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Las piedras preciosas “de los nuevos países del oro”

En la apenas recién fundada Villa Rica de la Vera-Cruz, Hernán Cortés escribía el 10 de julio de 1519 la primera de sus cinco Cartas de Relación dirigidas al rey de España.

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El documento justificatorio terminaba con una lista de objetos preciosos que hasta ese momento el conquistador había recibido como presentes enviados a él por el todopoderoso monarca de México-Tenochtitlan, quien lo suponía el dios Quetzalcóatl. Dichos objetos, junto con aquella primera misiva de Cortés, se mandaron a Europa no sólo con la intención de que se valorara su calidad y belleza, sino con la esperanza de que sirvieran para obtener el perdón de Carlos V.  Ambos objetivos cumplieron su cometido: el primero, tal vez parcialmente, sirvió por lo menos para que el famoso artista Alberto Durero dejara a la posteridad constancia por escrito de la admiración que tesoros le causaron; el segundo indiscutiblemente el más importante para Hernán Cortés, fue el perdón del emperador y la autorización implícita para la conquista de México. 

Para analizar únicamente el listado de las diversas joyas que Alonso Hernández Porto Carrero y Francisco de Montejo entregaron a su monarca entre muchos otros objetos espléndidos encontramos 37 referencias de piezas adornadas a base de piedras que para la cultura indígena debían ser de gran valor; en ocho de esas citas se especifica que las serán de color azul; cinco, aclaran, se trata de piedras rojas; en dos casos se dice que la ornamentación está hecha con piedras verdes, en tanto que las 22 restantes se limitan a señalar que esos objetos llevan pedrería.

Transcribo a continuación un solo ejemplo: “Item: dos collares de oro y pedrería que el uno tiene ocho hilos y en ellos 232 piedras coloradas y 163 verdes… y el otro collar tiene cuatro hilos que tienen ciento y dos piedras coloradas y ciento y setenta y dos piedras que parecen en el color verde…”  Como se puede apreciar en la cita anterior, que es una de las más descriptivas dentro de la relación enviada por Cortés, no existe mención a la forma, calidad y brillo de las piedras que ornamentaban ambos collares; caso semejante es el de las joyas donde se indica que tienen “pedrería azul”.  Es casi seguro que en este último caso se tratara de turquesas y que las verdes fueran de jade o jadeíta. por lo que se refiere a las rojas -coloradas, como Hernán Cortés las denomina- las posibilidades son por lo menos cuatro y las probabilidades de saber de cuáles se trataba casi nulas: ¿ópalos, ágatas, granates, rubíes? Es probable que nunca lo sepamos.  Apenas un año después de la caída de la Gran Tenochtitlan, procedente de Extremadura y siendo todavía un niño, llegó a la naciente Nueva España Alonso de Molina.

Su convivencia con niños indígenas pronto lo llevó a dominar el idioma náhuatl, por lo que los primeros misioneros lo solicitaron a sus padres como intérprete.  Adolescente aún, ingresó a la Orden de San Francisco, donde, al parecer asesorado por fray Bernardino de Sahagún, escribió su famoso Vocabulario de la lengua Castellana y Mexicana. No deja de extrañar que este valioso documento escrito en fecha tan cercana a la consumación de la conquista contenga los términos diamante, esmeralda, rubí y zafiro entre muchas otras piedras que consigna su obra, pero es precisamente a Sahagún a quien le debemos la información más abundante y valiosa de que disponemos a la fecha sobre los lapidarios del México prehispánico. 

En los contactos que estableció con este grupo de artífices le dijeron ser descendientes de los primeros de este oficio que tuvieron por asiento Xochimilco, quienes a su vez habían aprendido de los toltecas…  Adoraban a cuatro deidades a quienes les atribuían la existencia de las piedras preciosas: Tlalpapalo (Mariposa roja), Nahualpilli (Príncipe negro), Macuilcalli (Cinco casa) y Cintéotl, llamado también Icnopiltzin (El dios huérfano), que de. la misma manera que el resto de dioses del inmenso panteón mexica eran objeto de festividades específicas y complicados ritos.  Los antiguos mexicanos designaban a los lapidarios comunes con el nombre de Tlatecque. Ignoro si el término también era aplicado por extensión a quienes obtenían de vetas, minas y canteras los diferentes cristales en su estado natural, ya que los Chalchiuhtecque, que gozaban de mayor rango dentro de la escala social, eran los especialistas en tallar únicamente las piedras preciosas. Para ello se valían de una arena abrasiva a la que llamaban Teuxalli, e implementos de metal y de madera.  Vale la pena citar textualmente al benemérito franciscano. “Los artífices lapidarios cortan el cristal blanco o rojo, y el jade y la esmeralda, con arena de sílice y con un metal duro y los pulen con pedernal y los perforan y horadan con un punzón de metal.  De igual manera, el cristal de roca se trabaja…el llamado pedernal de colibrí (ópalo) no más con un poco de arena se raspa y se pule”. 

El texto hace también referencia a una piedra dura, a la que denomina bola verde -que no es Jade, ni jadeíta-, y a las turquesas, que, al parecer, eran pulidas con un instrumento especial. Sobre éstas, indica que las mejores eran traídas de muy lejos… ¿Nuevo México? Información complementaria la encontramos en el libro undécimo de la obra sahaguntina, cuyo capítulo VIII, dedicado a las piedras preciosas, contiene 33 apartados mencionando, además de las ya citadas hasta ahora, otras diferentes.  Durante el período comprendido entre el 19 de febrero de 1571 y los primeros días de marzo de 1577, Francisco Hernández, protomédico de Felipe II, realizó el primer estudio científico sobre plantas, animales y minerales que se hizo en la Nueva España.

En una de sus primeras cartas enviadas al monarca español, en que describe las infinitas riquezas del inmenso virreinato, señala “la cantidad de piedras preciosas existente”. Cuando da forma a su obra, apunta a la Mixteca oaxaqueña como la región donde se localizan esmeraldas, aunque también aclara que las recolectadas por él son de “poca calidad”.  He hecho énfasis en algunas de las piedras mencionadas por los tres autores hasta aquí citados, ya que parece inverosímil que en cualquier caso, particularmente en Molina, se consignaran términos para objetos inexistentes. Lo asegurado por ellos desmentiría algunas cartas de cristalografía levantadas en territorio nacional, donde diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas no aparecen reportados. 

Ahora bien, es un hecho que el tipo de carbón que da origen al diamante no existe en América, exceptuando a Brasil, por lo que es posible que esa gema fuera confundida con cristales de celestita, barita o anglesita, que son ,abundantes en México y que despiden destellos luminosos parecidos a los de los diamantes. El zafiro tampoco existe; en cambio, la turmalina, la fluorita y la calcedonia, azules todas y con los tonos y transparencias del zafiro, se localizan en los estados de San Luis Potosí, Durango y Chihuahua por lo menos.  Molina y Sahagún hacen referencia tanto al rubí como al cristal de roca roja. Este último no existe en ningún lado. y por lo que al rubí se refiere, tampoco lo hay en México (la región americana más cercana donde se encuentra esta piedra es en el estado de Carolina del Norte, en los Estados Unidos). En cambio, sí tenemos vetas importantes de vanadinita, una buena diversidad de granates y el ópalo de fuego, que existe únicamente en nuestro país.  Nos quedan por analizar las reiteradas citas que hacen referencia las esmeraldas, pero antes, una pequeña anécdota.

Debió haber sido en 1963 cuando, estando en las bodegas del antiguo Museo Nacional de Antropología de la calle de Moneda, el catedrático que impartía entre otras materias la asignatura de geología nos mostró un pequeño sartal de cuentas verdes casi traslúcidas que tenían un brillo particularmente llamativo. Este brillo era producido por diminutas partículas de mica que contenían aquellas piedras. Su apariencia era la de esmeraldas auténticas, pero en realidad se trataba, según se nos explicó, de un tipo de jade excepcionalmente raro.  En nuestro territorio sí hay esmeraldas, pero debido a las circunstancias geológicas que deben intervenir para su formación, ya que en nuestro territorio únicamente se encuentran en forma parcial, las que nosotros tenemos están representadas por cristales pequeños, eventualmente utilizables y por lo general impuros. El mundo prehispánico mesoamericano manifestó un gusto especial por el color verde. Lo tenían como símbolo del más alto nivel. No es raro entonces el empleo de los diversos materiales de este color sin que importara su origen o su tamaño. Toltecaliztli se llamó a todo objeto de piedra tallado con preciosismo, y de igual manera se emplearon y trabajaron las plumas, el ámbar, el azabache y las perlas. 

 Fuente:  México en el Tiempo No. 34 enero-febrero 2000 

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