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La voz del agua en las grutas de Tolantongo

No teníamos que pensarlo mucho, nos esperaban caprichosas formaciones geológicas y aguas termales emanadas de las montañas en medio de una zona semidesértica. Se oye como un paraíso. Y lo es.

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Bañadas bajo la luz dorada previa al crepúsculo, las montañas se desplegaban al horizonte. La belleza del paisaje lograba que olvidáramos el cansancio de la carretera. La bajada pronunciada de terracería serpenteaba en ángulos cerrados llegando hasta la entrada del parque de Tolantongo. Dejábamos atrás yucas y cactáceas para adentrarnos en un bosque tropical con tintes semidesérticos, era perceptible incluso el cambio a una temperatura más cálida. Aprovechamos los últimos instantes de luz para caminar al margen del río, no pudimos llegar muy lejos, empezaba a anochecer y la oscuridad no es aconsejable para andar entre las piedras sueltas aledañas a la corriente.

Íbamos preparados para acampar, sin embargo preferimos hospedarnos en el hotel Grutas de Tolantongo esa primera noche. Éste se encuentra en la parte de arriba del cerro, senderos adornados con jardineras guían el camino para llegar a los cuartos. Al abrir la puerta corrediza de la habitación, un pequeño balcón era la plataforma para ver las estrellas.

Pequeño paraíso

Despertamos a la hora en que el contorno de la puerta era de luz, se escuchaba el parloteo de las aves, los rumores del caudal y de la gente pasando. Desayunamos quesadillas en uno de los puestos de comida que se encuentran cercanos al río y observamos que la mayor parte de la gente acampaba a las orillas, por lo que decidimos colocar nuestra tienda en un lugar más apartado, siguiendo el sendero que lleva hasta las grutas. Ahí encontramos invitadoras terrazas cubiertas de frondosos árboles que proporcionaban una generosa sombra.

Una vez instalados, decidimos ir a conocer las grutas alternando entre la vereda y el curso de la corriente. Es aconsejable llevar sandalias con correas de velcro o similares para caminar entre las resbalosas piedras fluviales o por algunas partes lodosas en los caminos, donde han colocado cuerdas para ayudar a caminar con más seguridad. El río, de cálida temperatura, era azul con torrentes espumosos entre las rocas. De pronto nos topamos con la gran pared del cañón cubierta de musgo y helechos, de la que escapaban chorros de agua cristalina por sus poros en distintas intensidades. Estalactitas formadas desde hace miles de años adornan el techo como si fueran grandes gotas petrificadas por el tiempo. Del lado del sendero, una escalera con diminutas plantas parecidas a las algas conducía a una cueva. Entramos palpando los húmedos muros, avanzando hasta una poza donde el agua nos llegaba al cuello, estábamos en las entrañas de la montaña, bañados en su sudor de lluvia milenaria, experimentando la metáfora de la luz al final del túnel.

Como estar en la gloria

El parque de Tolantongo es administrado por dos ejidos, San Cristóbal, donde se encuentra lo antes mencionado; y La Gloria, justo al cruzar el río. Al llegar a este último, nos sumergimos en una de las pozas color turquesa para después explorar el área, llena de formaciones geológicas y pequeñas cascadas. Nos detuvimos en una de ellas, cortina de agua que permitía recargarse en las rocas y sentir su portentoso chorro sobre cabeza y hombros, actuando como un verdadero hidromasaje, contando además con vista a las verdes montañas a lo lejos.

Continuamos subiendo por la pendiente, imponentes árboles exponían sus raíces agarradas a las rocas. Probamos los diversos jacuzzis naturales en un sistema de terrazas, mismos que varían en tonalidades, formas y temperaturas, en definitiva una terapia para eliminar de tajo el estrés acumulado, únicamente hay que dejarse flotar bajo el silencio subacuático y contemplar el sol entre las ramas.

Nuestro último destino en La Gloria fue la cascada y pozas que llevan su nombre, nada más acertado. Caminamos por un corredor de agua, de un lado había un barandal y del otro árboles que goteaban de las raíces y plantas hasta desembocar en un paisaje salido de un libro de Tolkien (El Señor de los anillos). Nos sumergimos en el reino de la pureza, al abrir los ojos bajo la superficie del agua, el brillo solar en los minerales cintilaba como microscópicos diamantes, una vez que el cuerpo se acostumbró a la temperatura fue muy difícil salir de ahí.

Ya entrada la tarde, dimos un último paseo cerca de nuestro campamento, el resplandor lunar se reflejaba en la bruma que emergía del río y las luciérnagas aparecían como súbitos parpadeos del bosque. Dormimos profundo arrullados por la música de los insectos, el croar de las ranas y el rugir constante de la corriente.

Las montañas se dibujaban al tiempo que abríamos nuestra tienda de campaña. Todo iba bien hasta el momento en que cobramos conciencia de que despertábamos en nuestro último día en este mágico paraje. Nos percatamos de todo lo que nos hacía falta por experimentar, ahí estaban los cerros llamándonos para recorrerlos, ahí el río y la curiosidad de seguirlo hasta donde fuera posible…

Cómo llegar

Desde Pachuca tome la carretera hacia Ixmiquilpan y desde ahí a las barrancas de Tolantongo.

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