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Las hornacinas de la ciudad de Puebla

Al recorrer las calles del centro de Puebla podemos encontrar, como en otras ciudades coloniales de México, algunas construcciones civiles con determinados elementos decorativos que llaman nuestra atención: nos referimos a las hornacinas por lo regular con los nichos religiosos.

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Estos complementos urbanísticos se distinguen por el tipo de cavidad, la cual puede terminar en forma recta o en arco ojival, semicircular, etcétera. Están adornados por una decoración que puede ser elaborada o sencilla, y en su interior, sobre una base de argamasa o piedra, tienen colocada una escultura representativa-sobre todo de la imagen religiosa de un determinado santo-que indica la devoción de los propietarios o constructores.

Las hornacinas ocupan un lugar muy importante dentro de Ia arquitectura colonial mexicana, y aun en Ia contemporánea. Tienen su origen en España durante el siglo XVI, y con Ia conquista deI nuevo mundo son trasladadas a estas tierras junto con muchos elementos y estiIos artísticos de Ia época, que se fusionaron con el arte indígena dando por resultado un estilo único, conocido como arte colonial mexicano.

Después de Ia toma de Ia ciudad de Tenochtitlan, Ios españoles tuvieron el camino libre para extender su dominio y fundar nuevas ciudades; en el caso de Puebla, de acuerdo con Fernández de Echeverría y Veytia, se realizan dos fundaciones: Ia primera de ellas en el Barrio deI Alto eI 16 de abril de 1531,y Ia segunda, eI 29 de septiembre deI mismo año en Ia plaza mayor, donde hoy en día se ubica Ia catedral poblana.

Desde sus inicios, esta ciudad se convirtió en un importante asiento comercial y manufacturero, además de ser Ia cabeza de Ia principal región agrícola. Apoyándose en otros centros de población menores –como lo siguen siendo en Ia actualidad Atlixco, Cholula, Huejotzingo y Tepeaca- llegó a ser el mayor núcleo urbano al oriente de Ia ciudad de México durante y después de Ia Colonia, sobre todo debido a su estratégica ubicación entre Ia capital de Ia Nueva España y el principal puerto virreinal.

Para su fundación se trasladaron miles de indígenas (provenientes de poblaciones vecinas como Tlaxcala, Cholula y Calpan), quienes construyeron provisorios edificios de madera y adobe para vivienda y servicios públicos al igual que una iglesia. Casi a finales, deI siglo XVI se habían ocupado ya aproximadamente 120 manzanas de Ia retícula, con un acomodo asimétrico respecto deI centro, lo cual obligó a Ios indígenas a abandonar sus barrios y trasladarse a Ia periferia de Ia ciudad; sin embargo, debido al rápido crecimiento urbano, algunos españoles se vieron en Ia necesidad de vivir en estas barriadas, Ias cuales terminaron por convertirse en parte integral de Ia ciudad.

EI crecimiento urbanístico de Puebla fue accidentado. Durante el siglo XVI, considerado como el periodo fundacional, se realiza una expansión regular a partir deI núcleo inicial, y el crecimiento es lento y estable. En cambio, en Ios siglos XVII y XVIII, el crecimiento se acelera, floreciendo Ia segunda ciudad deI virreinato, en cuanto a producción, cultura y comercio se refiere. Es en este último siglo cuando el centro español alcanzará a Ios barrios indígenas.

A lo largo del siglo XIX, el crecimiento es irregular debido en parte a Ias pestes e inundaciones de los siglos anteriores, pero también por Ias varias guerras y sitios que padeció Ia ciudad. No obstante, su ritmo de expansión vuelve a incrementarse a partir de Ia cuarta década del siglo actual, cuando se construyen numerosos edificios modernos en Ia mayor parte del centro de Ia urbe poblana. Es en algunos de estos inmuebles que sustituyeron a Ias viejas edificaciones coloniales donde encontramos Ia mayor parte de Ias hornacinas, rescatando Ias esculturas de Ias fachadas e incorporándolas a sus nuevos lugares. Así, este elemento arquitectónico ha trascendido en el gusto del mexicano, haciendo posible que aún hoy podamos admirarlo.

Antecedentes

EI origen de Ia hornacina puede ubicarse en los principios del siglo XVI, cuando todas Ias manifestaciones artísticas en el viejo mundo estaban inspiradas en Ia religión católica. Para Ia gente de ese tiempo era muy importante demostrar ante los demás su devoción, y una manera de hacerlo era a través de Ias hornacinas en Ias fachadas de Ias casas. En esta época también se inicia el Renacimiento, que toma como modelos los estilos griego y romano, manifestándose en todos los aspectos culturales, sobre todo en Ia escultura, pintura y arquitectura. Es muy posible que Ias hornacinas sean una extensión de Ios retablos de Ias iglesias. En Ias primeras podemos ver dos clases de representación religiosa: Ia pintura y Ia escultura. Algunas hornacinas sólo tienen una representación en alto relieve, sin hueco, que sustituye Ia pintura de Ios retablos o simboliza Ia figura central de Ios mismos. Sin embargo, podemos considerar que poseen una personalidad o valor independiente, a diferencia de Ios retablos.

Desarrollo

En cuanto a Ias expresiones artísticas de Ias hornacinas, se observa en ellas una evolución estilística desarrollada durante Ia Colonia. A Io largo deI siglo XVI, éstas presentan un estilo gótico, manifiesto principalmente en Ia piedra, Ia cantera y Ia talla. En el XVII no se observa un gran cambio, pero lentamente se introduce desde España un estilo barroco; Ios mejores ejemplares de la escultura son producidos a finales de este siglo, recurriéndose a un estilo naturalista expresivo. Para el XVIII, la escultura se somete a la arquitectura, y el barroco y su variante mexicana conocida como churrigueresco entran en su mayor apogeo. Es al finalizar este siglo cuando surge el neoclasicismo y son creadas la mayor parte de las hornacinas poblanas.

Descripción

Dos de Ias hornacinas más importantes en esta ciudad Ias podemos contemplar en el cruce que forman Ias calles 11 Norte y avenida Reforma, uno de los principales accesos al centro histórico. Anteriormente Ia avenida Reforma era conocida como calle de Guadalupe, nombre recibido por Ia construcción de Ia iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, a principios del siglo XVIII. Durante esa época existió ahí un pequeño puente que servía para atravesar el derrame del ojo de San Pablo, pero hacia 1807 se decidió cambiar el curso deI agua sulfurosa y se quitó. En Ia acera norte de esta esquina, en un edificio construido en Ia década de Ios cuarenta de este siglo, observamos una de Ias más bellas hornacinas de Ia ciudad. Se trata de una representación de Ia Virgen de Guadalupe realizada en alto relieve, enmarcada por un par de pilastras profusamente decoradas; está sustentada en una base de dos lados recubierta por mosaicos de Talavera y rematada por una almena singular. Es muy probable que en Ia elección de esta imagen influyera el nombre de Guadalupe que tenía Ia calle. En Ia acera sur, enfrente de Ia anterior, en un edificio de Ia misma época, se construyó una hornacina en cuyo interior se colocó Ia escultura deI arcángel San Miguel, portando en su mano derecha Ia característica espada flamígera. EI vano es de forma ojival y está rematado por una almena piramidal; todo el elemento está pintado de color blanco, careciendo de ornamentación. En el cruce de la avenida Manuel Ávila Camacho y Ia calle 4 Norte, nos volvemos a topar con un par de hornacinas de un estilo muy semejante a las anteriores. La primera de ellas se encuentra ubicada en Ia esquina de una construcción de dos pisos. cuya fachada fue recubierta con ladrillos y mosaicos de Talavera, muy al estilo poblano. La hornacina es sencilla; tiene también forma ojival y está pintada de blanco, sin decoración alguna: Ia figura principal es una escultura de San Felipe Neri de medianas dimensiones.

La avenida Manuel Ávila Camacho tuvo anteriormente dos nombres: primero, desde enero de 1864, se llamó calle de Ias Jarcierías, vocablo de origen griego que significa: “aparejos y cuerdas de un buque”. En Puebla, se toma jarciería en el sentido de “cordelería” , debido a los diversos negocios de esta mercancía existentes en Ia ciudad hacia principios deI siglo pasado. Posteriormente, Ia calle fue nombrada avenida Ayuntamiento.

Con respecto a la calle 4 Norte, su nombre anterior fue calle de Echeverría, debido a que los dueños de Ias casas en esta cuadra a principios deI siglo XVIII (1703 y 1705) citan al capitán Sebastián de Chavarría (o Echeverría) y Orcolaga, quien fue alcalde en 1705, así como a su hermano el general Pedro Echeverría y Orcolaga, alcalde ordinario en 1708 y 1722.

La otra hornacina está ubicada en Ia esquina siguiente, en una construcción de estilo neoclásico. A diferencia de Ia cavidad característica donde es colocada Ia figura principal, en ella vemos representada Ia imagen de Ia Santa Cruz realizada en alto relieve, enmarcada por un frontón truncado. En su base observamos una decoración singular, y en ambos lados, Ias cabezas de cuatro leones. Siguiendo en Ia misma calle 4 Norte y esquina 8 Oriente, encontramos un edificio de cuatro pisos construida a mediados de este siglo, donde bay una hornacina de grandes dimensiones con forma ojival, enmarcada por un par de pilastras radiadas, en Ia que podemos apreciar Ia escultura de San Luis, rey de Francia; debajo de Ia hornacina se encuentra Ia representación de dos ángeles que tocan instrumentos musicales; toda Ia escena remata en un frontón truncado.

De nuevo en Ia calle 4 Norte, pero esta vez esquina con Ia 10 Oriente (antes Chihuahua), se localiza otra hornacina perteneciente a una casa de dos pisos edificada a principios de siglo. Como elemento decorativo, contemplamos Ia escultura de Ia Virgen de Guadalupe con el niño Jesús en el brazo izquierdo; el vano donde se encuentra es de forma ojival, y toda Ia escena está recreada con sencillez.

Desconocemos por el momento quiénes fueron los autores de tan bellas esculturas, pero podemos afirmar que se trata de verdaderos artistas (españoles o indígenas) que habitaban en las poblaciones vecinas de Ia ciudad de Puebla, lugares muy importantes que se han distinguido por su elaborado arte colonial, como es el caso de Atlixco, HuaquechuIa, Huejotzingo y Calpan, entre otros.

Las hornacinas descritas son tan sólo algunos ejemplos de los numerosos elementos arquitectónicos de este tipo que podemos apreciar en la bella capital poblana. Esperamos que no pasen inadvertidos y reciban la atención debida en el estudio de la historia del arte colonial de México.

Fuente: México en el Tiempo No. 9 octubre-noviembre 1995

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