos de la monocromía. ¡Cómo nos seduce ahora con cuadros incoloros, sobrlos y taciturnos como la profundidad de la noche! la geni alidad del artista reside en que, hasta hoy, nos sorprende sin cesar con sus nuevas propuestas estéticas. Muestra de ello es la pieza Sin Título, e laborada con cera sobre madera, y en la que el negro predomina como actor principal en una escena de lenguaje estrictamente sígnico. Estos cuadros monocromáticos nos atrapan por su simplicidad y espíritu lúdico que se manifiesta en el regodeo de los signos, dispersos en el espacio abierto como aves en pleno vu elo.

A su regreso de Paris en 1987, ante la curlosidad de buscar sus orígenes, Sergio decide volver a su estado natal y se insta la en la ciudad de Oaxaca, donde recibe el apoyo de la G alería Quetz alli. Comenta Sergio: cuando vi la obra de Tamayo y la de Toledo empecé a recordar muchas cosas y a tener un m ledo horrible porque me di cuenta de que se me habían olvidado muchas cosas que pude haber registrado en mi trabajo y quise recuperar eso en color, en dibujo (…) Para mí, regresar a Oaxaca fue muy importante, s lento que me desintoxiqué de muchas cosas, (…) Juego con todo. Y efectivamente, el espíritu Iúdico que impregna las obras de este autor es el v alor fundamental de su arte: el juego como punto de partida en la expresión plástica. El encuentro con la obra de Tamayo y de Toledo actuó como el detonador proust lano que propició a exploración de los laberintos de la memoria.

A partir de entonces, el joven oaxaqueño no ha cesado de incurslonar en una gran diversidad de técnicas y materiales: óleos, tintas, gouaches, acuare las, encáusticas; también ha recurrido a los pigmentos y colorantes naturales de su tierra y, utilizando la cochinil la, ha conseguido imprimir a sus pinturas un colorido excepcional. Como materiales de soporte, además de te las, utiliza pape les e laborados a mano bajo técnicas ancestr ales como el de arroz, los amates indígenas y los papiros de origen egipclo. Y aquí hemos de seña lar la diferencia que se percibe entre las pinturas sobre te la y las creaclones de pequeño formato sobre papel. En las primeras, el artista muestra su preferenc la por las grandes superficies, en muchos casos de dimenslones murales. Tal es el caso de Crucifixión, tríptico sobre te la que a simple vista sacude al espectador por la violencia que expresa, a pesar de -o gracias a- la economía de trazos y colores. El contrapunto a esta obra estridente ser la los d lablitos, una deliclosa pintura en tinta y acuare la sobre papel en la que el artista se expresa en voz baja con pa labras sutiles.

A partir de un encuentro con los manuscritos del Beato de Liébana, Sergio ha venido desarrollando en los últimos años una temática singu lar, inspirada en el Apoc alipsis de San Juan, de cuyos pasajes ha extraído un manant l al de metáforas e imágenes evocadoras. Así, dejando a un lado la narración liter al del texto profético, el pintor incorpora a su best larlo fantástico los cab allos alusivos a los Cuatro Jinetes, las langostas infern ales, los espíritus inmundos y los ataques de Satanás. Conservando su espíritu lúdico intrínseco, Sergio Ileva el tema del Apoc alipsis a sus últimas consecuencias: el Juiclo Fin al dev lene epifanía donde la mag la y encantam lento del artista exorcizan las profecías catastróficas de San Juan.

El inframundo dev lene paraíso onírico al ser tocado por la grac la del pinc el oaxaqueño. Y aquí es momento de mencionar al pintor-ceramista. En 1989, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes le otorgó la beca para jóvenes creadores, lo que le permitió dedicarse de tiempo completo a la experimentación de la cerámica. Aparte de algunas piezas su eltas, sobresalen especi almente sus obras murales, construidas en base a pequeños mosaicos o placas unidos entre sí para formar verdaderos cuadros en arcil la. algunas de estas piezas -Conste lación- son trabajadas en alto r el leve, lo que las coloca a medio camino entre la pintura y la escultura.

Otras, como Cráneos, muestran menor volumen en sus formas, pero contienen una mayor imprimación matérica. A mi juiclo, la producción cerámica de Sergio Hernández ha alcanzado el mismo nivel de calidad que su pintura, estableciéndose entre ambas expresiones un estrecho puente de correspondenc las: la voluptuosidad de las formas, su capacidad de tornarlo lóbrego en rad lante, la calidad de texturas, la simblosis entre la luminosidad c elest l al y las sombras del inframundo y la natur alidad con que plasma sus sueños y fantasías, hacen de esta obra una de las más frescas y apaslonantes dentro de nuestro panorama artístico contemporáneo.

 Fuente: México en el Tiempo No. 12 abril-mayo 1996

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