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La zafra y los cañeros de Mataclara

Con el afán de descubrir lugares e historias apasionantes, México desconocido se acercó hasta el corazón del mundo azucarero, escenario mismo donde todo un pueblo, enmedio del esfuerzo, del trabajo y de la fiesta, hace de la zafra un acontecimiento memorable.

Mataclara está ubicado en el estado de Veracruz, cerca  de Córdoba, y está formado por varias rancherías como la del Tamarindo, Polvorón, Manantial, San Ángel, estas dos últimas a 500 metros del  mar. Tiene varios ríos, uno es el Seco que viene desde Córdoba. En el centro de la comunidad cruza el río Tumba Negra. Otros ríos de la región son el Tótola, Arroyo Grande y Río Colorado.

La comunidad cuenta con una gran cantidad de campos de caña de azúcar, sin bosques espesos, pero con enormes mangales que inundan el pueblo de aroma y color. Los hombres trabajan desde muy temprano antes incluso de la salida del sol, algunos labran la tierra que posteriormente será sembrada. Hacen surcos de 40 centímetros de profundidad, después la semilla es “pelada”, es decir se le quita la hoja antes de sembrarla. Se riega y en 15 días brota una pequeña mata que se deja reposar hasta por dos meses, tiempo después le son aplicados herbicidas y se convierte en una planta con una altura aproximada de 70 centímetros. A los tres meses empieza a tupirse y se le aplican abonos para su mejor desarrollo y crecimiento. El proceso va de un año a 18 meses. Cuando la planta ha alcanzado su tamaño óptimo, se procede a la quema, esto es para que los cañeros puedan internarse en los cañaverales, ya que las hojas son extremadamente cortantes y con la quema  las hojas desaparecen y la caña queda intacta, sólo un poco enegrecida.

La quema no demora más de 20 minutos, durante la cual los hombres están atentos para correr en cuanto el calor se los permita hacia la parcela y apropiarse de los “corredores” más atractivos, estos son los que tienen las cañas más crecidas. Cuando ingresan al cañaveral, el fuego todavía continúa y el calor llega a ser de más de 70 grados. Después inicia el corte con impresionante habilidad, en el que cada quien junta sus montones, que serán pagados a destajo cuando lleguen los camiones del ingenio. Las mujeres participan llevando los alimentos a sus hombres que, con los rostros tiznados, hacen un pequeño paréntesis para comer y beber para después continuar su extenuante tarea. Los machetes suenan sin descanso. Sólo el ocaso del sol hará que estos se detengan.

Por la noche, cuando estos héroes anónimos llegan a la comunidad, el pueblo se enciende, la gente comparte su humeante café en los patios de sus casas, donde en las paredes cuelgan retratos de parientes que se han ido.  El arpa y el trío jarocho suenan en las calles, bellas muchachas vestidas a la usanza bailan y desfilan por el pueblo. Pareciera un verdadero carnaval que sólo sucede en un  simple fin de semana. Mataclara baila y canta toda la noche, los lugareños comentan: “Trabajamos duro, pero también nos divertimos, ¿qué sentido tendría la vida si no…? Todos celebran y recuerdan las hazañas de los antepasados nunca sometidos, hombres de lucha y principios, ejemplo de ello lo tienen en el legendario Yanga, quien fue precursor de la libertad de los esclavos negros.

La africanía de Yanga y Mataclara

La historia de Mataclara y la de la comunidad de Yanga, antiguamente San Lorenzo de los Negros, están ligadas. Lleva el nombre del legendario héroe rebelde. Fue autónoma e independiente desde la primera mitad del siglo XVII. Orgullosamente los lugareños lo llaman el primer pueblo libre de América. A las afueras de Yanga está Mataclara, esta pequeña comunidad, pero con una importante actividad cañera y una larga historia de rebeldías cimarronas que han marcado el carácter férreo e inquebrantable de los hombres que trabajan en la zafra.

El término cimarrón se originó en el nuevo mundo para designar al ganado doméstico que  escapaba a las montañas. Desde el siglo XVI se les llamó cimarrones a los esclavos que se fugaban. Siendo una designación para los negros, se llegó a aplicar también a los indios esclavos que huían de sus amos, sólo que en el caso de los negros, la fuga y la resistencia a su captura tenía connotaciones “de fiereza inquebrantable”. El cimarronaje organizado se convirtió en rebeliones en toda América a lo largo de los cuatro siglos de esclavitud, fueron minando el poder colonial. Los ejércitos coloniales persiguieron a los cimarrones que se refugiaban en las montañas para fundar sus palenques, quilombos o mocambos, como fueron llamados estos enclaves de comunidades esclavas. Ante estos casos de resistencia organizada, el blanco no tuvo otra alternativa que pactar, mediante tratados con los cimarrones, concediéndoles la libertad y en muchos casos la autonomía.

La insurrección más importante se dio en 1735, más de 500 alzados fugitivos negros, atacaron la ranchería vecina de San Juan de  la Punta. En Córdoba, las noticias causaron revuelo y miedo, se pidió auxilio en el Puerto de Veracruz, que mandó más de 200 hombres; en Orizaba se ofrecía la libertad al negro si entregaba a los líderes de los alzados. Los insurrectos pusieron precio a las cabezas de los generales de los ejércitos virreinales. Ambas fuerzas pelearon con valor, pero agotadas las municiones, los negros tuvieron que retroceder, no teniendo ya plomo, cargaban las armas con piedrecillas para utilizarlas como proyectiles.

Creciendo entre mangales

Florentino Virgen, cronista del lugar, nos habló de cómo creció la comunidad al paso  del tiempo. En los años veinte del siglo pasado, empezaron las labores en la primera escuela con modestos techos de zacate o palma de coyol real, pero con maestros comprometidos y de gran valía para el pueblo de Mataclara. Después se fundó la escuela Emiliano Zapata, que hoy está rodeada de espléndidos mangales de más de 150 años de antigüedad, que le dan un ambiente muy peculiar.

En 1938 comenzó la construcción de la carretera federal que va a Orizaba, en esa época también inició el trazo actual del pueblo con sus cuatro calles principales. En el centro de la comunidad existen enormes árboles llamados nacastles, de más de 200 años de antigüedad, también el kiosco, la casa del campesino, la iglesia, el jardín de niños y la escuela.

Si usted va

Para Mataclara tiene que llegar primero a Córdoba, Veracruz, y de ahí trasladarse a la comunidad de Mataclara, en el Municipio de Cuitláhuac, a unos 60 kilómetros por la carretera que va al puerto de Veracruz.

Fuente: México desconocido No. 371 / Enero 2008.

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